Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 36
Joel
El día 31 me levanté echando de menos a mi padre. A los botecitos de uvas peladas que solía comprar en el supermercado para celebrar las campanadas. A los domingos de café con ensaimada y a los monosílabos matinales que ni Irina ni mamá comprendían porque ellas amanecían con la energía que nosotros alcanzábamos a media tarde. A los abrazos cómplices cuando Messi marcaba un gol épico, y a esas madrugadas en las que yo volvía de fiesta y él me obligaba a beber agua para paliar la resaca de la mañana siguiente.
Pero, por encima de todo, añoraba su honestidad afilada, la forma en la que me reñía cuando era un niño y mi madre no se atrevía a alzarme la voz por si lloraba. Sus «ven aquí, chico, vamos a tener una conversación de adultos» cuando el instituto me desmotivaba y sentía que ninguna de las asignaturas me aportaría algo útil para la vida real.
Las aulas se me antojaban un decorado, un simulacro mal planificado en el que nadie tenía en cuenta las necesidades individuales, y el éxito o el fracaso se medían con números subjetivos. ¿Qué separaba un seis de un siete? ¿Cuántas horas diferenciaban al cuatro y medio del cinco? ¿Por qué los nueves y medio no llegaban al excelente?
De todas las materias que di en la ESO, solo Dibujo Técnico y Educación Física me gustaron. La primera se me daba bien por instinto; la segunda me servía para correr, jugar al baloncesto con mis compañeros y desconectar.
—Joel, vamos a dar una vuelta —insistió mi padre una tarde de verano, poco antes de que empezase primero de bachillerato.
Nos metimos en el coche y dejamos que la discografía de Bruce Springsteen sonase rumbo al mirador de los aviones del Prat de Llobregat.
El sol de las cinco nos pellizcaba la piel a través de la manga corta y los pantalones por las rodillas. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra para otear el firmamento con las gafas de sol puestas, y coleccionamos aviones con la mirada.
—¿Qué querrás hacer dentro de dos años? —inquirió mi padre por encima del rumor de un aterrizaje.
—Ni idea, todavía falta mucho. —Me encogí de hombros.
—Es importante que lo descubras. Sin un destino claro, solo damos tumbos.
—Iré a la universidad —contesté sin demasiada convicción, fijando la vista en el cartel informativo sobre los tipos de aviones que se observaban desde aquel lugar.
—¿Estás seguro, Joel?
—No.
—Por qué.
—No valgo para los estudios. —Decirlo en alto me molestó, me costaba admitir mis carencias.
—¿No vales o no te esfuerzas?
—Las dos, creo.
Chasqueó la lengua y sacó un caramelo de menta del bolsillo. Lo liberó del papel con calma mientras ordenaba su discurso.
—En el fracaso también puedes encontrar motivación, hijo.
—No soy como Irina, no se me dan bien las personas ni me apasionan las ciencias.
—Las vocaciones como la de tu hermana no crecen de un día para otro. Hay que escucharlas hasta darte cuenta de que estás dispuesto a sacrificarte por ellas. Yo encontré la mía tarde, pero eso no me impidió disfrutar de la natación como un hobby. Piénsalo, seguro que hay algo a lo que dedicar horas y empeño sin que te suponga dolores de cabeza.
—Me dices eso porque voy a suspender. Soy un negado y pretendes que no me sienta mal cuando pase.
—Justo al contrario. Espero que te des un buen golpe, que caigas de boca contra el asfalto y te levantes con rabia. Eres un pelín orgulloso, Joel, y puedes emplear ese rasgo para ser un vanidoso al que nadie le tose en la cara, o utilizarlo para crecer, mejorar, explotar tus cualidades y convertirte en el mejor. Que no obtengas resultados ahora no significa que tengas que tirar la toalla. Solo es una señal para que te esfuerces. El talento da ventajas, pero no exime a nadie de trabajar duro.
—Sorpresa, papá, no tengo ni talento ni motivación.
—Estupendo, no hagas nada para remediarlo y podrás añadir el fracaso a la ecuación —espetó con una risa irónica.
Le capté. Se valía de la dureza para pellizcar mi ego y para despertar a la bestia.
—No quiero ser un fracasado.
—No lo serás si no te marcas grandes metas. Todo depende de tus aspiraciones.
—¿Cómo puedo aspirar a algo si no sé lo que se me da bien? —rebatí.
—Conócete. ¿Acaso tienes miedo? —me picó—. Busca puestos de trabajo, licenciaturas, módulos, lo que sea que te despierte el alma, y sé valiente. Las decisiones más arriesgadas conllevan recompensas mayores.
No respondí. Lo cierto es que estaba aterrado. Me consideraba inferior, inútil, y ese pavor anulaba mis capacidades. Yo mismo boicoteaba cualquier opción de aprobar al negarme a intentarlo. ¿Para qué iba a memorizar un par de temas si era carne de suspenso? ¿Para qué hacerme ilusiones si los profesores me habían encasillado en el rol de pasivo y no me darían una segunda oportunidad con la que redimirme?
Mi padre aplicó la psicología que nadie le había enseñado para pulsar el interruptor de mi curiosidad e invitarme a explorar, diciéndome lo que no deseaba oír. Hoy sé que sus diálogos mordaces y su sarcasmo escondían el anhelo de hacerme reaccionar. No ansiaba que la cobardía me acorralase contra el acantilado como le había ocurrido a él al aceptar un puesto temporal como mozo de almacén, cargo que ocupó hasta su jubilación.
Encerrado en una nave industrial, trasladando género, soñando con piscinas de cloro y silbatos que marcaban el inicio de una carrera acuática de medalla.
Pero eligió la estabilidad económica por encima de la incertidumbre de ese talento que explotó pasados los quince. Guardó sus ilusiones y mejores marcas en una caja de fotografías en blanco y negro, y nunca mencionó su dolor.
Cuando opté por el diseño gráfico, no me protegió en una urna ni me prometió que sería un camino de rosas. «Tu generación es de las mejor preparadas del país, lucha con uñas y dientes», me aconsejó a mi regreso a casa con la carpeta de la universidad bajo el brazo y la sensación de haber conseguido mi sueño. Aquel día pensaba que el éxito se debía a la validación externa, a la consecución de un objetivo que arañaba con la punta de los dedos.
Qué equivocado estaba. El éxito era el orgullo en los ojos de mi madre, la felicitación de Irina y las palmadas en la espalda de mi padre. Las conversaciones con Eloi sobre los trayectos que compartiríamos en tren. El primer menú que comí solo en una cafetería y me hizo sentir adulto. Nada de resultados ni exámenes, solo instantes en los que la satisfacción personal fue la protagonista.
A medida que las derrotas posteriores oscurecieron el sendero, olvidé que no necesitaba ganar. Que ya lo había hecho. No rindiéndome.
Intentándolo hasta que lo improbable sucede.
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