Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 20 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 17

Atena

Los trabajos en grupo no eran mi especialidad, y menos si involucraban exposiciones orales delante de la clase. A Dídac, en cambio, le pareció estupendo que Virginia nos mandase crear un informativo con noticias en inglés.

—Sam tiene un acento decente —puntualizó el domingo, por teléfono

—. Si empieza él, causaremos buena impresión.

—Claro, ya hundiremos el final de la exposición nosotros —

cuchicheé.

—Tendremos el aprobado automático si nombramos a Chris Hemsworth.

—No podemos pasarnos veinte minutos hablando de un actor.

—Lo dirás por ti, rubia, yo estoy totalmente capacitado para enrollarme comentando sus pelis. Si hace falta, recito de memoria los créditos y rebozo el powerpoint con fotos de Thor sin camiseta para desviar la atención.

Si hubiera estado de mejor humor —o lo que era lo mismo, si Joel hubiera cambiado de trabajo, evitándome así migrañas—, habría reído a cada uno de los comentarios de Dídac en lugar de rebatirlos adoptando el tono quisquilloso de Minerva.

—Virginia ha pedido un informativo —repliqué—, no una versión picante de Días de cine.

—Vale, pues cubrimos el concierto de una estrella de la música clásica.

Sam es el enviado especial y yo, el presentador. Tres preguntas rápidas antes de que se corte la conexión y pasamos a tu recital de quince minutos con el violín.

—Prepárate para el suspenso —vaticiné.

—No es descabellado, las bailarinas planean una actuación en directo.

—Las bailarinas no son el mejor ejemplo a seguir.

—No te cierres en banda, Atena, las propuestas arriesgadas son las que sobresalen.

—Ya, pero en este caso es preferible pasar inadvertidos.

No nos pusimos de acuerdo, así que hicimos algo que en la mente de Dídac tenía mucho sentido: reposar el brainstorming de propuestas patéticas yendo al cine. Renegué de su manera de escaquearse de las obligaciones, pero acepté la invitación. La cabeza iba a estallarme si dedicaba un pensamiento más al profesor de Fundamentos del Arte, y encerrarme en casa no ayudaba a mi ansiedad.

—Creía que querías ver alguna en concreto —dudé una hora después, al observar a Dídac coger un díptico con la cartelera y pedirme que cerrase los ojos para apuntar al papel.

—Prefiero los dramas con música épica, pero tu cara es un poema triste de Neruda. —Se encogió de hombros—. Que sea lo que el azar quiera.

Estiré las comisuras en una sonrisa comedida y mi índice dictaminó que dedicásemos la tarde a una distopía de robots conquistando galaxias lejanas.

—Para eso vamos a necesitar una buena dosis de dulce. —El rubio chasqueó la lengua mirando hacia la tienda de gominolas.

—¿Elegimos otra vez?

—¿Y qué gracia tiene eso?

—No sé, es lo que hacemos Isolda y yo con las cartas.

—Nunca os lo tomáis en serio, Atena. ¿Qué sentido tiene perder tiempo repitiendo algo en vez de decantarte por la opción que quieres desde el principio? No os entiendo.

—Es divertido. Venga, dime qué sinopsis te gusta más y voy a la taquilla.

—No funciona así. El azar está para sorprender o resolver conflictos, como qué ver si somos dos y no hay un tercero en discordia para el desempate. Es una especie de democracia aleatoria.

—Dídac, elige la que prefieras. No importa, cualquiera me vale.

—La amistad no funciona si solo es uno el que se sacrifica.

«¿Qué sabrás tú de la amistad, lobo solitario?», le habría reprochado Isolda de haber estado allí.

Durante un segundo, resultó extraño. Ese chico, que había formado parte de mi vida desde siempre, pero que no gozó de un papel relevante en ella hasta ese curso, me daba lecciones que seguramente habría sacado de la gran pantalla. Y esa noche, gracias a él, mi última reflexión no giraría en torno al maldito «no hay ningún nosotros» que se reproducía en bucle. El chico de las películas al azar salvaba a la chica de los gofres calientes en verano. Durante una tarde. A veces eso es todo lo que precisas, unas horas para coger aire antes de volver al campo de batalla.

Nada satisfecho con mi expresión alicaída, Dídac me arrancó la primera risa sincera de los últimos días.

Y me prestó su americana de lunares cuando el aire acondicionado me erizó el vello de los brazos.

Y llenó una bolsa con nubes, plátanos de azúcar, ladrillos pica pica, regalices, ositos de sabores, dentaduras y Lacasitos para compartir.

Y completó el festín de la diabetes con un cubo inmenso de palomitas de colores. El pequeño de los Aloy detestaba las de mantequilla, y pringarse los dedos a la vez que se le teñía la lengua era indispensable para culminar una buena experiencia cinematográfica.

—Ni se te ocurra comerlas. —Me dio una palmada en la mano cuando intenté coger una, ya acomodados en los asientos centrales de las primeras filas—. Son para cuando acabe la peli.

—¿Y por qué las hemos cogido ahora?

—Es fácil, está en juego el plan de después.

—¿No vamos a dejar que el azar siga decidiendo?

—Es mucha responsabilidad para él en un periodo de tiempo tan corto.

—Sacó dos bolsas de plástico transparentes, de las que se usan en los supermercados para pesar la fruta, y me dio una—. El que consiga más palomitas verdes, decide qué hacemos al salir. Y no hagas trampas, no empezamos hasta que apaguen las luces.

—Eres rarito.

—Te acostumbrarás. —Me guiñó un ojo.

El reto de las palomitas lo ganó él con un total de cincuenta y siete.

Tras celebrar su victoria comiéndoselas, se decantó por llamar a Sam para poner en común el guion que se le había ocurrido durante la secuencia final de la proyección.

Una hora más tarde estábamos reunidos en el parque de ruedas del barrio para dar forma a los primeros párrafos del informativo, al que titulamos «Bloody bad news». Se trataba de una ficción con alusiones a Entrevista con el vampiro, y que reflejaba el afán de dos intrépidos periodistas por cubrir las noticias durante toda la eternidad. Era lo más absurdo que había oído en semanas, pero también lo que me estaba librando del dolor de cabeza.

Sentados en los columpios, devorando las sobras del cine bajo el atardecer anaranjado, Sam y Dídac echaban a suertes el papel protagonista de vampiro milenario. Recelosa al principio, me lancé a la aventura al ser acusada de cascarrabias, y contribuí buscando tiendas de disfraces en internet para hacernos con colmillos, crucifijos y sangre.

—Lo petaremos —declaró Sam, terminándose el último regaliz.

Detecté el rubor que le provocaba la sonrisa del larguirucho a Dídac, y crucé los dedos para que la complicidad que desprendían fuera buena señal.

Ojalá ellos sí tuvieran un «nosotros».

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