Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 64
Joel
«Obras de arte que giran en torno al amor».
Las palabras ocupaban el centro de la pizarra de segundo de bachillerato. Dejé la tiza sobre mi mesa y sonreí a los alumnos, deteniéndome unos segundos más de lo necesario en la tercera fila.
Minerva copió el texto en sus apuntes, Samuel revisó los folios de días anteriores y Dídac se llevó a la boca el cuarto Donette desde que había entrado en el aula. Empezaba a preguntarme cómo quemaba aquel chico las cantidades ingentes de glucosa que ingería en mis clases.
Atena no elevó la vista de su pupitre. Se remangó la sudadera —mi sudadera, la que había llevado en el ático y no pensaba pedirle nunca, porque verla vestida con mi ropa me gustaba demasiado— y recostó la barbilla sobre una mano. Expresión abstraída, verde perfilado con negro y melena suelta adornada por una trenza lateral que le dejaba una oreja destapada.
Me aclaré la garganta y empecé el discurso que había preparado el domingo por la noche, después de acercarla a su casa.
—El amor ha sido fuente de inspiración para los artistas desde el inicio de los tiempos. Músicos, poetas, pintores, bailarines... Todos ellos han empleado el concepto más universal del mundo para escenificarlo en sus obras. Hoy haremos un recorrido —el de la exposición de Poble Sec sobre amor y arte que me había negado el director— a través de pinturas y esculturas que lo reflejan.
La mano alzada de Minerva hizo resoplar a sus compañeros.
—¿Cuáles entran en selectividad? —preguntó fijando en mí su mirada felina.
—Os propongo algo. Disfrutamos del contenido de la lección sin pensar en exámenes, y al final os digo las que tendréis que memorizar para el siguiente parcial.
La delegada puso los ojos en blanco y mordió el tapón del bolígrafo, deseando que me partiese una pierna y el instituto contratara a un suplente tradicional, de esos que se saltan los temas que no son necesarios para aprobar y mandan trabajos inútiles cada semana si así crean el espejismo de que los estudiantes están bien preparados.
—Coged un dosier y pasad el resto, por favor. —Le entregué la montaña de folios grapados a Felisa y esperé a que llegasen hasta Diana—.
Bien, estas son las obras de las que hablaremos hoy. En blanco y negro, con poca definición, pero la impresora del instituto es especialista en pixelar imágenes. Os pido que no las miréis todavía, vamos a hacer un breve ejercicio antes. ¿Cómo plasmaríais vosotros el amor?
Minerva fue la primera en levantar el brazo. Le susurré un discreto
«después» para que el resto no se cohibiese con su respuesta técnica y elaborada, y señalé a Ruth.
—¿Qué he hecho? —inquirió asustada. Sus vecinos de pupitre rieron y Olaya le puso al corriente de lo que había sucedido mientras ella actualizaba sus redes sociales por debajo de la mesa—. Pues... no sé.
Supongo que para representar el amor... ¿dibujaría un corazón?
—O un beso —dijo Diana.
—Una familia —opinó Felisa.
—Una pareja —contribuyó Dídac.
—Con preservativos —remató Xavier para añadir un toque de humor.
—Es indudable que el sexo está relacionado con el amor —corroboré desplazándome por el aula—, pero buscad algo más abstracto.
—Si tuviera que representar el amor, me dibujaría sobre las olas haciendo kitesurf, mi pasión —añadió Samuel.
Le di el turno de palabra a Minerva, que fruncía el ceño con hastío, juzgando cada réplica.
—Yo no me centraría necesariamente en el objeto a capturar, sino en el cómo. Por ejemplo, usando colores intensos.
—Genial. ¿Alguna aportación más?
Atena se mordió el labio inferior, y ese gesto fue suficiente para que tropezase con el borde de la mesa. Apreté los puños y fingí que no dolía antes de recostarme en la madera para comentar las hojas que había repartido.
—Como ha dicho Diana antes —continué—, el beso es un elemento clave en la representación del amor. Sin embargo, hay infinidad de maneras de abordarlo. Desde un punto de vista más tradicional encontramos la primera obra, El beso, de Rodin, una escultura de mármol que derrocha sensualidad con los cuerpos desnudos de dos amantes. Se basa en Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, de la Divina Comedia, de Dante, y tiene un final desafortunado: el esposo de Francesca los asesinó a ambos tras encontrarlos juntos.
—No creo que el beso sea el protagonista, sino la postura —rebatió Minerva.
—En efecto, los elementos de la composición son un canal más para narrar la historia, ahondaremos en ello en breve. Si pasáis a la página dos, observaréis un beso menos convencional: Los amantes, de Magritte, de 1928. Dos rostros cubiertos por un velo que oculta sus caras. Podríamos dedicar muchas clases a divagar sobre las interpretaciones de este cuadro, pero no lo haremos —aseguré para paliar los bufidos de la delegada—. Se trata de un amor prohibido, con una tela mojada a modo de barrera, y evoca dolor. Aunque es complicado adivinarlo fuera de contexto, alude a la familia, como proponía Felisa. El tejido húmedo homenajea a la madre de Magritte, la cual perdió la vida en un río.
Felisa le sonrió al cuadro, orgullosa de su aportación. Invitándoles a dar una simple opinión antes de introducir el temario, había conseguido la atención de todos ellos. Sin obligarles a responder, sin prometerles puntos extra o amenazarlos con castigos. Solo originando un ambiente distendido en el que se sentían a salvo para equivocarse o acertar.
—Dídac, lee la explicación de la tercera obra, por favor.
— La siesta, de Vincent van Gogh —recitó—. Reproduce la cotidianidad de dos campesinos gozando de unos minutos de descanso tras su jornada laboral. Este óleo, de 1890, irradia tranquilidad y esperanza.
—El tema central sigue siendo el amor —indiqué—, pero el foco pasa a la pareja. Se inspira en La meridienne, de Millet, y pretende acercar el arte al pueblo. En cambio, si damos la vuelta al folio, volvemos al Rococó. El columpio, de Fragonard, data de 1767 y habla sobre sexo sin mostrarlo explícitamente. La protagonista se columpia, su marido la mece y, escondido entre matorrales, en la parte inferior izquierda, hallamos al amante. Empleando simbolismos, sin necesidad de ser evidentes con preservativos —apunté a Xavier—, se consigue una ambientación sugerente. Y, por último, mi favorito. Minerva, ¿te suena esta pintura?
— El beso, de Gustav Klimt —asintió al llegar al penúltimo folio—.
Pertenece al Art Nouveau, data de 1908 y plasma el instante previo al beso.
En él se ve a dos personas abrazadas no solo por su pareja, sino por tonalidades vibrantes y formas geométricas.
—Exacto, Minerva. El artista conjuga elementos a su favor para transmitir la expectativa de algo que aún no se ha producido. De hecho, la cercanía de los amantes pasó inadvertida y las críticas se centraron en el uso del color dorado, que en su época se reservaba en exclusiva a piezas religiosas. —La melodía de un teléfono irrumpió en mitad del silencio de la estancia—. Por favor, apagad los móviles o ponedlos en silencio.
—Perdón —murmuró Dídac con las orejas rojas.
—Debajo de la bibliografía encontraréis un listado de obras que están en el manual de la asignatura —expuse, pero solo la delegada escribió notas en los márgenes de las fotocopias—. De ellas, las comentadas en clase y El nacimiento de Venus, de Botticelli, Enamorados, de Renoir, Una pareja con la cabeza llena de nubes, de Dalí, y El beso V, de Lichtenstein, entrarán en el parcial del 23 de marzo. Nos quedan algunos minutos, si os parece podemos... —Mi frase quedó suspendida en el aire. Olaya leía la pantalla del iPhone y, al igual que ella, todos los estudiantes arrugaban la nariz con los ojos fijos en sus teléfonos—. ¿Me he perdido algo de lo que sea que estáis comentando en ese grupo de WhatsApp?
—Es un correo del director —aclaró Atena—, sobre el viaje de fin de curso.
—¿Adónde vais?
—A Tenerife —dijo Diana, y varios alumnos la abuchearon.
—Calma, chicos. ¿Cuál es el problema? —indagué.
—Yo paso de playa y discoteca —recalcó Ruth.
—¿Por qué no proponéis otras opciones? Destinos más culturales.
—Tenerife ha ganado las votaciones por mayoría.
—¿Y si organizáis un viaje vosotros?
—¿Solo los del artístico? —increpó Minerva—. No podemos, necesitamos profesores que nos acompañen, y sale económico si va un grupo grande. El director ya dejó claro que...
—Pues a mí me parece buena idea —la cortó Samuel.
El murmullo de los estudiantes fue subiendo hasta transformarse en un coro que apoyaba al muchacho. Perdí el norte y mi estatus de profesor al vislumbrar la voluntad de aquellos chicos, sus ganas de hacerse oír. Prometí que los respaldaría y lancé la primera piedra en una batalla que perturbaría al director. El Valancós estaba totalmente equivocado al dar por hecho que los alumnos se convertirían en adultos sin tomar sus propias decisiones.
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