Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 44 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 41

Atena

¿Cómo se renuncia a un sueño? El interrogante resonó en mi cabeza con tintes de arpegio menor y, de inmediato, obtuve la respuesta.

A la cara. Conteniendo el nudo en la garganta. Clavándome las uñas en la carne al apretar los puños. Prometiendo que no lo abandonaría de manera definitiva. Cruzando los dedos para que fuera verdad.

No lo medité mucho por temor a echarme atrás, por si querer y deber no se ponían de acuerdo y hacerlo rápido, levantando la cera de un tirón brusco, se me antojaba más soportable. Tras descartar la llamada telefónica, me personé, minúscula y temblorosa, en la escuela de música. Cogí aire, lo solté al instante notando que en mi interior había demasiado peso, y jugué a ser fuerte, precavida y razonable cuando lo único que deseaba era cerrar los ojos y soñar. Soñar también al abrirlos. Soñar siempre.

Entré en el aula Vivaldi sin violín. Con un «adiós» en la punta de la lengua y un «no me olvidéis» dedicado a las partituras que había reproducido durante años y simbolizaban los cumpleaños a los que no había ido, esas entradas de cine que mis compañeros de primaria compraban mientras yo participaba en recitales, o las noches acabando los deberes tarde porque había ensayado con el conjunto. Todo a lo que había renunciado y jamás añoraría, porque cuando le prometes amor eterno a tu pasión no existen el sacrificio, la renuncia o la infancia perdida. Solo ganancias, caricias en las entrañas y un camino de luciérnagas que conduce al desenlace de tu cuento. Uno triunfante. Desde luego, no el que iba a tener lugar aquella tarde de martes.

—¿Todo bien? —saludó Ariadna cinco minutos después, entrando en la estancia. Lucía un vestido de punto beis con un broche negro en forma de clave de fa. Arrugó los labios al verme allí quieta, sin un instrumento, y abrió el escuche de su violín para ofrecérmelo.

—He venido a hablar contigo —la corté.

—¿A hablar? —se extrañó. Nuestro lenguaje era otro, uno más universal y emotivo que el que recogían los diccionarios.

Parpadeé buscando enfoque, tragué para hundir las dudas que trepaban por mi esófago, y lo recité.

—El instituto está siendo duro, y no puedo repetir otro curso —expuse ansiosa por zanjar aquel compromiso y empezar el luto—. Necesito sacarme el bachillerato y, para hacerlo, es mejor que me centre en los exámenes durante unos meses. Hasta junio. —Le puse fecha para que no sonase tajante. Dejar la puerta entreabierta daba cabida al retorno, aunque hubiese lanzado la llave al fondo del mar.

—Pero... este es tu hábitat. —Se recogió la melena en una maraña desordenada sobre la que clavó un lápiz, y me percaté de que lo hacía para mantenerse ocupada mientras asimilaba la información que le había dado.

—Será temporal.

—¿Y si...? —Formuló una alternativa que no oí. Mi cerebro bloqueó cualquier opción por la que pudieran colarse los rescoldos de la ilusión.

Para conservar la cordura hay que frenar la ambición.

—Suspendí varias asignaturas el primer cuatrimestre. —Le di más excusas—. Tengo que ponerme en serio.

Ariadna no se hubiera creído otra mentira. Solo esa. La de la Atena concienciada en finalizar sus estudios con nota para destinar el curso siguiente a su pasión. El acceso al Conservatorio, las lecciones de composición y, por qué no, un segundo instrumento del que enamorarse.

—Espera, ¿nos sentamos? —Parpadeó incrédula, con las defensas bajas—. ¿Tomamos un café y lo valoramos? Estoy segura de que encontraremos la manera de que puedas seguir con el instituto y la música.

Le costó ceder. Peleó con argumentos y halagos. Prolongó su tentativa de retenerme hasta que el silencio nos visitó y ambas supimos que ese era el punto de inflexión, la quietud nunca había clamado tanto entre aquellas

paredes.

—Creo que lo mejor es que me centre en una cosa —persistí—. Solo serán unos meses de parón, retomaré las clases después de selectividad. Me apuntaré al intensivo de verano y me esforzaré el doble, dominaré los estudios en cuestión de días. —Envolví mi juramento con un lazo en forma de sonrisa.

—Más te vale, Atena —contestó—. Lo que veo en ti es más que dedicación. Cuando al talento se le añaden horas, suceden cosas inexplicables.

—Gracias. —Mantuve las comisuras en alto.

—Ven aquí. —Extendió los brazos y me hizo un hueco en su pecho, acunándome mientras mis cimientos se resquebrajaban—. ¿Estás segura?

Una melodía, muy flojita y triste, me silbó en los oídos. Por primera vez en años, la dejé pasar. No cacé ni una nota y solo pensé en lo paradójico que era sentirme inspirada por mi propio final.

—Sí —mentí—. Estoy segura.

«No es un adiós definitivo», me susurré saliendo y devolviéndole el semblante estoico a Vivaldi. Seguiría tocando en casa, en el aula de música del instituto, en cualquier calle ante desconocidos. El violín siempre me pertenecería y las notas no abandonarían mi pecho. El sitio daba igual si las melodías seguían empuñando un posesivo.

Sin embargo, el futuro se diluía.

Los sueños más impresionantes, los que te dejan sin aliento y hacen que despiertes en mitad de la noche con el corazón frenético, son los que se persiguen en equipo. Con alguien que te transmite sus conocimientos y también su opinión, que te presta sus oídos para refinar compases que atacas desde el ángulo equivocado, que te ayuda a modular y generar dinámicas como si arco y cuerdas iniciasen un diálogo que tú solo transcribes sin contaminarlo con apreciaciones personales. O, a la inversa, animándote a volcarte para incrustar tu esencia en una obra propia.

Enfrentarme por mi cuenta a la disciplina de escalas, estudios y técnicas era osado, casi imposible en aquellas circunstancias.

Me despedí de los descansos entre clase y clase compartiendo bolsas de Pelotazos con Julia, de los infructuosos dúos tocando el piano a cuatro manos junto a Eva, de los «el Conservatorio se nos quedará pequeño» que habíamos cerciorado Leo y yo en una patética tentativa de hacernos los duros ante la incertidumbre de lo que aún es una incógnita e impone.

Mi humor se apoderó del cielo y Barcelona se encapotó. Sobre mí se cernía una estampa desalentadora de nubes trazadas a carboncillo y el desapacible ulular de las aves que volaban a ras de suelo. La Escuela Elvira Baldó me dedicó las lágrimas de lluvia que caían por su fachada mientras me alejaba de lo que más anhelaba en el mundo.

Me calé la capucha de la sudadera de regreso a casa, acumulando gotas en la punta de la nariz, las mejillas, los labios y las pestañas. Poco a poco, el rocío esporádico se convirtió en una hilera blanquecina y constante que llenó el pavimento de charcos.

A los ocho, tenía miedo de las tormentas. Hasta que mi padre me aseguró que un trueno era el sonido de una cámara fotográfica y el rayo su flash, que debía relajarme y sonreírle al cielo para obtener un buen retrato.

Quién iba a decirme que, años después, sería él, y no los estruendos del firmamento, el que me atemorizaría.

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