Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 19
Atena
La pantalla del móvil se encendió para informarme de que la batería estaba completa. Desconecté el teléfono del cargador y lo metí en la pequeña mochila negra de polipiel. Di una vuelta por la habitación para recoger las partituras que había esparcido sobre el edredón y guardé el violín antes de salir de la estancia.
Volví atrás cuando estaba cruzando el pasillo para rescatar la cazadora vaquera del colgador y me la llevé conmigo, pese a intuir que terminaría anudándomela a la cintura. A falta de escasos días para empezar octubre, el verano se negaba a dar paso a la nueva estación y las prendas de manga corta seguían siendo un requisito indispensable para no recurrir a abanicos o al refugio de recintos con aire acondicionado.
Eché un vistazo rápido a Google Maps antes de cerrar la aplicación sin decantarme por una ruta concreta. Comencé a andar, me puse los auriculares y Arrival of the Birds, de la banda sonora de La teoría del todo, acompañó mis pasos mientras abría Instagram.
Usuario: @atenabeltranarte. Contraseña: fundamentos.
No imaginaba que algo tan sencillo podría desencadenar las primeras nubes en un firmamento que, desde sus inicios, estaba condenado a deshacerse en tempestad. Pero a veces, aunque augures que no va a salir bien, tienes que intentarlo para abrir los ojos por ti mismo, darte de bruces con la realidad y seguir adelante.
Y eso hice, chocar contra cada muro hasta percatarme de que no había salida ni rendija por la que colarme.
Aquella tarde de lunes empecé deambulando por la Fundación Antoni Tàpies, la Casa Batlló, La Pedrera y la basílica de Santa María del Mar, hasta que acabé frente a la catedral. Ese día no sentí música y me resistí a contemplar la entrada del Liceo. Me entregué a la necesidad de retratar los ángulos de aquella formidable fachada y en cada clic de la cámara del móvil, nos dibujé mentalmente.
A Joel y a mí sentados, hablando de todo y de nada, semanas atrás.
Una segunda cita imaginaria con sabor a crepes salados y gofres de piruleta.
Las dos torres de la catedral envueltas por trazos violáceos y fucsias del cielo.
La sombra que se proyectaba en la acera y cubría a los transeúntes, entre los cuales podríamos pasar desapercibidos, siendo solo un chico y una chica.
La diminuta pantalla de una cámara que encuadraba los arabescos frontales que incendiarían su mirada azul al comentarlos más tarde, en clase...
Esa noche, después de cenar una tortilla francesa y un puñado de cereales de miel, recostada en el cabezal de mi cama, compartí la primera fotografía. Un plano detalle de la entrada de la catedral, acompañado de un breve texto sobre las fases de su construcción y elementos interiores, como los arcos apuntados, las vidrieras y las bóvedas de crucería.
El martes me centré en las imágenes del claustro, y relaté las dos leyendas que giraban en torno a las trece ocas blancas. La primera sostenía que el guardián de las obras vivía con ellas, y fueron sus graznidos los que impidieron el robo de unos ladrones que merodearon por las inmediaciones en sus inicios. La segunda hacía referencia al castigo que recibió Santa Eulalia, trece martirios, uno por cada año que tenía, tras negarse a renunciar a la fe cristiana.
El miércoles publiqué acerca de la ballesta grabada en la parte trasera de la capilla de San Benet.
El jueves le cedí el protagonismo a las ciento sesenta gárgolas que ayudaban a expulsar el agua de la lluvia para que esta no desgastase la piedra de las paredes, aunque los más supersticiosos aseguraban que
aquellas figuras grotescas ahuyentaban la maldad.
El viernes hablé de las campanas con nombre de mujer.
El sábado ahondé en las teorías del caracol esculpido en una de las torres del campanario. Y en el unicornio, el elefante y el toro.
Añadí el enlace de la canción que escuchaba al capturar la instantánea y sonreí al haber conseguido un trabajo personal, sin recurrir a la evidencia del Liceo.
El domingo Joel valoró mis aportaciones de esa semana y el lunes, al finalizar la clase, me entregó un folio con los comentarios. O, mejor dicho, la frase que me retorció por dentro: «Lo que no sucede no nos define, hay cosas que es mejor dejar atrás».
La angustia se apoderó de mi garganta y noté el escozor, la punzada en las entrañas y una rabia inusitada.
Me quedé en la superficie. En el rechazo, el «no» que dibujaba en conversaciones, miradas gélidas durante la clase y el tono seco al leer mi nombre en la lista de asistencia.
No comprendí que me estaba lanzando un mensaje más importante: si solo te encuentras en otra persona, es que no te has buscado lo suficiente.
Mi primer suspenso del curso me llevó a detestar a Joel y a borrar cada una de las fotografías de la catedral que había en la galería de mi móvil, pero el anhelo siguió ahí. Y cuanto más se empeñaba él en evitar nuestras interacciones, más claro me quedaba que sentía la misma curiosidad que yo por averiguar qué podríamos haber sido en otras circunstancias.
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