Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 47 de 100

Páginas del PDF

Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 44

Joel

El silencio reinaba en el aula de bachillerato artístico durante el examen de obras arquitectónicas y esculturas del siglo XX.

Mientras Minerva rellenaba el segundo folio con un análisis completo de la Mutación, de Chillida, Diana jugaba a girar la imagen de las Cerillas, de Oldenburg, en un vago intento de comprender su cometido. Samuel le resoplaba al Pabellón Alemán y dibujaba mobiliario en su planta, a la espera de garabatear dos párrafos inventados cuando anunciase que solo quedaban quince minutos para terminar la prueba.

En los primeros asientos se producía una disputa no verbal: Felisa entrecerraba los ojos para copiar algunas frases de Olaya, pero su amiga cubría la mitad de la hoja con el antebrazo. La tercera fila no alzaba la vista de sus exámenes. Todos excepto Atena.

Pasé cuatro veces por su lado, y las cuatro carraspeé para hacerla reaccionar.

—Un párrafo de contexto, varios de elementos formales y un par de función e interpretación —le había refrescado la memoria en alto, simulando que mi aclaración no tenía un destinatario concreto.

No sirvió de mucho. Faltaba poco para que recogiese el parcial y el bolígrafo se mecía entre sus dedos sin ademán de aproximarse al papel.

Quería ayudarla, coger su mano y ser yo el que respondiera a cada cuestión. Y pedirle que se quedara a comentar unos ejercicios a última hora para preguntarle cómo estaba, acercarme a ella, estrecharla suave contra mí y hundirme en el hueco de su hombro. Hacer míos aquellos centímetros de piel; olerlos, besarlos, estremecerlos con palabras de apoyo.

Me estaba volviendo loco...

Me estaba obsesionando con ella...

Por eso mis comisuras se elevaron al verla anotar algo antes de levantarse con hastío. Se alisó la camisa y avanzó decidida hacia mi mesa.

Seguía taciturna, apocada.

Me dio un vuelco el estómago cuando sus ojos delinearon los míos al depositar su folio sobre la madera. Acarició una esquina antes de bajar la vista a la hoja con una ceja arqueada, y la imité. No había rellenado ningún apartado, solo su nombre. En el espacio de la fecha figuraban los nueve números de su teléfono y, justo debajo, un «llámame» que me dejó sin aire.

OceanofPDF.com