Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 36 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 33

Atena

Llevaba toda la semana recibiendo notitas. Para mi sorpresa, la última me llegó en mitad de clase. Casi por arte de magia, un trocito de Copenhague, de Vetusta Morla, se coló en el bolsillo exterior de mi mochila.

La leí varias veces contemplando a Joel desde la tercera fila. Él mordía el tapón del bolígrafo verde desde su escritorio, corrigiendo resúmenes de la clase anterior. Elevó la vista de los folios y nuestras miradas se cruzaron muy lejos del aula. Sonreí, Joel bajó los ojos a la mesa, pero alzó las comisuras con sigilo. Satisfecha por su reacción, grabé su semblante en mi retina e hice un gran esfuerzo para esconder lo que estaba experimentando.

El hormigueo en los labios, la electricidad en el vello de los brazos y la nuca, el vuelco que me revolvía el pecho.

Acompasé mi respiración al balanceo de sus hombros, a la voluntad de unos dedos invisibles que tiraban del hilo que nos unía y que, lejos de romperse, se tensaba obligándome a sujetarme al borde del pupitre para que esa fuerza no me empujase contra Joel. Y le añoré teniéndole a unos centímetros.

Ese día empezaban las vacaciones. No nos veríamos hasta enero.

Pensé en el fin de año que me esperaba con Isolda, en las próximas semanas junto a mi padre, tratando de no coincidir para mantener una paz ilusoria.

En todo lo que pasaba por mi mente y no exteriorizaba por temor a herir a quienes me rodeaban.

En lo mucho que me apetecía componer.

En cómo me contenía por miedo a fragmentar una historia que ni siquiera existía.

Suspiré.

Le pedí los pósits a Dídac.

Supe que me tocaba mover ficha.

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