Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 50 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 47

Atena

No me enamoré de Joel cuando me mandó su dirección en un mensaje de texto. Tuve tiempo en los veinte minutos de viaje en autobús, abrazada a la mochila en la que metí el cepillo de dientes, una camiseta de recambio y las llaves, pero dediqué cada kilómetro a vaciar la cabeza, con la mirada perdida en el paisaje borroso que el vehículo dejaba atrás.

Dibujé círculos en el cristal empañado por el vaho de mi respiración, y bajé antes de percatarme de que había trazado las cinco líneas de un pentagrama y estaba componiendo sobre aquella ventanilla sucia de polvo y gotas secas.

Tampoco me enamoré de él cuando abrió la puerta de la buhardilla y me invitó a pasar. No, entonces solo me sentí entre dos mundos, sin decantarme por ninguno. Adrenalina y aflicción. Alivio y culpabilidad.

Si cierro los ojos y contengo el aire, todavía se me encoge el corazón al evocar lo próximos que estábamos en el recibidor, sopesando la posibilidad de alargar el brazo y hundir las yemas de mis dedos en su cabello alborotado. Pero lo que provocó la detonación no fueron su celeste encendido por la tenue lámpara del techo o el contundente «pasa» que salió de su garganta e impactó en mis oídos, regalándome dos semifusas por cada sílaba.

Permanecí callada, recuperando el aliento tras haber subido andando, como si tuviera que ganarme el privilegio de estar allí. La informalidad de Joel me trastocó. Nada de los habituales uniformes de camisa y traje. Vestía una sudadera azul marino, unos vaqueros desteñidos que habrían horrorizado al director y las zapatillas de estar por casa desgastadas, con el escudo del Barça en la parte delantera.

Paseó sus pupilas por mí, tratando de descifrar los enigmas que nos habían juntado en una estancia fuera del instituto, y sucedió.

Ni magia, un arrebato de pasión o un discurso empalagoso que tatuarme sobre la piel. Lo hizo con una simple mirada, honesta e hipnótica, afable y benévola. Ahí me enamoré. En un parpadeo, una inspección tan magnética como la que me había dedicado al tocar en plena calle meses atrás.

No se lo dije, pero desde ese instante, le querría más que a nadie en mis dieciocho años. Porque desterró la pena, le echó el cerrojo a nuestras edades y simplemente me acunó en su pecho. Como a una igual.

Preocupado. Comprensivo. Expectante por si deseaba contarle la causa de mis lágrimas, comprendiendo que quizá necesitaba espacio o solo unos brazos que me sujetasen mientras temblaba.

No quería explicarle nada de lo que ocurría en casa para que las sombras de la bebida y la ausencia de Tanit no se proyectasen en mí. Ni tampoco hablar de mi renuncia al violín o de lo mucho que me preocupaba que se nos acabase el dinero y mi padre no encontrase —ni buscase— un empleo. Y, pese al miedo, lo hice.

El diálogo brotó fácil. Le hablé de lo que no le había admitido a nadie, ni siquiera a mí misma: del respeto que le tenía al paso del tiempo, de lo aterrador que me resultaba distanciarme de Víctor, de cómo deseaba liquidar el apego que le tenía a Tanit para volar libre.

Le expliqué que me hacía pequeña comportándome como una adulta, que añoraba ser la cría despreocupada que contemplaba el contorno de las nubes desde el parque de ruedas y no se preocupaba por temas sustanciales.

—¿Es que alguna vez has sido una mocosa inmadura? —me preguntó frunciendo el ceño, desde el otro lado del sofá—. Tengo la impresión de que ahí dentro siempre ha habido una persona bastante coherente.

—Eso creía —asentí—, pero no me ha llevado muy lejos.

—Hay cosas que escapan de nuestro control, no te tortures.

—¿Lo dice el chico inconformista? —puntualicé.

—Estoy aprendiendo a adaptarme, y tú también lo harás.

—Me he tomado la licencia de darte ciertos consejos que ahora pongo en duda —admití, desanimada.

—A qué te refieres.

—¿Alguna vez has oído la frase «el único pez que nada contra la corriente es el que está muerto»? Pues eso es lo que hacemos al resignarnos, quitarle probabilidades a los sueños para que se cumplan.

—Lo verás todo diferente.

—¿Cuándo? —Necesitaba una fecha a la que aferrarme.

—No lo sé, mañana. O en un mes. Puede que en un año. Pero pasará y despertarás en otro sitio, uno más optimista.

—¿Tú eres feliz? Al dar clase y pensar en lo que te gustaba hacer, pero que ya no forma parte de tu vida.

—A veces creo que lo soy. Otras, me siento un miserable que no hará nada con su vida. La felicidad no es constante. —Se pasó el índice por el mentón—. El truco está en bajar la barrera de las expectativas y esperar menos, contentarse con los detalles.

—¿Eso no es triste?

—Es el único modo de mantenerse a flote.

—Prefiero engañarme —susurré—, esquivar pensamientos y confiar en que los espejismos son reales.

—Pero en el fondo eres consciente de todo. —Alzó una ceja.

Asentí y me alegré de que Joel se diera cuenta.

Mi vida era un Pollock caótico sobre el que intentaba esbozar un cuadro impresionista que emulase la perfección, con elementos formales delimitados, pigmentos conservadores y una función meramente decorativa.

Estaba exhausta de fingir, de cubrir carencias y enmendar errores. De renunciar a lo que me hacía palpitar.

—Siento impotencia de que las cosas no sean más sencillas para ti, Atena. —Expulsó una bocanada de aire profunda y redujo unos centímetros los palmos que nos separaban en el sofá. Flexionó las rodillas, contenido, antes de estirarlas para relajar su postura—. La mayoría no nacemos con una vocación y tú... la llevas dentro. Y, aun así, te ves obligada a aparcarla.

—Lo hago, la empujo a un lado, pero sigue volviendo. —La verdad escoció en mi paladar—. La oigo cada día.

—Estás condenada a perseguir tu sueño hasta agotar cada posibilidad existente —recitó con una mueca nostálgica—. Después de eso, las ganas te darán alas.

—Tienes buena memoria.

—Y tú, buenas sugerencias para los escépticos. —Me guiñó un ojo.

Mi cuerpo, de pies a cabeza, se estremeció. No por el gesto, sino por la complicidad. Quise ir más allá, traspasar la cinta amarilla que rodeaba el perímetro del crimen, tirar de los extremos para apretar el nudo hasta rasgar el material, abrirnos en canal y explorar.

—Una moneda por tus pensamientos —indagué—. ¿No es eso lo que dicen en las pelis?

—Está bien —sopesó—. Pensaba en que somos más similares de lo que creía.

—¿Tanto has tardado en verlo? —espeté con una pizca de suspicacia.

—No quería hacerlo.

Me dio su opinión: en la carrera de la vida, mi mente iba varias vueltas por delante de mi cuerpo. En cambio, su reloj de arena se había atascado en algún momento, congelando sus años en una temporada de crisis y listas de propósitos ya caducados. Si calculaba con rigor, seguía teniendo veintidós, acababa de licenciarse y aspiraba a ser el becario más joven y prometedor en pasar a la plantilla de una empresa puntera en comunicación.

Después se sinceró sobre el presente: se estaba amoldando a ser profesor y su rutina iba a tambalearse si no le renovaban el contrato para el siguiente curso. A su vez, contaba las semanas para dejar esa etapa atrás y volver a intentarlo como diseñador. Una contradicción enorme, el dilema que le oprimía cuando parecía irle bien.

Lo vi igual que en las escaleras de la catedral, sin protección ni filtros.

De textura rugosa y vértices desgastados. Real, como a mí me gustaba.

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