Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 82
Atena
Dídac sonreía de oreja a oreja mientras cruzábamos el puente de Arcole, atravesando el Sena. Los rayos de sol incidían en su pelo, que ese mediodía estaba algo encrespado, pero ni siquiera ese drama capilar o el maldito botón del pantalón que no había podido abrocharse consiguieron agriar su humor.
El día anterior había vivido un sueño con el recorrido por los escenarios de Amélie, y asistiendo al espectáculo en directo que presenciamos por la tarde en el mismísimo Moulin Rouge. Quizá por eso insistía en que cometiera alguna locura, solo que él lo llamaba «sacarle partido al viaje con cierto macizo que no ha parado de mirarte desde que nos montamos en el ascensor».
—Baja la voz y descarta esa idea que estás teniendo —le insté.
Me aferró del brazo para que nos quedásemos los últimos, apartados del grupo, y siguió hablando:
—Has sido tú la que me ha contado lo del beso en el Louvre.
—Porque eres mi amigo. O lo eras —bromeé apuntando con los dedos al centro de su camiseta de Pac-Man.
—Y porque tu subconsciente sabe que necesitas mi ayuda, rubita.
—Estoy bien sin ella, gracias.
—Llevo tres noches oyendo lo que balbuceas en sueños, y el nombre de ese tío por el que estás colada, el cual no pronunciaré en alto por miedo a que me tires al río, se repite una media de cincuenta veces.
—Deja de decir tonterías —increpé tan flojo que apenas se escuchó mi réplica por encima del susurro del agua.
—Deja tú de desaprovechar este viaje, Atena. ¿Te has fijado en esa obra de una mujer desnuda de espaldas, con las efes de un violín pintadas?
—Se refería a El violín de Ingrés, de Man Ray, una de las fotografías más sensuales y elegantes que habíamos contemplado esa mañana en el Museo Pompidou—. Pues deberías inspirarte en ella, presentarte en la habitación de Joel e ir a por todas.
—Claro, y que Román se lo retransmita por teléfono al director —
espeté con sarcasmo.
—Entonces que venga tu profesor favorito a nuestra habitación.
—No podemos.
—No pensaste eso al ver la escultura de Canova.
—Fue un arrebato. —Pero no fue solo eso.
—Que podrías repetir bajo la Torre Eiffel, en los Jardines de Luxemburgo o frente a la Ópera Garnier...
La conversación se extinguió sin un desenlace, nuestros compañeros se habían detenido en silencio. No era para menos, a unos metros de nosotros se alzaba una Notre Dame con cicatrices. Herida, pero en pie, dándonos una dura lección. No importan los años que te dediques a algo —su construcción había durado desde 1163 hasta 1345—, todo puede desmoronarse en un segundo.
Durante la tarde del 15 de abril de 2019, Notre Dame se había convertido en trending topic y el mundo veía a través de la pantalla cómo la aguja de la catedral caía a un mar de llamas. Uno de los grandes exponentes de la arquitectura gótica, testigo de guerras y revoluciones, perdía pedacitos de su historia mientras bomberos y expertos barajaban la mejor opción para extinguir el fuego sin deteriorar los cimientos del edificio.
Las redes sociales se plagaron de mensajes de apoyo a Francia e ilustraciones de un Quasimodo huérfano de hogar, una iglesia devastada en mitad de la neblina de humo negro y citas de Victor Hugo. Resultaba injusto, y casi inconcebible, que un emblema que siempre había estado ahí se enfrentase a semejante tragedia.
—Siglos consumidos en un incendio —dijo Román, que, por primera vez en todo el viaje, parecía afectado.
—Los tesoros de la catedral, vidrieras y gárgolas pudieron salvarse, pero el fuego dañó la cubierta y las flechas —explicó Joel.
—¿Cuánto tardarán en restaurarla? —preguntó Minerva.
—El plazo inicial era de unos cinco años, pero la contaminación de plomo lo ha retrasado. Antes de reconstruirla, tienen que estabilizar la estructura y reforzar los frontones para evitar derrumbamientos.
—Así que habrá que esperar... —puntualizó la delegada.
—Habrá que esperar.
A mi lado, Dídac representaba a ese diablo que defiende la idea arriesgada y temeraria, alentando a la kamikaze que me volvía si se trataba de un anhelo.
—Todo es efímero —murmuró fulminándome—. Una razón más para aprovechar cada segundo como si fuera el último.
Pensé sobre ello cuando nos sentamos a comer en un restaurante de aspecto rústico, cuya especialidad eran unas fuentes gigantescas de ratatouille. Me senté en una esquina, con la vista fija en una pantalla de móvil en la que no miraba nada más allá de mi reflejo, y fui la primera en levantarme usando el pretexto de ir al baño. Salí del local y conté días, horas, minutos. Julio estaba cerca. Julio se hacía de rogar. Julio se me antojaba uno de esos mañanas inalcanzables.
Seguí meditándolo de vuelta al hostal, bajo un firmamento que ya no era azul mar o celeste cielo, sino del color exacto de los ojos de Joel. Y
entre suspiros, recostada contra el cabezal de la cama, los instantes que habíamos compartido se deslizaron ante mí como fotogramas de una película. El centro de la ciudad juntando a dos desconocidos. Su ático dándome cobijo durante las derrotas. La playa con un manto de estrellas arropándonos. Mi violín atrayéndole con todo lo que yo no le podía decir, o no me atrevía.
Parecía una enumeración tan breve, tan insuficiente..., que deseé añadir diálogos, besos y risas a aquella recopilación de recuerdos junto a él.
Llegué a la conclusión de que cualquier acto irreflexivo o sentimiento que despertase en mí Joel no se debía a la amenaza de vivir en un universo de cosas fugaces y perecederas. Iba más allá. Mucho más allá. Así fue como
la cuenta atrás desapareció. No quería restar días, sino sumar infinitos. A su lado.
Pasaban las nueve cuando me di una ducha, me sequé cuidadosamente el pelo para que los mechones se deslizasen lacios por mi espalda, y desfilé frente al espejo del baño con varios conjuntos antes de optar por el más cómodo.
—Por fin vas a hacerme caso. —La expresión de orgullo de Dídac me ruborizó. Le lancé mi almohada y él me la devolvió cuchicheando:
«Mañana olerá a eau de Joel».
—No es lo que imaginas. —Contuve una risita nerviosa.
—No, por tu bien espero que sea mejor. Las parejas heteros tenéis cero chispa en mi mente.
—Solo voy a proponerle dar un paseo.
—Un paseo... —Arqueó una ceja mientras repasaba mi vestido blanco con tirantes anudados mediante lazos en los hombros, pecho fruncido y falda de vuelo—. Podéis dormir aquí cuando volváis de ese paseo. Estaré en la habitación de Sam y Xavi para que gocéis de cierta privacidad.
—No vamos a...
—Me da igual lo que vayáis a hacer. Compartir cama con Sam en la Ciudad del Amor es una de las cosas de mi bucket list. —Me guiñó un ojo
—. Creo que ahora que ya le han gustado todas las de clase, estará dispuesto a abrir nuevos horizontes.
—Dídac... —reprendí mientras me abrochaba las sandalias planas.
—Es una fantasía muy remota, pero no me negarás que soy mejor partido que la estirada de Minerva.
—Lo eres. —Me colgué la mochila negra de un brazo.
—Feliz noche, rubia. —Me sonrió como solo sabía hacer él, derrochando ilusión y franqueza—. Y si te desnudas hoy, recuerda...
—¿Que me he pasado los últimos días comiendo tanta glucosa como tú y los michelines solo se camuflan apagando la luz?
Negó.
—Que eres preciosa por fuera, pero lo más bonito que tienes está debajo de tu piel.
Sonreí antes de salir por la puerta. Le mandé un mensaje a Joel para advertirle de mis intenciones y caminé despacio hacia la habitación del fondo del pasillo.
OceanofPDF.com