Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 60 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 57

Joel

Tenía el día cruzado y mi madre estaba en la puerta de casa. Se frotaba los zapatos contra el felpudo con una mueca de disgusto que le arrugaba los labios y me recriminaba una lista interminable de cosas con la mirada. Me entregó una bolsa con cierto desdén y advertí el olor a naranja de sus roscos caseros.

—Necesito paracetamol —se quejó atravesando el umbral—, el autobús ha dado muchas vueltas.

Colocó el abrigo de mezclilla en el sofá y rebuscó en el interior del bolso rojo. Sacó una tableta de pastillas, la botella de agua que siempre llevaba encima y se tragó una antes de sentarse en una esquina. Las únicas cajas de medicamentos que tenía en el piso me las había dado ella tiempo atrás, juraría que la fecha de caducidad era de cuando iba a la universidad.

—¿A qué debo el honor de tu visita? —indagué mientras depositaba sobre la encimera dos fiambreras hasta arriba de roscos bañados en azúcar.

—No vienes a verme y tampoco llamas. —Se peinó con los dedos en un gesto que recordaba de mi abuela. Vestía un pichi gris de tirantes sobre el jersey blanco de cuello alto que se ponía para los cumpleaños. Su muñeca derecha estaba cubierta por seis pulseras finas de plata que tintineaban al menor movimiento. Me barrió con los ojos—. ¿Vas al trabajo con zapatillas? —Le arqueó una ceja a mis deportivas.

Había salido a por pan, fruta y café y, aunque seguía llevando la camisa y los pantalones formales del instituto, prefería ponerme un calzado con el que me sintiera más cómodo. Más yo.

—No, me disfrazo como un carroza de cincuenta. —Me senté a su lado con poca delicadeza. Percibí la seriedad en sus facciones y me adelanté para llevar ventaja en la conversación, empleando un tono suave—: ¿Qué tal estás, mamá?

—Bien. Han aumentado la cuota de la comunidad y el vecino de abajo sigue subiendo las persianas a las seis, pero tengo salud y eso es lo importante. —Sonrió y continuó hablando de los realities que estaba siguiendo ese mes. Relató las batallas de sus concursantes preferidos como si los conociera, y me pidió que me bajase una aplicación para votar a su favorito—. Es muy buen chico, joven y trabajador. Me recuerda a ti.

Asentí, liberé espacio del móvil y la contenté con un voto gratuito.

—Hecho —confirmé enseñándole la pantalla.

Me regaló una sonrisa.

—¿Tú cómo estás, cariño?

—Cansado.

—Hijo, si la vida te agota a los veintisiete, espérate a tener sesenta.

Resoplé y me mordí la lengua para no contestar con ironía.

—¿Qué pasa?

—Nada —negué.

—Dime por qué suspiras.

—Porque no sé qué esperas que te diga. —Me encogí de hombros.

—La verdad. —Puso una de sus manos sobre las mías y me acarició.

—Estoy un poco harto de cómo me van las cosas —espeté sin filtro.

—Shh. No seas así. —Me calló trenzando sus dedos con los míos—.

Entrar en círculos de negatividad solo hace que atraigas las desgracias.

—¿En qué quedamos, mamá? —Me zafé de su contacto—. ¿Quieres la verdad o que te convenza de que soy muy feliz y tengo una vida de ensueño? ¿Quieres que te sonría como si fueras mi jefe y te agradezca el honor que me supone ir a trabajar cada mañana? ¿Es eso?

—Siempre estás de mal humor.

—Tengo motivos.

—Todos los tenemos y aguantamos el temporal.

—Nadie te pide que lo aguantes.

—Si no lo hubiera hecho, nuestra casa se habría quedado sola cuando tu padre murió. A Irina le deprimía pasar por Sabadell, estuvo dos meses sin aparecer y Fede la convencía de que se fueran de vacaciones y evadieran el drama, como si no quedase nadie más aquí. Como si pudiera separarla de su familia si eso conseguía que volviera a reír.

—Mamá...

—No, Joel, es la verdad. Y tú... Sé que lo has pasado mal, que has tenido tus rachas, pero, precisamente por eso, debes estar agradecido y valorar tu empleo. El dinero no es lo más importante, y aun así, pone a tu alcance cosas que sí te harán feliz. Autonomía, algún capricho, una escapada... No todo es malo, hijo. Si lo ves negro, es que solo te has parado a mirar una esquina de la página.

—No es... —Expulsé una bocanada de aire, confuso—. No es por el trabajo.

—¿Vas a contármelo? —preguntó con dulzura.

—Mamá, sé que te desespero. Que no hablo contigo tanto como Irina.

Que me salto las comidas de los domingos y tropiezo una y otra vez... Que soy un desastre sin remedio.

—También eres el niño que escribía cartas a los Reyes Magos pidiendo que los abuelos estuvieran con nosotros muchas Navidades más. Eres el chico que volvía a casa muerto de hambre porque le daba la mitad de su bocadillo al despistado de Eloi. Y el que se peleaba por el mando de la televisión, pero acababa cediendo porque prefería pasar las noches en familia antes que irse a su cuarto solo. Luego creciste y te hiciste un poquito más tuyo, independiente, arisco y cabezota.

—Mamá, no soy...

—Claro que sí, Joel —atajó—. Pero está bien. Cuando crees en algo, luchas por ello. No todos tenemos esa convicción.

—Me ha servido de poco.

—Si confiaras más en ti y el mercado laboral estuviera como hace diez años... —se lamentó.

—Esto no es por el trabajo. Es una chica. —Pensé que me arrepentiría al contárselo, pero me sentí aliviado.

—¿Vega? ¿No lo habíais dejado?

—Voy a matar a tu hija —protesté.

Irina conseguía que me abriese en momentos de debilidad, una charla breve y la ponía al corriente de todo lo que me callaba en condiciones normales.

—Cariño, una madre tiene derecho a saber cómo le van las cosas a sus hijos.

—Ya veo, soy el centro de vuestros cotilleos. ¿No habéis debatido sobre mi último dilema amoroso?

—Con Elisenda llorando y la histeria de Fede por falta de sueño, me he quedado unos capítulos atrás.

—No es nada, solo una historia imposible —resumí—. La doy por perdida.

—Basta de ser pesimista. Te lo he dicho, Joel, tienes que confiar más.

Cualquier cosa en la que creas será posible. —Lo pronunció con un matiz entusiasta, como si fuera cierto.

Me levanté sin añadir nada, preparé café y serví un plato de roscos.

Merendamos con servilletas de papel en el regazo, entre anécdotas de infancia. Le agradecí que hubiera venido a verme y mi madre prometió hacer una bandeja de canelones la próxima vez.

—¿Cuánto hace que no friegas el suelo?

—Un par de días —mentí.

—Hay motas de polvo.

—Soy miope, no las veo —me disculpé.

—No me tomes el pelo —increpó, molesta—. Y usa las gafas. ¿No las habrás perdido?

—Las utilizo para conducir.

—Mira, allí hay una pelusa del tamaño de una mandarina. —Señaló la alfombra.

—Exagerada, es como una canica.

—¿Le quitas las pelusas a la suela de los zapatos? Se te va a llenar el piso de bichos y te saldrá alguna alergia.

—Mamá...

Nuestras miradas se cruzaron y sus rasgos perdieron tensión a medida que mis pupilas retaban a las suyas en aquel pulso que perdí. Me mordí el interior del carillo para evitar una sonrisa ladeada que terminó emergiendo, y ella me contempló con los ojos vidriosos.

—Mi pequeño... —Sentí un golpe en el pecho y reprimí las ganas de abrazarla.

—Nunca dejaré de serlo.

—¿Eres feliz? —inquirió con los labios llenos de azúcar. Aquel interrogante que me inquietaba porque conocía la respuesta, pero me daba miedo escupirla. Cuando las expectativas no se asemejan a la realidad, cuesta contestar que sí. Eso, al menos, era lo que había creído hasta aquel momento, antes de que formulase la pregunta correcta—: ¿Eres feliz cuando estás con esa chica?

—Es complicado.

—Eso es que sí.

—Si supieras algo de esa relación, me aconsejarías que me olvidara de ella —le advertí—. Es lo que me recomendó Irina. Y ni siquiera es una relación.

—No vas a explicármelo y tengo que subir a ese autobús del demonio si quiero llegar a una hora decente, así que vamos a dejarlo aquí. —Me dio un abrazo antes de ponerse en pie y recoger el abrigo—. Quiero verte feliz, cariño —murmuró antes de marcharse.

Esa noche, me removí en la cama y estiré el brazo hacia la mesita para hacerme con la agenda de Atena. Con los ojos entrecerrados, leí la recomendación para el tercer martes de febrero:

Dedica quince minutos al día, solo quince, a rescatar algo positivo de la jornada, por insignificante que sea. Céntrate en ese pensamiento y desgástalo mientras esperas a que te venza el sueño.

Lo hice. Y me perdí en nuestro beso sin oponer resistencia a los párpados que bajaban con suavidad, como si no quisieran ensuciar el recuerdo que me dibujaba una sonrisa.

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