Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 29 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 26

Joel

Era tarde y seguía despierto corrigiendo los ejercicios de bachillerato bajo la luz de la mesita de noche, recostado contra el cabezal de la cama.

Adoraba aquella época del año en la que cubrirse con una sábana resultaba agradable.

La luna menguante había sacado a bailar a su séquito de estrellas, y yo las observaba a través de la ventana de mi dormitorio, donde la persiana se atascaba a la mitad.

Le puse un aprobado a Diana, un suspenso a Ruth y Felisa por hacer copias de los textos de Olaya, y medité la nota de Atena. Había entregado tres folios decentes, un análisis escueto de obras arquitectónicas del Barroco, nada destacable, redacción discreta y caligrafía prácticamente ilegible. Iba a ponerle un seis, pero lo medité. Sabía que yo era el causante de su semblante resignado. También del brillo de sus ojos y de las sonrisas que hacían bailar sus comisuras cuando creía que no la estaba mirando.

Porque me consideraba un cobarde, pero me comprendía a ratos.

Sin embargo, esas no eran razones para modificar una nota, y solo debía puntuar lo que leía en el papel. Nada de opiniones personales ni detalles que no conocía de ningún otro alumno. Estaba convencido de que podía hacerlo mejor.

Suspiré hondo, mordí el tapón del bolígrafo pensando en su labio inferior, y aparté la montaña de hojas a un lado para escurrirme por el colchón hasta quedar en posición horizontal.

Bajé los párpados un segundo, la estampa de mi habitación se diluyó y en su lugar recordé lo imponente que había estado Atena en la hora del viernes. Implicada. Receptiva. Enzarzada en un debate con Minerva sobre

el papel de la mujer en el arte, citando a Sofonisba Anguissola, la primera pintora del Renacimiento a la que se le reconoció su trabajo artístico. Una época oscura en la que, como en otras muchas facetas, estaba mal visto que ellas desempeñasen un rol independiente y, en el mejor de los casos, debían emplear pseudónimos si deseaban compartir sus obras o recurrir al nombre de parientes o esposos para hacer públicas dichas creaciones.

—El arte, como la ciencia y la educación, nos ha atado de pies y manos mucho tiempo —había dicho encendida—. De hecho, no se conoce a ninguna mujer con un papel relevante en la historia de la música. Algunos consideraban que no debíamos escucharla ni aprenderla para no distraernos de nuestras tareas.

—Parece que alguien acaba de encontrar un tema que le inspira para su cuenta de Instagram —resalté.

La lucha por la igualdad de sexos y el triunfo del talento sobre los convencionalismos sociales habían acaparado sus entregas desde entonces.

Ganando terreno mediante argumentos personales, primando coherencia sobre datos memorizados.

No eran ni sus expresiones perspicaces ni sus camisetas ceñidas, tampoco los vaqueros que le sentaban como un guante o el modo en el que trataba de rozar mis yemas con la punta de las suyas al recoger los esquemas de cada obra al final de clase. El hilo que nos unía y aumentaba su grosor a cada segundo se nutría por un concepto más tentador que la atracción física. Si había algo sugestivo, era la inteligencia. La expresión de Atena replicando con ímpetu resultaba lo más vivo y real que había presenciado en el instituto.

Quizá por eso se adueñó de mis sueños aquella noche. Se coló en mi subconsciente para manejarlo a su antojo con su risa, y volvimos al ascensor en el que un beso en la frente gritaba mis pensamientos en condicional.

Si no estuviéramos aquí.

Si fuéramos desconocidos.

Si leyese tu nombre entre los intérpretes del Liceo y no en una lista de bachillerato.

Si hubiese escrito el mío firmando una ilustración y no una pizarra.

Hasta que unos golpes insistentes en la puerta me privaron de la continuación, el instante en el que Atena arrollaba cada argumento con un beso en la boca y yo le permitía hacerlo. Porque era un cobarde con ella, pero no en la soledad de mi buhardilla.

Recorrí el parqué sin ponerme las zapatillas de casa, quité las dos vueltas de la llave y me sorprendí. Lo último que esperaba al abrir era que los ojos caramelo de Vega me comieran con la mirada.

Estaba tan preciosa como en septiembre, despreocupada, desaliñada y con el maquillaje resbalándole por la cara. Se revolvió el pelo y tomó aire.

—Sé que hace tiempo que tú y yo no... —musitó a modo de saludo.

—Semanas —precisé.

—¿Puedo pasar?

—No es buena idea.

—¿Hay alguien dentro? —Enarcó una ceja con escepticismo.

—No, pero...

Se coló por debajo de mi brazo y entró al salón.

—No he dejado de pensar en ti, Joel —gimió.

Quise guardarme sus palabras para cuando se marchase, pero no pude.

Se quitó la blazer rosa palo, se bajó la cremallera del vestido de tubo turquesa, retándome, y dejó a la vista un conjunto de encaje negro diminuto, tentador, de los que me habían provocado incendios en el pasado. Alzó las piernas muy despacio, con sensualidad, sorteando la tela arremolinada en el suelo antes de lanzarse a mi boca.

Traté de rendirme a la lujuria, confiando en que unas horas de sexo me sacarían a Atena de la cabeza. Me equivocaba. Los besos con Vega eran solo superficiales, la ropa que se quitaba dejaba a la vista carne, y no sentimientos.

No tirité de deseo.

No jadeé su nombre.

No sentí la caída libre, la sensación de quedarme sin oxígeno y la necesidad de perderme entre las caricias de su lengua mientras sus manos se colaban por el elástico del pijama. Mi cordura permaneció intacta.

Fue volátil y trivial.

—Para. —La frené rodeando sus muñecas.

—¿No te apetece? —Sus labios inflamados por la pasión me causaron indiferencia.

—No.

—El bulto entre tus piernas me dice lo contrario. —Apagó su risa besando mi clavícula, y yo empujé suave sus hombros para apartarla.

—Es en serio, no quiero acostarme contigo.

—¿Sigues enfadado? ¿Vas a soltarme un discursito como el de la última vez?

—He conocido a alguien.

—Yo también. A mucha gente. Y no me importa, podemos pasarlo bien.

—No quiero acostarme contigo pensando en ella.

—¿Estáis saliendo?

—No.

—¿Rechazas un polvo por algo que ni siquiera existe?

Asentí.

Vega recogió su ropa en silencio, se marchó por segunda vez y me aportó paz.

En ocasiones las personas dicen más de ellas cuando se van, cuando su vacío te cuenta lo importantes que eran en tu vida, o cuando la ausencia no pesa y descubres que nunca estuvieron ahí. Ella había sido fuegos artificiales, ruido y una explosión de color. Pero la mecha arde, la pirotecnia es caduca, y el sosiego tras el espectáculo clamaba más que los tonos ilusorios con los que había pintado nuestra historia.

Suspiré y al fin estuve de vuelta en mi utopía más desgastada, junto a los ojos verdes que anhelaba prender con una carcajada más que con el estallido del placer. Supe que estaba jodido. Jamás se me habían dado bien las medias tintas y, si seguía adelante, no iba a ser un encaprichamiento.

Atena traería consigo consecuencias.

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