Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 66 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 63

Atena

Llamé a mi padre para decirle que seguía en casa de Isolda, y me encaminé al baño con las toallas y prendas limpias que Joel sacó de los cajones.

Gruñó cuando le pregunté si podía usar su albornoz, y fue a preparar el desayuno mientras me duchaba.

Salí veinticinco minutos después, disfrutando del olor de su champú en mi pelo suelto. Él ya había dispuesto una bandeja con zumo de naranja, café y tostadas bañadas con Nutella. Estaba sentado sobre la alfombra, leyendo las noticias en Twitter. Me echó un vistazo y su carcajada llenó el salón.

—¿Qué pasa? —refunfuñé.

—Mi ropa te queda enorme.

—Supongo que eso es bueno —repliqué examinándome la sudadera negra, cuyos puños me cubrían los dedos. El pantalón de pijama de cuadros no se quedaba atrás; había ajustado la goma de la cinturilla elástica, pero el dobladillo se arremolinaba alrededor de los pies—. Mucha tela, poca piel.

—Vamos, come algo.

Desayunamos envueltos por las canciones que habíamos mencionado en la playa: Njosnavelin, de Sigur Ros; Latch, de Sam Smith; Queendom, de Aurora, y varias de Sufjan Stevens.

—Quiero que hagas una cosa por mí —me pidió al recoger las tazas.

—Claro. Lo que sea.

No supe dónde me estaba metiendo hasta que acabamos de fregar y me miró a los ojos, muy serio.

—Vuelve a tocar, Atena.

—Joel...

—Tú me has ayudado, quiero hacer lo mismo. —Me sostuvo el rostro entre las manos—. Por favor. Sé valiente conmigo.

Asentí en silencio, nerviosa mientras lo veía entrar en su dormitorio y salir de él con mi estuche. Lo abrió, exhalé un suspiro y avancé hacia el violín.

—¿Puedes tocar con los ojos cerrados? —preguntó al verme acariciar la madera de la caja de resonancia con la punta de los dedos.

—¿Por algún motivo en especial?

Sus mejillas se ruborizaron ligeramente.

—Confía en mí.

Oí sus pasos alejarse. Me había dejado a solas con las primeras notas de la Sonata en sol menor, de Händel. Pude haberme marchado o aprovechar su ausencia para echarme atrás. Sin embargo, me quedé. Bajé los párpados y seguí tocando a ciegas.

Perdí la noción del tiempo y mi reloj lo compusieron pulsaciones, las yemas de la mano izquierda ardiendo contra las cuerdas, las zapatillas de Joel deambulando por la estancia y un sonido de papeles que me inquietaba.

—Ábrelos despacio —murmuró detrás de mí, percibí su respiración en mi nuca y mis palpitaciones en la garganta.

Cuando abrí los ojos, se me escapó una risa cantarina, un hilo de voz frágil que ondeó unos segundos hasta extinguirse con una bocanada de sorpresa. Ante mí tenía una panorámica sin igual del interior del Liceo, impresa en folios verticales que vestían las paredes del salón de Joel. Me hallaba entre butacas de terciopelo carmín y lustrosas lámparas de araña.

—¿Qué es esto?

—Tu sueño un poco más cerca.

—¿Por qué has...?

—Dicen que hay que visualizar los objetivos para conseguirlos. Aquí tienes el tuyo.

—Un sueño irreal —puntualicé.

—Puede que complicado, pero una chica me aseguró que estamos condenados a perseguir los sueños hasta agotar cada posibilidad existente.

Y, después de eso, si no se cumplen, las ganas nos darán alas. Pensé que

debía recordárselo, por si lo estaba olvidando. Mi plan era empapelar el aula de música del instituto...

—No hagas estas cosas —imploré con un hilo de voz.

—Lo mereces. No te rindas. Atena, tienes talento y...

—Conseguirás que me enamore de ti.

Era mentira. Ya lo había hecho, mucho antes. Quizá el amor sea un cúmulo de gotas y nosotros ya habíamos coleccionado un mar. Con su oleaje calmado, burbujas blanquecinas lamiendo la orilla y seísmos capaces de alterar las profundidades del océano. Quizá, por eso, sus ojos me observaron más aguamarina que nunca, llenos de esperanza y convicción.

—El amor no se consigue. Ni se elige. Ni se fuerza. Sucede y no queda más remedio que sentirlo —recitó haciendo danzar las palabras.

Mi corazón se aturulló ante aquella declaración y quise besarle.

Lo hice, pero solo con las notas, al fregar el arco contra las cuerdas, como si pudiera llenar a Joel de música.

Aquel fin de semana fue diferente a la primera vez que había estado en su ático. Sin lágrimas ni opresión, solo un bienestar que se expandía por nuestro organismo como un opiáceo que inhalábamos del aire.

No tuvo que rogarme mucho para que siguiera tocando, añoraba el violín y volver a sostenerlo me recordó que lo necesitaba tanto para ser feliz como para librarme del dolor. Ignoramos apuntes y libros, y nos centramos en las partituras que Joel imprimió para comprobar si podía leer cualquier pentagrama. Acepté el reto y me sorprendí cuando me dijo que acababa de hacer un examen de acceso al Conservatorio.

Yo también disfruté añadiéndole piezas al enigmático chico que se escondía en un traje y formalismos. Pese a haber ampliado sus lecturas, la mayoría de tomos de las estanterías seguían siendo ejemplares de diseño gráfico. No removía el café antes de bebérselo y se lavaba los dientes inmediatamente después, aunque a media mañana sucumbiese a una pieza de fruta o restos de pan del día anterior. Solo tenía yogures de macedonia y guardaba el agua en la nevera durante todo el año.

—¿Preparamos bocatas? —propuse entrado el mediodía.

Ninguno de los dos era especialmente habilidoso entre fogones, así que consultamos recetas sencillas en Google.

—Bocatas elegantes —sentenció sacando una fuente de cristal.

Hicimos un pastel de atún con pan de molde, huevo duro, tomate y mayonesa, y lo acompañamos de ensalada.

—Estás derramando el vinagre —le indiqué—. ¿Por qué no te pones las gafas?

—Porque no las... —Se detuvo y rectificó—. Voy a por ellas.

Acomodados en el sofá, atesoré las sensaciones que sentía a su lado: la electricidad, esa tensión familiar que me irritaba y a la vez me aportaba paz, la complicidad que surgía de manera espontánea.

Joel no resistía la tentación de hundir un dedo para llevarse los excesos de salsa de una esquina de la fuente, y yo negaba con la cabeza mientras se chupaba el índice como un niño. Me sirvió el trozo más grande de pastel y encendió el portátil. Vimos varios capítulos de Friends; él sin forzar la vista, yo riendo cada vez que Phoebe, Joey o Chandler aparecían en escena.

A las siete, me llevó en coche a casa y subí las escaleras con el violín cargado a la espalda. Volvía a la realidad, pero había recuperado un sueño.

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