Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 56
Atena
Alguien carraspeó repetidamente a la salida de clase. Me detuve en mitad del pasillo, segura de que mis compañeros se habían marchado hacía cinco o diez minutos. Como de costumbre, me quedaba rezagada en el asiento y perdía la noción del tiempo hasta que oía los pasos del director.
Ese mediodía nadie había subido al aula de bachillerato para instarme a volver a casa. Eran las tres menos veinte y seguía allí, deambulando por los pasillos, sopesando la idea de ocupar mi pupitre de nuevo y dejar pasar las horas.
—Eh, tú. —Una voz pausada me llamó.
Al girarme, Dídac me observaba con ojos precavidos y los labios fruncidos en una línea temblorosa. Se pasó una mano por la cabeza y revolvió las ondulaciones doradas que le cubrían la frente. Estaba nervioso.
—Hola —saludé.
—Tienes una cara horrible. Ojeras de mapache y el pelo hecho un desastre. —Apuntó con el índice a mi trenza medio deshecha.
—Gracias. —Resoplé apretando el asa derecha de la mochila, furiosa.
Llevábamos semanas sin hablar y eso era lo primero que me decía.
Que mi aspecto daba pena. ¿Acaso era relevante? Cuando tus planes se desmoronan, hay espejos más importantes en los que mirarse que aquellos que devuelven un reflejo.
—¿Haces algo esta tarde? —Dio un paso al frente y caminó a mi lado.
—Repasar para el parcial de Literatura —dije con poco entusiasmo.
—Quiero que vengas conmigo al teatro.
Paré en seco y le barrí con la mirada, frunciéndole el ceño a su chándal de dónuts bañados en glaseado de tonos pastel. Noté una punzada en el pecho, esa que me recordaba las jornadas en la biblioteca, los recreos sentados en las rocas hablando de planes de futuro y el fin de año escuchando música de su auricular, como si fuera el fin del mundo.
—Yo... —Quise hilar una excusa.
—Las entradas están pagadas, Atena. Y no tengo muchos amigos a los que invitar. —Me dedicó una sonrisa ladeada.
—¿Amigos?
—Es lo que somos tú y yo, ¿no? —Tiñó la afirmación de inocencia.
—Pensaba que ya no.
—Los amigos también se pelean. Y cometen errores.
—Lo siento.
—Lo decía por mí. Fui un idiota, no tienes la culpa de que Sam... De que no sea gay. Solo intentabas protegerme.
—Dídac, sé que te molestó que no fuera sincera. Te hice daño por ocultarte algo que podría herirte más. Y fue peor.
—Si hablamos de sinceridad, déjame que te pare los pies. ¿Cuántos años he tardado en salir del armario? Debería ser más considerado con el tiempo que necesita cada uno para tomar decisiones.
—Pero tenías razón —insistí.
—Todos la tenemos si solo observamos desde nuestro punto de vista.
¿Qué pesa más, un primer amor fracasado o una amistad?
Fue inevitable, pensé en Isolda.
—Vales oro.
—En realidad estoy siendo egoísta, Atena. Punto número uno: aprovecho la excusa para que me acompañes al teatro. Punto número dos: mi existencia es bastante sosa sin ti. Como una peli muda o un vídeo de YouTube que silencian para no pagar los derechos de copyright. Eres música de la buena, de esos discos llenos de temazos, sin ninguno de relleno que quieras pasar.
—Tiene que ser una obra pésima para que me halagues tanto —ironicé con una sonrisa.
—Ni idea, la elegí por el título —respondió manteniendo vivo el enigma.
—¿Reniegas del azar?
—La democracia aleatoria solo tiene gracia si hay dos, rubia.
«Recuerdos y remordimientos» nos amenizó la tarde con diálogos emotivos y una puesta en escena sobria, sin música ambiental. El monólogo del protagonista, sentado en un lateral, narraba sus vivencias mientras los actores secundarios las escenificaban sin que él pudiera participar.
—Ha sido intenso —opinó Dídac a la salida, su mirada acuosa le delataba.
—Una patada al estómago —coincidí. Un aviso de que todos tenemos un pasado del que nos gustaría modificar algo, pero los viajes hacia atrás solo son con la memoria.
Para levantar los ánimos, nos sentamos en una cafetería y hundimos nubes marshmallows en tazas de chocolate caliente. Cuando me negué a coger el metro para volver a casa y le pedí que fuéramos a pie, quise contárselo. Los problemas con mi padre, la boda de Tanit y mi adiós a la música. Lo vomité sin cavilar las consecuencias, con Dídac resultaba sencillo, era como si el cronómetro se hubiera detenido antes de la pelea y volviera a ponerse en marcha para continuar donde lo habíamos dejado.
Al llegar al barrio, nos sentamos en los columpios del parque de ruedas y proseguimos con la conversación.
—Y yo pensando que estaba jodido por lo de Sam. —Le quitó hierro al asunto.
—El drama está en todas partes.
—Creo que es un error que dejes de tocar —dijo muy serio.
Inspiré hondo.
—La decisión está tomada.
—La música es tu salvación, no puedes dejarla. —Se balanceó sujeto a las cadenas—. Tanit no va a volver y, si lo hace, ¿querrías irte a vivir con ella? Lo dudo mucho. Respecto a tu padre, está jodido, Atena, y no mereces que se cargue tus sueños. Necesita un tipo de ayuda que no puedes darle.
Viviréis bajo el mismo techo unos años, pero no le rescatarás eternamente a menos que él ponga de su parte. Y para salir de ese lío, tienes que seguir tocando, ser la mejor y decir que sí a cada cosa increíble que la música te dé.
—No soy tan buena, y pocos viven de la música.
—Puedes dar clase, o quizá termines recorriendo Europa de gira como prometían las cartas del tarot.
—Solo si tú ganas el Oscar.
—Rubia, nací con el discurso bajo el brazo. —Estiró una mano hasta sujetar la mía y entrelazar nuestros dedos—. Volverás a tocar, estoy seguro.
Solo te has separado del violín como hemos hecho tú y yo. Una temporada sin hablaros y seréis íntimos otra vez.
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