Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 90 de 100

Páginas del PDF

Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 87

Joel

No sé cuánto tiempo estuve en el aula de bachillerato artístico, desafiando las exigencias del director. Iba a desaparecer, lo haría, pero no sin antes despedirme de mí mismo.

Eso es lo que traté de llevar a cabo, sentado en el borde del escritorio como solía hacer durante las clases, observando pupitres vacíos. Me dije adiós mientras recorría cada uno de ellos con la mirada empañada.

Seguía sin ver con nitidez cuando salí al pasillo. Me enjuagué la cara en el baño y fui directo al aula de profesores. La estancia estaba desierta a excepción de Román, que tomaba notas en el margen de sus fotocopias de Literatura.

—He venido a recoger mis cosas —expliqué.

Me ayudó a ordenar los apuntes que había preparado para la optativa de la ESO, y que terminaron en la papelera.

—¿Estás bien? —inquirió Román.

—Es complicado.

No le pregunté si había puesto al corriente al director de mi relación con Atena al llegar de París, o incluso por teléfono. ¿Acaso importaba? Él no me había obligado a enamorarme de nadie, él no me había hecho creer que hay sentimientos que están por encima de las reglas. De eso me había encargado yo, solo yo.

—¿Vamos a tomar un café? —propuso.

Asentí.

Metí los exámenes finales en los archivadores y le cedí un par de hojas para que las reciclase escribiendo por la cara limpia. Bajamos las escaleras en silencio, me giré para observar cómo los rayos del sol se colaban por las

ventanas. Entonces la vi.

—Espera —le pedí a Román sin descender ni un peldaño más.

—Ten cuidado, Joel. Este no es sitio para arriesgarse así —me advirtió antes de cruzar el umbral y caminar hacia el aparcamiento.

Permanecí unos segundos, minutos, quizá días, recostado contra la pared de la entrada, contemplándola en la distancia.

Se frotaba los ojos para acabar con las lágrimas que yo no podía quitarle. Porque era el causante de aquello, el que le añadía otro drama a su larga lista. Atena se desplazó de un lado a otro, con pasos cortos, creando círculos concéntricos irregulares. Temblaba, estaba encogida y se despeinaba la melena en un gesto nervioso mientras la otra mano rebuscaba algo dentro de la mochila.

Al instante, mi teléfono comenzó a sonar. Pero no oí música, solo ruido. El del futuro romperse y, con él, los recuerdos de lo que había anhelado por anticipado y que no llegaría a hacerse realidad.

Apagué el aparato y seguí a Román hasta el Toyota blanco.

—¿Tan loco estás por ella que te merece la pena perder tu empleo? —

preguntó jugueteando con las llaves del coche entre los dedos.

El secreto a voces que habíamos preservado era un grito con eco en el punto más alto de una colina. Se propagaba sin que lo pudiéramos contener.

—Es evidente, ¿no?

—Sí, por tu manera de mirarla. Y, joder, ojalá yo siguiera mirando así.

Pero no aquí, el Valancós no entiende de corazones.

—Tú estás de acuerdo con los valores que defiende el instituto.

—No tengo que estarlo para cumplir con mis obligaciones y cobrar una nómina —puntualizó—. Llevo trabajando aquí mucho más que tú, Joel.

Al principio cuesta, pero te haces al sitio y a sus peculiaridades.

—Yo no he sido capaz.

—Tú eres distinto. No te haces a los lugares, haces tuyos los lugares y luchas hasta que los cambias. Te marchas con la sensación de derrota, pero hazme caso, eres más fuerte que el muchacho que conocí el año pasado. —

Me dio una palmada amistosa en la espalda—. Vamos a por ese café y seguimos hablando.

OceanofPDF.com