Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 29
Joel
Salí del instituto estresado. Conduje directo hasta Paral·lel bajo un firmamento oscurecido, y entré en el Hamlet.
—¿Cómo va eso? —saludó Eloi limpiando la mesa del fondo.
—Combinado de hamburguesa grande, con beicon y doble de queso —
pedí sin respirar.
Él captó mi estrés y me dio espacio.
Más tarde, cuando recosté los brazos sobre la barra, invitándole a sacar conversación, me miró fijamente, midiendo las palabras.
—No voy a agobiarte con sermones como tu madre. Solo un consejo, no te centres en las cosas que no has conseguido. Mira en quién te estás convirtiendo para ayudar a los chavales, en el Joel que sale del cascarón por una buena causa. ¿Estás orgulloso de esa persona?
Me había sentido bien en la visita guiada al MNAC y la ruta por Montjuïc. También durante la proyección sobre arte egipcio en una pequeña sala de Gracia, y en el tour por la Casa Batlló.
Entre cenas fuera de la buhardilla para celebrar la nómina y excursiones con bachillerato, había llegado a principios de diciembre. Y no sabía cómo sentirme al respecto. ¿Afortunado al sumar gratificación a los días, o inquieto por adaptarme a unos zapatos nuevos que ya no infringían heridas?
—¿No te molesta no haber cumplido los objetivos que teníamos? —
pregunté.
Eloi había soñado con montar su propio bufete antes de trabajar para otros, él me daba mil vueltas en cuanto a estudios. Siempre me asombró su capacidad para conformarse.
—No pienses en lo que no ha ocurrido —dictaminó—. Lo que anhelábamos en la adolescencia eran ideas utópicas. Vivir por nuestra cuenta para que nadie nos controlase, celebrar cada fin de semana como si la felicidad fuese un reloj de arena, dejar nuestra huella incluso en el agua...
¿Cuánto realismo había en esas cosas?
—Cuando eres joven crees que es posible.
—Y lo es, pero no todo, ni para todo el mundo. Hay que renunciar a algo para obtener cosas a cambio.
Él lo había hecho. Se había despojado de su vocación para abrazar la estabilidad económica. Y le compensaba. ¿Por qué no funcionaba conmigo?
¿Por qué había horas en las que me sentía un crío y otras en las que me convertía en un anciano cascarrabias?
—Me quejo demasiado, no me hagas caso —musité.
Eloi negó.
—Nunca te has quejado, Joel, y ese es el principal problema. Ni con tu familia ni conmigo. No te atrevías a dar voz a tus miedos por temor a que se hicieran realidad, y no está bien guardar silencio tanto tiempo. Acepta lo que tienes, algún día te darás cuenta de que es más valioso que lo que perdiste. Este eres tú, las decisiones que tomas, los fantasmas que no se marchan y la tenacidad con la que afrontas otra etapa. Lo que pudo ser no es lo que veo en ti. Ni se te ocurra cubrir tu talento con el pasado.
Nos sucede a la mayoría, no valoramos lo que somos, tenemos o hemos conseguido mientras está sucediendo. Precisamos de cierta distancia y perspectiva para ordenar las emociones y logros en cajones, para abrirlos una y otra vez con el pretexto de calibrar si los muebles que recogen quienes somos nos agradan. Olvidamos que estamos en constante evolución, que una persona no deja de crecer al llegar a la edad adulta, que detestar un periodo de tu vida es solo una insatisfacción provisional. La probabilidad del éxito es mayor para quienes siguen en pie que para aquellos que se lamentan de lo que poseen sin hacer nada para modificarlo.
Al salir del Hamlet, rumbo al coche, mi pulgar presionó por inercia el botón verde de la pantalla del móvil. En consecuencia, la verborrea de mi madre me llegó a través del altavoz. «¿Mucho trabajo?», «¿Comes fruta a diario?» y «¿Vienes a casa el domingo?» fueron sus interrogantes iniciales.
Suspiré sin saber que lo peor llegaría después. Ese día, mamá estaba jodidamente atenta a cada silencio y sílaba pronunciada con énfasis. Ella no necesitaba verme a través de una cámara para advertir cuándo ponía los ojos en blanco.
—Quiero que valores lo que tienes y lo disfrutes, hijo —concluyó después de una sucesión de «estoy encantado» para que no se preocupase por nada.
—Lo hago —increpé, enmascarando lo que realmente sentía. La pestaña dentro del ojo que no lograba sacar, la espina clavada que solo penetraba más la carne si trataba de extraerla. Los sueños pueden ser alas, pero también disparos al pecho.
—Soy tu madre, no me engañas por muchas ironías que utilices conmigo. Piensas que no te comprendo porque tú aspirabas a tocar el cielo y yo me conformé siendo una ama de casa con una rutina aburrida. Limpiar, comprar, llevaros al colegio, cocinar, ayudaros a hacer los deberes y hablar con las madres de vuestros amigos en el parque mientras tu hermana y tú os llenabais de tierra los calcetines. Te diré algo, Joel, mis sueños siempre han sido los vuestros. Mi felicidad es veros felices. Por eso soy afortunada, me dais energía. Pero noto cuando os hundís, cuando me cogéis menos el teléfono o no abrís la boca los domingos.
—Estoy bien, mamá. De verdad —insistí.
Antes de esa conversación, creía que ella jamás podría hacerse una idea de la magnitud de mis deseos y que solo yo me ofuscaba en un camino sin salida. Qué equivocado estaba. Convertirse en padre es multiplicar alegrías y también sufrimiento, saludar al mar con una carcajada, empaparte en aguas bravas si el temporal azota y aprender a remar con las dos manos.
Ella, de todas las personas en el mundo, era la que sentía como suyas cada una de mis victorias y derrotas. En especial las derrotas, porque el ser humano tiene esa maldita costumbre de regodearse más en los baches que en los altos vuelos.
—Cariño, la vida se hace muy larga para quienes esperan algo, y muy corta para quienes ya lo han encontrado. —La suavidad de su tono fue una caricia en mi mejilla—. No menosprecies cada momento, los peores tragos te ayudarán a valorar más lo bueno.
—¿Lo bueno? —pregunté, escéptico.
—Llegará, Joel, no seas impaciente. Puede que haya llegado ya y no lo veas.
—Puede que tenga que ponerme las gafas más a menudo —comenté bajito.
—Ojalá la vida se te haga corta —me deseó; la imaginé con una sonrisa.
Y hoy lo admito, es lo más bonito que me han dicho nunca.
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