Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 22
Joel
El segundo domingo de octubre recibí una llamada de mi madre invitándome a la comida del mediodía. Seguía durmiendo mal, arrastrando el cansancio de la semana y conviviendo con una mezcla de conformismo y desasosiego. Quizá por eso me pilló con la guardia baja.
—Tengo faena pendiente —me disculpé con desgana—. Limpiar el baño, fregar, pasar la aspiradora...
—No tienes aspiradora, Joel.
—Me compré una el martes.
—Vienes o nos presentamos en tu casa a merendar —amenazó para apretarme las tuercas.
Asentí y cogí la primera camiseta limpia de la cómoda, sustituí el pijama por unos vaqueros, y metí los pies en las Vans sin deshacer el nudo de los cordones.
No había respondido ni una de las llamadas de mi progenitora en los últimos días y las guardias de Irina en el hospital hacían imposible que hablasen de mí. Consciente del interrogatorio que me esperaba, me quedé en el coche con la radio encendida hasta las dos y diez.
—La puntualidad no es tu fuerte —recriminó mi hermana al abrir la puerta.
—No habéis empezado. —Me encogí de hombros.
—Te estábamos esperando —rebatió ella dándome una palmada cariñosa en la espalda.
Entré en el salón, puse la bandeja que había comprado de hojaldres de crema con fresas sobre el mueble de la televisión, y saludé a Fede para apartar la atención de cualquier cosa relacionada con el IES Valancós. Por
desgracia, no estaba muy parlanchín y se levantó del asiento para atender llamadas de trabajo.
—Está estresado, la junta directiva se ha reunido para hacer una reestructuración de plantilla y su departamento es el que más empleados tiene —explicó Irina, colocándose en la silla de enfrente.
—Pero Fede es Fede —intervine. Despedirían antes a los que no tuvieran que indemnizar por antigüedad—. No van a echarlo.
—Es poco probable —dictaminó ella—. Aun así, ya le conocéis. Le gusta tenerlo todo controlado, que no cunda el pánico en su equipo. Si recursos humanos se desentiende, le tocará a él comunicar las bajas que la junta estime.
—¿Es que nunca va a acabarse la crisis? —lamentó mi madre, que en ese momento cruzaba el umbral del salón con una olla humeante.
Colmó los platos hondos de fideos con almejas y colocó aceitunas, queso a tacos y pan con tomate antes de ir a por la botella de vino que le habían regalado en el supermercado al superar una compra de treinta euros.
Fede regresó a tiempo para hacer los honores descorchándola.
—¿Qué tal va en el instituto? —inquirió un poco más suelto.
—Bien.
—Hijo, sé un poquito más específico —intervino mamá—. ¿Cómo son los otros profesores? ¿Visten bien? Estarás llevando corbata, ¿verdad? Y
zapatos, las deportivas dan muy mala imagen.
—Me disfrazo cada día como si fuera a una boda —aseguré, y solo Irina rio.
—Hay que cuidar el aspecto, Joel. No entiendo qué te hace tanta gracia
—remarcó.
—Que te lo tomes todo tan a pecho.
—Es lo que deberías hacer tú, esforzarte para que te contraten más meses. Imagínate trabajar para siempre en el instituto, con sus vacaciones de verano, las cuatro pagas anuales, Navidades libres y Semana Santa. Ese puesto es un lujo, cariño.
Las condiciones parecían idóneas. El director nos alargaba los horarios sin avisar, pero eran gajes del oficio que ocurrían en muchas otras empresas. Sin embargo, no estaba preparado para pensar en aquello como
algo a largo plazo. Había pasado meses sin planificar más allá de la semana, quería que el periodo de adaptación fuese orgánico y no una imposición.
—¿Cómo crees que te está yendo? —insistió mi madre.
Había tantas formas de contestar a aquello que le soplé a la cuchara y degusté el caldo sin prisa, mientras barajaba mi respuesta.
—Me estoy aclimatando —declaré a regañadientes.
Conversar con ella resultaba complicado, tanto como ir a la cocina para fregar los platos y que denegase mi proposición por miedo a que fuera a romperle la vajilla o a atascar el desagüe. Para mi madre solo había un modo correcto de hacer las cosas, el suyo, y convencerla de lo contrario suponía una ofensa.
—No seas arisco. Lleva algo para desayunar con los compañeros y hazles favores. ¿Al director le gustan los productos ecológicos? Han abierto una tienda a dos calles.
—Se lo preguntaré. —Ni de coña iba a hacerlo. Rebañé el caldo del plato mojando un trozo de pan y puse la servilleta del regazo sobre la mesa.
—El mundo funciona así, Joel, haciendo contactos y teniendo a la gente contenta. —Se apoyó en la mueca de aprobación de Fede y me sirvió más fideos.
—Estoy monopolizando la charla. —Miré a Irina para que se apiadase de mí—. ¿Cómo te va por urgencias? ¿Muchos pacientes infecciosos?
¿Alguna pandemia inesperada?
—No hagas bromas con la salud, Joel. —Mamá suspiró y nombró a dios y a una larga retahíla de santos.
—Nada digno de mención. Los compañeros de Consultas Externas han tenido casos más divertidos. Un hombre con fibrilación auricular fue el jueves, y prácticamente les pidió que le diesen una descarga con las palas para presentar un informe en el curro.
—¿No existen justificantes para eso? —farfullé entre carcajadas.
—Era un exagerado. Con dos anticoagulantes se soluciona. O con un cateterismo, en el peor de los casos.
Pese a no gustarle demasiado mencionar el hospital, mi hermana me dio palique sobre pacientes y casos atípicos durante media hora. Hasta que la anfitriona se cansó de enfermedades raras y coronó la mesa con el
frutero. Mientras pelaba una manzana, reproduje mentalmente el discurso que mi madre no soportaría, el que destilaba tanta sinceridad que me obligó a poner el cuchillo sobre el plato y morder la manzana con piel para que mis temblores pasaran desapercibidos.
«El director está contento conmigo. Mis compañeros son agradables, cada uno tiene sus rarezas, pero nos llevamos bien. Y los alumnos te caerían genial, mamá, son educados y guardan silencio durante mis explicaciones, aunque sus pensamientos se hallen muy lejos del aula. No les culpo.
Algunos estudian obligados por presiones familiares, o derrochan su talento en clases que no les enseñarán nada, pero son buenos chicos. En especial Atena, la alumna que repite curso y a la que suspendería hasta la saciedad solo por verla cada año frente a mí. Aunque esté prohibida y marque las distancias con ella. De hecho, la he suspendido en cuatro ocasiones. En mi defensa diré que es por motivos de peso. Para que me deteste, para que entierre lo que podría haber sido y se centre en el presente. ¿No es eso lo que importa, mamá? Lo que tienes delante, lo que resulta fácil. Como ser profesor».
—Me marcho, he quedado con Eloi —mentí antes del café.
No se extrañaron, nunca me quedaba más tarde de las cuatro. Solo Irina me acompañó hasta la puerta.
—Estás raro —subrayó arrugando la nariz.
—Me censuro para que tu madre no se ofenda —repliqué—. No me gusta que planifiquen mi futuro.
—Ten paciencia, ya sabes cómo es.
—Cuando salgas de ahí —le murmuré a la barriga de seis meses de mi hermana—, tendrás que mantener a tu abuela ocupada para que el tío Joel pueda campar a sus anchas.
—Cuando salga de aquí y su madre esté desquiciada sin dormir ni una noche, con los puntos del parto y la cuarentena, te tocará demostrar tus dotes como tío enrollado —espetó antes de darme un beso en la mejilla—.
Nos vemos pronto, pequeño.
—Hasta pronto.
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