Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 15 de 100

Páginas del PDF

Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 12

Atena

La primera vez que pisé la Escuela de Música Elvira Baldó, tenía ocho años y no sabía leer una partitura ni había tocado un instrumento antes. La flauta y el xilófono de la hora semanal que dedicaban en primaria a la materia no se consideraba digna de mención, aunque fue allí donde la profesora resaltó mis cualidades. En consecuencia, Tanit me llevó a hacer una prueba y aquella misma tarde salí enamorada del violín.

«Esperad unos meses antes de comprarle nada, esta niña es como una veleta», oí decir a mi abuelo. Llevaba razón, porque un día me gustaba el fútbol y al siguiente marcaba un gol en propia y arruinaba mis planes de entrar en el equipo con Isolda. Me apuntaba a natación para después quejarme de lo fría que estaba el agua en febrero, o de lo aburridos que eran los pasos de baile de la academia del barrio. Estudiar música era muy caro y pagar la matrícula, adquirir los libros y hacerse con un instrumento se consideraba un lujo, así que los Beltrán hicieron bien en esperar.

Sin embargo, mi pasión no se diluyó.

Los martes y jueves se convirtieron en lecciones de solfeo, canto y peleas constantes con las cuerdas hasta que aprendí a dominar el arco. Pese a empezar con retraso el semestre, aprobé los exámenes finales con buena nota y suspiré aliviada: seguiría junto a mis nuevos amigos un curso más.

Mis padres siempre se extrañaron de que mi media en el colegio fuera tan justa, pero aprobase sin esfuerzos los parciales de Música. Achacaron aquel misterio a que «la niña tiene talento, le sale natural», ignorando que mi facilidad no era la ventaja que me daba el trabajo hecho, sino el aliciente para que me esforzase más en algo en lo que podía destacar.

En las aulas bautizadas con nombres de músicos célebres que sonreían desde los retratos inmensos colgados de cada puerta, hallé mi lugar. Ese en el que no me sentía menospreciada, donde nadie me comparaba con el resto porque en las improvisaciones nada estaba bien o mal, y en el que los profesores no me fruncían el ceño si mostraba mi personalidad a través de una obra. Las características individuales eran premiadas y nadie luchaba para sumergirte en la marea homogénea de aquello que se consideraba correcto, normal, adecuado.

Con el paso del tiempo, la música se transformó en mi refugio, un mundo idílico en el que cobijarme si algo iba mal. En el instituto, en casa, en aquellos primeros amores de adolescencia. Tras la marcha de mi madre y la ruptura definitiva de una familia que ya no volvería a ser sinónimo de hogar, la hecatombe se desató. La culpable de todo —de cada suspenso, vigilia y mal carácter— fue la música. O eso afirmaron mis progenitores al reducir las tardes en la Escuela a una sola. «De otra manera no podrías compaginarlo con el bachillerato».

Había dejado el conjunto instrumental y solo hacía violín, aunque Ariadna me entregaba ejercicios semanales de solfeo y composición para que no me atrasara. Añoraba a mis compañeros, los chistes que solo nosotros entendíamos, la camaradería de quienes llevábamos una década compartiendo recitales, realizando exámenes orales muertos de vergüenza, intercambiando meriendas de pan de molde por barritas de Kinder Chocolate o bolsas de patatas al jamón de la tienda de la esquina.

Esa tarde saludé a Eva, Leo y Julia a través del cristal del aula insonorizada en la que preparaban su trío para una audición en enero, y subí hasta la tercera planta.

—¿Has ensayado mucho? —La cabellera castaña de Ariadna se asomó y me invitó a pasar al aula Vivaldi. Se abanicó con la mano, lamentando haberse puesto un vestido hasta los tobillos, y encendió el aire acondicionado.

—Menos de lo que necesito —confesé.

—Deberías haberte apuntado a los intensivos de verano, hicimos algunos conciertos gratis y versionamos muchas canciones conocidas.

—Lo sé, me arrepiento —mentí.

En agosto no había becas con las que cubrir más gastos. De hecho, me había saltado varias clases de música en septiembre para retrasar el pago de la matrícula y la mensualidad. Había evadido los mensajes de Ariadna hasta aquella misma mañana, cuando el SMS confirmando el ingreso del Ministerio me dio luz verde para pisar el edificio de la Elvira Baldó con el justificante de la transferencia bancaria.

—Te reservo plaza para el próximo intensivo. Una alumna como tú no puede apartarse tanto tiempo de lo que gusta.

Acercó dos atriles plateados sobre los que apoyar el compendio de fotocopias encuadernadas con espiral que tocaría ese año y me dio unos minutos para afinar el violín, mientras se quitaba anillos y pulseras para tener las manos libres.

Empezamos calentando con escalas acompasadas a la velocidad del metrónomo. Después repasé fragmentos de varios estudios antes de atreverme a tocarlos completos. Como siempre, había apuntes a tener en cuenta. Ariadna resaltaba los fallos con el rotulador de punta fina rosa y añadía comentarios a lápiz para reducir el volumen, darle mayor intensidad, recrearme en una nota o aportarle más brillo a un armónico.

Aprovechamos los diez últimos minutos para ensayar una canción fuera del repertorio de acceso al Conservatorio, algo moderno como Hysteria, de Muse.

No supe si iba a enseñarle mi composición hasta que la lección finalizó. Había estado dándole vueltas durante los tres cuartos de hora, pero no fue hasta guardar el violín y meter las partituras en la carpeta, cuando garabateé las notas en la esquina de mi libreta de pentagramas y se la mostré a Ariadna.

—¿Es tuyo?

Hacía mucho que no le llevaba una de mis ocurrencias para saber su opinión, un acto espontáneo que había perdido con la edad.

—Me vino a la cabeza ayer, es una tontería... —Pero no me la sacaba de la mente, se reproducía en bucle sin mi permiso y me narraba una historia.

—Crear no es una tontería, Atena. ¿Quieres que le eche un vistazo en casa?

—Me gustaría oírla —aclaré.

—¿Por qué no la tocas tú?

—A veces no soy objetiva conmigo misma.

Detestaba la mayoría de mis composiciones, por eso nunca las acababa. Me resultaba más fácil juzgarlas si las interpretaba otra persona.

—Está bien —accedió.

Colocó mi libreta en un atril y rescató su violín para dar vida a mis notas.

Me relajé y logré disfrutar de la melodía sin juicios. Advertí el compás en el que debía añadir una pausa, las corcheas que aceleraban el ritmo hasta dejarlo en el punto más álgido, tras una carrera en tonalidad mayor que se enlazaba con la segunda parte en mi menor. Más lenta, con un staccato agresivo hacia el desenlace.

—¿Por qué le has cambiado la armadura a la mitad? —preguntó Ariadna.

—Quería que sonase más triste.

—La primera parte es bonita.

—Pero la segunda suena más realista.

Atropellada, casi un accidente. Una sucesión que no daba tregua.

—Me gustaría saber cómo continúa.

—A mí también.

—Averígualo, Atena. Escucha lo que sigue y déjalo fluir.

Sin embargo, era complicado. No tenía Fundamentos del Arte hasta el miércoles a última hora y estaba dividida. Entre las ganas de ver a Joel y propiciar una conversación, y la necesidad de demostrarme a mí misma que podía ser fuerte y olvidarme de él.

Quería escuchar la melodía y, a la vez, escapar de los ecos mentales y crear mi propia música.

OceanofPDF.com