Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 7
Joel
Faltaban dos días para empezar mi incursión en el ámbito de la docencia y, cansado de buscar obras de arte en Google para no quedar en evidencia ante los alumnos, apagué el portátil. Me puse la primera camiseta limpia y los pantalones sin planchar que colgaban de la silla, y salí a perderme por las calles de Barcelona.
Las Ramblas estaban concurridas a las siete. De turistas que le robaban pedacitos a la ciudad con sus cámaras, artistas que retrataban rostros hasta convertirlos en caricaturas, tiendas de souvenirs y puestos que vendían granizados y fruta fresca. El rumor de las terrazas apagaba el tráfico. Esa tarde, la mezcla de idiomas serpenteaba desde Plaza Cataluña hasta la estatua de Colón.
Atravesé el gentío sin prisa, impregnándome con el olor a flores de los ramos expuestos frente al Mercado de la Boquería y observando a un mimo que homenajeaba a Chaplin. Me detuve a la altura del Liceo, donde alguien versionaba To build a home, de The Cinematic Orchestra.
Primero la oí, el tiempo suficiente para que sus notas calasen dentro de mí, después la vi. Relajada, muy lejos del suelo que repiqueteaba al llevar el compás con la punta de un pie. Era arte, toda ella. Diminuta e inmensa, enfundada en un mono ocre con volantes en el cuello y la confianza de quien se rinde ante algo que le conmueve.
Llevaba el cabello trenzado a un lateral para no entorpecer la fricción del arco contra las cuerdas de un violín completamente negro, y se balanceaba al ritmo de cada nota como si de una melodía hipnótica se tratase. Quizá lo era, porque cuando enlazó La gran broma final, de Nacho Vegas, a su repertorio, aquella mezcla ecléctica funcionó. Un corro se
formó a su alrededor para detener sus vidas unos instantes y regalárselos a la música. Algunos sacaron el móvil y compartieron fragmentos en redes sociales. Otros se agacharon para tirarle monedas en el interior de la funda colocada a su derecha.
Yo no aparté la vista de Atena, preguntándome qué vislumbraría con los ojos cerrados, qué ingredientes componían ese torbellino que le provocaba una sonrisa genuina, el ligero temblor en un párpado y el vaivén de sus cejas durante una breve pausa. No tenía ni idea de lenguaje musical, pero no me cabía duda de que aquella chica rebosaba talento. Me quedé embobado con su interpretación de Clocks, de Coldplay, mientras el vibrato a modo de colofón final me erizaba la piel de los brazos.
Supuse que era alumna del Conservatorio, que se había cansado de ensayar en casa para un recital importante y estaba practicando con público.
La imaginé sobre un escenario, bañándose en ovaciones, brillando bajo los focos, conmoviendo a cada espectador que habría pagado una entrada porque su virtuosismo lo merecía. Cuando hizo un descanso para masajearse la clavícula y reposar el cuello, me acerqué con la intención de echarle las últimas monedas de mi cartera sin remordimientos.
Su mirada se enredó con la mía y la reconocí.
—Eh, eres la chica de la otra noche.
—Y tú eres el buen samaritano que me dio su T-10. —Sonrió—.
Gracias por eso. Y por escucharme.
—Suenas bien.
Saqué la cartera, pero Atena metió el violín en la funda con agilidad y se negó a aceptar mi dinero.
—No pretendo arruinarte con tarjetas y canciones.
—Créeme, no soy de los que se paran a oír más de un estribillo. Me ha gustado mucho.
—En ese caso, puedes invitarme a tomar algo.
No quiso unos pinchos con caña, un bocadillo o un mojito. Sus ojos se iluminaron cuando pasamos por la Gelatería Giovanni y se llevó una mano al pecho, cautivada por el olor a dulce. Hicimos una cola que daba la vuelta
a toda la calle, y solo ella se atrevió a pedir un gofre con Nutella bajo el sol de treinta grados. Yo me decanté por una tarrina de chocolate blanco y mango, antes de caminar unos metros hacia Pla de la Seu.
Llevaba toda mi vida en Barcelona, pero su arquitectura siempre me impresionaba. La catedral gótica era, de entre todas las construcciones de la Ciudad Condal, mi favorita. Por su fachada de líneas verticales que escenificaban ángeles, gárgolas y animales fantásticos. Por la grandiosidad con la que se alzaba, imponente, con la pretensión de hacerle cosquillas al cielo. O simplemente por haber sido la primera excursión del instituto que me había provocado algo.
Nos sentamos en las escaleras y sonreímos cada vez que un objetivo nos retrató como parte del mobiliario, bajo la acuarela violeta del atardecer.
Varios peldaños más arriba, una pareja de adolescentes se comía a besos sin tapujos. Ahora, consciente de todo lo que ocurriría después, sacaría el teléfono que no miré ni una sola vez aquella tarde, llamaría al director del IES Valancós y renunciaría a un trabajo para llenar la galería del móvil de fotografías junto a Atena, recorriendo las construcciones de la ciudad con besos, en lugar de apuntes. Pero qué poco sabía entonces, lo justo para confiar en que unas horas en el centro no empezarían a tejer un entramado indivisible.
—Por cierto, soy Atena —se presentó con la cucharilla de plástico entre los dientes.
Me tendió la mano.
—Joel. —La estreché y pensé que ser testigo de la pasión de alguien antes de tener una conversación que te describiera sus anhelos era mágico.
La intimidad a la que se había expuesto rodeada de desconocidos acuñaba cada sinónimo de valentía. Consideré que todos deberíamos ser un poquito como Atena, osados, soñadores, kamikazes de la cultura. Yo incluido—.
¿Sueles tocar por aquí?
Ella chasqueó la lengua antes de llevarse un trozo de gofre a la boca, sopesando una explicación más elaborada a la que me dio.
—A veces —resumió.
—¿Por dinero?
—Sí y no. Empecé a hacerlo por un sueño.
—¿Puedo preguntar cuál?
—Tocar en el Liceo. Fui a ver una obra hace tiempo, cuando apenas lograba afinar el violín, y me enamoré de la música en directo.
—Y te colocas justo delante para martirizarte mientras el deseo se cumple.
—Yo lo llamo motivación.
—Yo lo llamo masoquismo —solté entre carcajadas irónicas, sin comprender su punto de vista.
Joel, el diseñador, era un cobarde que apartaba la mirada de las marquesinas de autobuses decoradas con pósteres que anunciaban eventos a los que había enviado propuestas, y de los que no llegó a obtener contestación. Me había cambiado de número para evitar más llamadas de proyectos no remunerados porque, si abandonaba algo, debía hacerlo a lo grande, y no dejando la puerta entreabierta.
—Masoquismo es pulverizar sueños antes de que se cumplan —
dictaminó Atena con una convicción apabullante. Casi la creí.
—La sociedad se encarga de eso —contraataqué.
Su réplica se materializó en palabras escritas. Me tendió el brazo izquierdo y me invitó a leer la oración de caligrafía cursiva que estaba tatuada en la zona interior, alargándose de la axila hasta el codo: «Nuestras vidas se definen por las oportunidades, incluso las que perdemos».
—Me suena —musité tratando de rescatar la frase, sin suerte.
— El curioso caso de Benjamin Button.
—No he visto la película. —Apenas recordaba la imagen de Brad Pitt subido a una moto y una bailarina pelirroja.
—Yo sí. Y después, me compré el libro.
—Puedes spoilearme, no está en mi lista de pendientes.
—Trata infinidad de temas, pero para mí el principal es que la temporalidad no es cronológica, sino emocional. El orden en el que vivas algo es irrelevante. Todo cuenta, todo forja quién eres.
—¿Y quién eres tú? —la reté.
—Alguien que diferencia vivir de sobrevivir.
—Si sigues por ahí, me ofenderás —bromeé.
—Valdrá la pena si te ayuda a cambiar de mentalidad. Pareces bastante deprimido.
—Lo estoy. —Rebañé la tarrina por inercia—. El lunes diré adiós a mis ambiciones para convertirme en alguien de provecho, con salario y alarmas antes de que los primeros rayos de sol asomen por la ventana.
—¿No hay otra vía para canalizar esas ambiciones?
—Ya lo he hecho, y no ha funcionado.
—Entonces no lo has hecho bien. Créeme, estás condenado a perseguir tu sueño hasta agotar cada posibilidad existente. Y, después de eso, las ganas te darán alas.
—Admiro tu optimismo.
—Es por el chute de glucosa —admitió, divertida—. No sé si llegaré a vivir de la música, puede que tocar en Las Ramblas sea el pico más álgido que experimente. Pero eso no va a echarme atrás. Los pentagramas son mi combustible cuando lo demás falla, sería absurdo apartarme de algo así.
Hazme caso, no te boicotees a ti mismo. —Me dio un golpecito en el muslo y percibí una corriente reconfortante.
Es cierto eso que dicen, hablar con un desconocido resulta fácil. No te conoce, va a ser honesto sin implicarse y, en caso de que te juzgue, sus opiniones no te afectarán demasiado. Por eso me abrí a Atena hasta que el firmamento se volvió un lienzo salpicado de estrellas. Ella apoyó el mentón en las rodillas y prestó atención a cada uno de mis argumentos, sin fruncirme el ceño cuando le aseguré que era un desagradecido y que mi orgullo me hacía arrogante. Me animó a contarle dónde me gustaría estar, colocó sus palmas contra mis pestañas y acalló mi risa con un «esto es serio, Joel». Le hice caso, vacié la mente de pensamientos negativos, me despojé de los lastres del presente, y visualicé mis deseos con los párpados bajados.
—No los abras aún —me pidió Atena sin apartar la mano—. Tómatelo con calma.
Ignoré el aroma a vainilla que me trajo su cercanía. Me centré en el sitio que ocupaba, más allá de la respiración de Atena. Muy despacio, su piel se despidió de la mía invitándome a abrir los ojos. Al enfrentarme de
nuevo a los transeúntes, a las tiendas y a las copas de los árboles que luchaban por integrar la naturaleza en una calle edificada, lo hice con una óptica renovada.
—Dónde estás —susurró Atena.
—Aquí.
—¿Qué ha cambiado?
—Yo.
En mis fantasías, era infalible, fuerte, audaz, no menguaba ante las adversidades ni coleccionaba fracasos. Mi mayor problema no radicaba en un puesto de trabajo o en comparaciones con gente de mi edad, sino en mí.
—Tienes suerte, Joel. A veces nos creemos arquitectos de nuestro propio destino y nos equivocamos. No nos percatamos de que cada una de nuestras acciones tiene una repercusión en el resto —argumentó—. Podrías culpar a otras personas de tu situación actual. A los que consiguieron el trabajo que ansiabas, a los que rechazaron el que tú vas a aceptar... Si consideras que eres el único que te está frenando, sabrás qué hacer.
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