Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 58 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 55

Joel

«Joel, hay que seguir adelante sin mirar demasiado por los retrovisores», solía decir mi padre.

Aquel jueves, perdiéndome por las calles concurridas del centro, atesoré su consejo y prometí rescatarlo a diario. Estar presente, relegar las preocupaciones para mis charlas nocturnas con la almohada, centrarme en el ahora y aligerar el peso que cargaba en la espalda.

Una ráfaga helada de aire me acarició las mejillas y el cuello. Había olvidado la bufanda en casa y sonreí ante mi despiste. Me gustó renunciar al control y relajarme, dejar de ser el Joel precavido con una alternativa para cada plan fallido. Ese día iba a cederle las riendas al azar.

Me subí un poco más la cremallera de la chaqueta de cuero antes de frotarme las manos para entrar en calor y, siguiendo las directrices de la agenda de Atena, entré en una librería de Pau Claris para comprar varios libros a ciegas. Sin leer sus sinopsis ni cerrarme en banda a un solo género.

El resultado fueron tres lecturas inesperadas que nada tenían que ver entre sí. París era una fiesta, de Ernest Hemingway; Ocho noches blancas, de André Aciman; y Primera memoria, de Ana María Matute. Quizá no esperar nada los ensalzase, quizá hallarme en aquellas letras me sedujese.

Quizá leer sea eso, admitir lo que no dirías en voz alta, reflejarte en personajes que adoras y detestas, volverte más empático a través de ficciones que podrían relatar tu vida. La frase «no leemos a otros: nos leemos en ellos», que había visto una mañana en Twitter, cobró sentido.

Semanas más tarde volvería a la librería para añadir un par de títulos a mi colección, adquiriendo además algunos ejemplares para la biblioteca del instituto. Juveniles, contemporáneos, poesía, teatro, novela ilustrada, poco

importaba. Tras haber echado un vistazo a los tomos polvorientos que ocupaban las estanterías del Valancós, no me sorprendió que los alumnos huyesen de los clásicos. Nadie incentivaba a aquellos chavales a sumergirse en páginas que, de primeras, se les antojaban densas y repletas de lenguaje culto con florituras.

Opté por ir más allá y propuse un juego para bachillerato: inspeccionar la biblioteca en busca de postales de obras de arte que había escondido dentro de libros. Santa María del Mar en Nada, de Carmen Laforet; el imponente Palacio de Versalles en El jardinero del Rey, de Frédéric Richaud; y frescos de la Capilla Sixtina en Ángeles o demonios, de Dan Brown.

Dídac, que resultó ser el que más estampas encontró, recibió su recompensa con una sonrisa de oreja a oreja: entradas para una exposición de fotografía. Un nuevo aliciente para salir de la rutina y hacer algo distinto a ir a clase, regresar a casa, estudiar y vuelta a empezar.

Así, pese a las muecas de desaprobación del director al enterarse de que perdía horas de temario sacando a los alumnos del aula, fue como invité a los chicos a pasar las páginas de obras que acabaron leyendo por accidente. Y superé unas semanas más siendo mentor, creyendo en algo sin creer en mí mismo. Así, animado por Atena. Gracias a ella.

Por eso, cuando el timbre del ático sonó, abrí la puerta y hallé el estuche de su violín sobre mi felpudo, me estremecí. Sentí pura contradicción. Orgullo de que me confiase un objeto tan valioso, cólera de que se despojase de su propio anhelo, impotencia al no poder hacer nada para sacarla del agujero que se tragaba sus sueños.

Caminé decidido hasta mi dormitorio, saqué el instrumento de su cobijo y lo coloqué sobre las mantas de mi cama. Quise tocarlo, arrancarle sonidos que me hablasen de ella. Que la madera no me devolviese mi reflejo, sino el de Atena. Que su arco me contase los secretos de la chica de ojos verdes. ¿Se había rendido? ¿Iba a ser temporal o una decisión irrevocable? ¿Se dormía tarareando canciones?

Supongo que eso era lo que pretendía averiguar haciendo vibrar una cuerda con la yema de los dedos. La nota perezosa y desafinada que rompió el silencio de la habitación me decepcionó. Tenía el corazón de Atena entre

mis manos y la percibía lejos. Más lejos que nunca.

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