Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 28
Atena
Le pedí a Dídac que me hiciera una fotografía de espaldas, sonriéndole a Barcelona, y la puse de perfil en WhatsApp. Sin entrar en el chat de mi madre para ver si había cambiado la suya, sin reaccionar a que el último mensaje de mi padre hubiese sido demasiadas semanas atrás.
Ese día me vestí con un impermeable que solo el arte, las risas de mis compañeros y las explicaciones de nuestro alrededor traspasaban.
No era la única que proyectaba un aura diferente y, pese a no deber, espiaba a Joel de soslayo. Dar clase en un entorno más distendido dio pie a preguntas sobre su vida, con Felisa y Diana como fervientes periodistas.
Tras descartar lo que yo ya sabía, que no se había licenciado en Historia del Arte, evadió la ronda de cuestiones personales con un ligero rubor en las mejillas.
—Al director no le haría gracia que desperdiciáramos la mañana hablando de mí —rebatió con cortesía.
—Entonces, ¿no estás casado? —insistió Ruth, explicándole que el de Gimnasia y la de Historia celebraron la boda justo después de entrar a trabajar en el instituto, y que aprovecharon las semanas de fiesta para planificar lunas de miel a otro continente.
—No estoy organizando una escapada próxima —confesó Joel entre risas—. La verdad es que he viajado menos de lo que me gustaría.
—Seguro que más que nosotros —opinó Xavi terminándose el bocadillo—. El viaje estrella fue en fin de curso de la ESO, a Salou.
Las masas sedientas de rayos de sol y playa se habían impuesto a propuestas más lúdicas como Roma o París. Francesc, que se había decantado por el bachillerato tecnológico, se encargó de las gestiones
mediante la agencia de viajes de su padre.
—¿Adónde iréis este año? —inquirió Joel.
—Yo a ningún sitio si siguen ganando las opciones de costa. —Sam frunció el ceño—. Acabaré las clases en mayo, pasaré unas semanas de clausura hasta selectividad, y después no volveremos a vernos nunca.
—Dramático. —Dídac le dio un codazo suave y se sonrojó cuando su amigo le dedicó una sonrisa.
—¿A qué país fuisteis en tu año, Joel? —indagó Olaya.
—Reino Unido, Londres.
—¿Cómo fue?
—Perdieron las maletas, estuvo lloviendo toda la semana y el albergue solo disponía de un baño para toda la planta —narró con humor—. Por no hablar de la indigestión en una cadena de comida rápida. Soy un imán para las catástrofes —musitó, y su mirada se posó en mí durante una fracción de segundo.
Se dio por vencido y nos regaló pinceladas sobre su adolescencia. Los cigarrillos que le confiscaron en más de una ocasión, cuando fumar le parecía sinónimo de rebeldía y madurez; lo mal estudiante que había sido hasta que ponerse las pilas fue su única opción si quería graduarse con su mejor amigo; la felicidad que le había aportado la carrera...
—¿De qué sirve estudiar algo si no te dedicas a ello? —objetó Sam—.
Mis padres están obsesionados con un título universitario y, hoy en día, licenciarte no garantiza que tu futuro esté resuelto.
—Te doy la razón en eso —le concedió Joel—. Estudiar debería ser una elección, aunque comprendo el punto de vista de tus padres. Quieren que tengas opciones. En mi caso, los planes se han torcido un poco. Sin embargo, no cambiaría el pasado. El diseño me hizo feliz durante cuatro años, deberíamos contentarnos con lo bueno que llega a nuestra vida, sea o no temporal. Si lo que te apasiona es otra cosa, sigue luchando, demuéstrales que no es pasajero.
—Todos los del artístico nos hemos sentido juzgados alguna vez —
indicó Felisa—. Hay profesiones más respetadas que otras, y las artes solo se conciben como una afición, esa extraescolar que no te llevará a ninguna parte, un gasto de dinero inútil.
—Si algo os sirve de combustible, aunque os resulte difícil, luchad.
Dejad que opinen, pero haced oídos sordos. No os boicoteéis a vosotros mismos —recitó lo que le había dicho a los pies de la catedral.
Una calidez agradable inundó mi estómago. Quizá fue su tono tajante, la rapidez con la que rescató mi frase o que la saboreara dibujando la misma sonrisa que yo le había brindado al pronunciarla semanas atrás. Le di el último bocado al sándwich de pavo y arrugué el papel para centrarme en una tarea que no fuera adorar a Joel, delinear la tapeta granate de su camisa hasta alcanzar el primer botón desabrochado, anhelar el cosquilleo de su barba contra mis labios o imaginar la conversación que tendríamos los dos solos, navegando por esa fosa que separa frustración de aspiraciones.
Odié nuestras edades, haber repetido curso, que llevase ropa formal y no unas deportivas dispuestas a acariciar cada centímetro asfaltado de Barcelona conmigo.
Bajamos hasta el parque de Montjuïc y nos paramos a contemplar el paisaje, olvidando que estábamos en una excursión del instituto. Los profesores rara vez nos permitían disfrutar de unos minutos sin planificación, sin ejercicios que nadie comprendía o maratones hacia el autobús para volver puntuales al aula. Ese día parecíamos una familia haciendo turismo por la ciudad que sentíamos como nuestra, y en la que había tantos puntos emblemáticos por pisar.
Pasadas las cinco, Minerva entregó el consentimiento firmado y se marchó para no llegar tarde al refuerzo de Inglés. Diana, Xavi y las bailarinas la siguieron.
Joel y yo nos sentamos en un banco cercano a la salida de los ferrocarriles de Plaza España mientras Dídac y Sam hacían cola en el bar más cercano para comprar botellas de agua. Protegidos por la sombra de las copas de los árboles que se mecían sin tregua, me permití el lujo de precipitarme por las líneas de su perfil con los ojos.
—No me mires así, Atena.
—No quiero hacerlo —confesé—, pero me lo pones muy difícil.
—Yo...
Adiviné que iba a soltar algo como «no hago nada», y negué con la cabeza.
—Te preocupas por nosotros, Joel. Eres jodidamente creativo y quieres sacar lo mejor de cada estudiante. Te importa lo que pase con nuestro futuro más allá de una nota en selectividad. Los profesores no siempre hacen eso; y tú, que vienes de otro ámbito, pareces conocer más de docencia que parte del claustro que lleva una década dando clases. ¿Por qué tienes que ser de esa forma? ¿Por qué no puedes limitarte a hacernos leer en voz alta, mandarnos cinco trabajos semanales y suspendernos por faltas de ortografía? ¿Por qué usas tinta verde y no roja para corregir, y nos invitas a charlar en vez de callarnos con gritos?
—¿Querrías que fuera así?
Querría que no me importase en absoluto, que su carácter se escondiese durante las horas lectivas y su estado de ánimo no se leyera en sus labios.
—Sí. Y no.
Desinflé el globo de mi pecho mediante una bocanada infinita y me fijé en las carreteras. El tráfico era un silbido sereno. Eché un vistazo al reloj del móvil y suspiré, ansiando llenar con un diálogo concreto aquellos minutos en lugar de morderme las palabras. Esporádicamente, una masa de personas se agolpaba en la entrada del tren.
Una familia sueca que arrastraba maletas desplegó un plano y nos pidió indicaciones para ir hasta la Sagrada Familia. Sam y Dídac interrumpieron la conversación en inglés fluido que Joel estaba manteniendo con los turistas.
—Gracias —le dije a Dídac cuando me ofreció de su agua, aún sin abrir.
Di un sorbo y me tragué lo que no podía ser junto a Joel.
—¿Os apetece volver a casa? —propuso él, levantándose del banco.
—¿Queda algo por ver? —se interesó Sam.
Alargamos la salida hasta las nueve para presenciar la coreografía de la Fuente Mágica, de la plaza de Carles Buïgas, una exhibición que congregaba a varios grupos de curiosos. Camuflados entre espectadores que capturaban el momento con cámaras o se deshacían en halagos y aplausos, disfrutamos de la combinación de luz y música.
Esa noche el agua desprendía destellos dorados, fucsias, amarantos y ocres, e inventaba pigmentos desconocidos. Cada gama de los tres niveles concéntricos de la fuente se adecuaba a una tonalidad mayor o menor, bañando las Torres Venecianas de arcoíris. Durante treinta minutos, vibramos al compás de un mix de éxitos de los 80 con Video Killed The Radio Star, Every Breath You Take, Bette Davis Eyes y Moonlight Shadow.
Dídac buscó las melodías en Shazam, Sam le susurró los títulos que conocía al oído, y yo avancé sin temor hasta que algunas gotas acrobáticas se asentaron en mi rostro. Unos dedos se entrelazaron a los míos, me giré contrariada y percibí su semblante calmado. Joel aprovechaba el gentío para incendiarme con los escalofríos que generaban sus yemas en mi palma. El contacto apenas duró Life is Life y Forever Young. Suficiente. Poco. Alivio.
Vértigo. Una vorágine inclasificable que nos mantuvo en vilo, acentuando las pulsaciones en la garganta y privándonos de oxígeno hasta que la danza acuática cesó.
Deseé preguntarle si se encontraba allí o en unas escaleras, quizá más lejos, en un tiempo verbal en el que aún no nos habíamos conocido. Deseé recostar la barbilla en su hombro, pedirle que me ilustrase sobre la fecha y el propósito que había perseguido la construcción de aquella fuente, o simplemente mirarle a los ojos sin temor a que Dídac y Sam nos descubriesen.
No hice nada.
Me centré en el momento, lo respiré lento, como si el aire nos dibujase un beso, y me llevé un fragmento de aquella jornada a casa, donde los colores no resplandecían ni una fricción ínfima causaba descargas.
Cuando solté la mochila sobre el colchón y saqué la carpeta, hallé un papelito doblado en forma irregular. Lo rescaté creyendo que era el envoltorio de un chicle o una de las bolitas que nos lanzábamos en clase, pero la tinta traspasando el pedazo de folio me incitó a leer su contenido.
Algunos versos de Viento de cara, de Supersubmarina.
Busqué la canción en YouTube y la escuché en bucle hasta que cada sílaba me sonó a Joel.
OceanofPDF.com