Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 74
Joel
No acertaba a meter la llave en la cerradura del ático y precisé de dos largos minutos para abrir la puerta.
Llegaba agotado del instituto. De puntuar simulacros. De corregir ejercicios extras que había encontrado en el aula de profesores con mi nombre. De soportar las miradas inquisitivas del director. Y, aun así, visualizaba los rostros relajados de los chicos en mis clases y merecía la pena.
Caminé hacia el dormitorio sin saber que allí recibiría una noticia importante. Ajeno a lo que iba a suceder, me senté en la cama y dejé el maletín del trabajo sobre las finas sábanas de primavera, frotando un talón contra el otro para quitarme los zapatos.
El móvil se iluminó con un número desconocido en la pantalla y descolgué, dispuesto a saludar con un cortés: «No tengo tiempo para hacer encuestas».
—¿Puedo hablar con Joel Sanz? —preguntó una voz femenina.
—Sí, soy yo —carraspeé.
—Llamo en relación a una vacante de empleo.
—No me he inscrito a ninguna oferta recientemente. —Contuve la risa y me pasé el teléfono a la otra oreja. Hacía nueve meses que no entraba en Infojobs ni en LinkedIn.
—Guardamos su contacto en la base de datos del puesto de diseñador gráfico al que se postuló el año pasado en la empresa Digital Trendings —
informó la mujer—. Actualmente vamos a ampliar el departamento de arte
con un equipo de tres personas y consideramos que su perfil encaja con lo que estamos buscando. Nos gustaría concertar una entrevista el jueves de la semana que viene.
—Mi situación ha cambiado, tengo un puesto en otro ámbito —farfullé cual autómata. Sin reflexionar, porque si me detenía a hacerlo..., no sabía qué ocurriría.
Una persona no solo es de dónde viene y adónde va, lo que ve al cerrar los ojos y lo que hace para modificar su presente. Cada uno de nosotros somos todo lo que nos ocurre: ese pensamiento que desechamos, esa conversación que repasamos mentalmente porque no pudimos expresarla con palabras, cómo empezamos una relación y cómo la acabamos. Cada
«sí», cada «no», cada titubeo. Los compromisos a los que fuimos obligado, las canciones que tarareamos en la ducha, esa película que nos reconforta cuando enfermamos, los libros en los que nos reconocemos.
Cada latido acelerado que palpita en nuestra garganta al recibir esa noticia que tanto esperábamos. Y no llegó, no en el momento adecuado.
—La incorporación no sería inmediata. Si tiene que avisar con quince o veinte días de antelación en su actual empleo, no habría problema —
añadió la mujer.
Ahí estaba, la escalera cayendo del cielo y una mano ayudándome a ascender por ella. ¿Por qué las alturas no se me antojaban tan atractivas?
¿Acaso había aprendido a respirar bajo el agua?
—¿Puedo pensármelo? —Fue la réplica más prudente que se me ocurrió.
—Por supuesto, pero necesitaría una respuesta esta semana para planificar el calendario. Le mando mis datos de contacto al correo de su currículum, espero tener una contestación suya pronto.
—Gracias, les escribiré.
Al colgar, me levanté del colchón y salí de mi habitación. Abrí las ventanas del salón en busca de aire, como si una ventisca fuese a llevarse las dudas. O las certezas, porque estaba más seguro de lo que ansiaba que de lo que tiempo atrás perdí.
Recordé una cita de Antoine de Saint Exupéry que decía: «Un diseñador sabe que ha logrado la perfección no cuando no hay nada que añadir, sino cuando no hay nada que quitar». Tenía razón, y en ese instante lo comprendí. No deseaba suprimir nada de mi vida; ni mi puesto en el Valancós, la incertidumbre contra la que había batallado hasta creerme docente, ni siquiera aquella llamada que me invitaba a cerrar una etapa y emprender la aventura. No, esa llamada era importante. Me obligaba a ver que había evolucionado, que a veces tienes el poder de adaptarte a un medio hostil y quieres retarte, comprobar hasta dónde podrás llegar. Lo difícil, aquello que te obliga a madurar y a despedirte de quien anhelabas ser, es lo que merece la pena.
No obstante, nadie nos prepara para decir adiós, y yo lo estaba haciendo de un modo u otro. Así que lloré. Había hallado otro camino alejándome de lo que me hacía feliz, y resultaba tan contradictorio a la par que gratificante, que las lágrimas me supieron mitad saladas, mitad dulces.
Me hundí en el sofá y me pregunté dónde estaría de haber recibido aquella oferta un año antes.
Quizá por esas fechas habría conseguido un puesto indefinido en una agencia.
Alguno de mis packagings se comercializaría en las grandes superficies.
Las campañas gráficas vestirían mis logotipos.
Atena y yo lo habríamos tenido más fácil.
No me habría enamorado del arte.
La clase de segundo de bachillerato artístico nunca me habría conocido.
Seguiría opinando que la creatividad es solo aplicable a ciertas profesiones.
Casualidades. Sucesos que te marcan. Algo temporal que se extiende y moldea tu personalidad con rasgos que desconocías de ti mismo.
Oportunidades que no llegan, que te susurran en sueños, te atormentan al despertar o se materializan ante ti cuando es demasiado tarde.
De los condicionales aprendes que mirar al pasado siempre va a doler porque no hay modo de deshacer nudos, borrar cicatrices o rectificar el final de esa historia que ya no te pertenece. El ayer se queda ahí contigo, tatuado con tinta invisible sobre tu piel, pero hay más. Está el presente, lo que acontece de un modo imprevisto y le otorga un filtro distinto a tu visión. El pálpito que no esperabas y golpea acero cuando te creías de cristal.
La vida es un laberinto con trampillas y pasadizos secretos en el estamos influidos por tantos factores que la toma de decisiones se torna impredecible.
Redacté el e-mail de renuncia a Digital Trendings sintiendo que le fallaba al pasado, que estaba cometiendo un error. Y suspiré pensando en las maletas que haría antes de marcharme a París. En todos los lugares a los que un avión podría llevarme, todas las posibilidades que se esbozaban ante mí al aceptar o rechazar algo. Todo lo que había sido, era y jamás llegaría a ser.
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