Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 48 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 45

Atena

«He perdido la cabeza», pensé metiendo la llave en la cerradura de casa.

Anotar mi móvil en un examen en blanco era un impulso desmesurado, incluso tratándose de mí. Pero quizá, dadas las circunstancias, podía justificarlo. Estaba agotada.

De subir las escaleras sin detenerme a recobrar el aliento.

De inspeccionar una pantalla en la que no había notificaciones de mi madre ni de mi mejor amiga.

De los silencios de Dídac. De las sonrisas de Sam.

De discutir con mi padre, de los días que pasaba bebiendo y las noches llorando. De los golpes que se daba al despertar, de los golpes que daba los escasos minutos en los que recuperaba la conciencia y recordaba por qué se comportaba así. Como un degenerado, un borracho cuya enfermedad consumía al hombre de familia que amanecía rodeado de latas, al que había condensado su mundo en una persona y repudiaba al resto. Y el resto era yo, la única que quedaba en pie, el apunte constante de lo que había perdido. Supongo que, de un modo retorcido, no veía a su hija en mí, sino a su final feliz hecho pedazos afilados.

Víctor ya no era él. O lo era más que nunca y se había despojado de la armadura que blindaba su humanidad.

Meses atrás había creído que las cosas cambiarían, que el tiempo lo pondría todo en su lugar y mi padre reharía su vida, que sustituiría a su exmujer por una divorciada de su edad con la que planificar cenas románticas y desgastar neumáticos en escapadas de fin de semana.

Imaginaba que sería tan sencillo como pintar las paredes de otro color y redecorar el piso con muebles de Ikea. No esperaba que costase tanto, que hubiese que pagar el precio de cada paso adelante con punzadas de dolor.

Acumulábamos pelea tras pelea, y nuestra convivencia se componía de pugnas sin motivo alguno, por el simple placer de gritarle al universo lo incómodos y apretados que estábamos compartiendo un espacio asfixiante.

Aquella tarde, al entrar en el piso, no escuché nada. Ni ronquidos, insultos o lloriqueos. Tampoco la molesta tos que me informaba de cuándo Víctor se atragantaba con su propia saliva. La espalda de mi padre seguía dibujada en los cojines del sofá y la huella de sus palmas se había secado en el suelo, sobre gotas de cerveza.

Seguí el rastro hasta su dormitorio y la quietud aceleró mis pulsaciones.

Lo medité y el eco de mis propios pensamientos me asustó. ¿Estaría bien? ¿Habría rebasado el límite de tolerancia al alcohol? ¿Habría...? No, me convencí cruzando el umbral de su habitación y esquivando las latas.

El hedor a cerrado y sudor me obligó a retroceder. Tardé en acostumbrarme a la oscuridad, las persianas estaban medio bajadas y la penumbra bañaba el cuarto. La cama de matrimonio era una anarquía de mantas enredadas que apenas le cubrían medio cuerpo. Le oí quejarse entre sueños y avancé para arroparle antes de arrepentirme. Frené el movimiento y me mordí el labio tan fuerte que el sabor a sangre inundó mi boca.

Si él no era mi padre, yo no quería ser su hija. Ni preocuparme o albergar cualquier tipo de sentimiento. Deseaba ser hermética e inquebrantable. Independiente. Una fortaleza a la que él jamás tendría acceso. Mía en lo bueno. Mía en lo malo.

—Si me quisieras, aunque fuera un poco, lo soportaría —le susurré.

Él rodó hacia la derecha y, al percibir que no se hallaba solo, se frotó los ojos con brusquedad antes de sentarse y tambalearse de manera cómica.

Aterrizó sobre la almohada y gruñó llevándose una mano al pelo grasiento para apartárselo de la frente. Las ojeras le cubrían el inicio de los pómulos y su mirada estaba repleta de desdén y legañas pegadas a los párpados.

Demacrado, viejo, extenuado.

—¿Qué haces? —refunfuñó.

—Asegurarme de que estás bien. —«De que no estás muerto». Me di cuenta de que podía suceder y no habría nada que pudiera hacer para impedirlo. Ni fregar, preparar la cena o ventilar la casa.

—¿Bien? —Sonó a chiste.

—Yo... —Bajé la vista y me encogí de hombros.

—Vete con ella —masculló—. Vete y no vuelvas.

—¿Eso es lo que quieres? —Temblé.

—Quiero que desaparezcáis. —Golpeó el colchón—. Esa bruja... Tú...

Todo.

Sentí el arañazo. Las vísceras arder. El ácido derritiendo la carne.

—Papá. —Traté de sacarlo del agujero, tirar de sus muñecas y atraerlo a la luz.

—No quiero verte, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —clamó alterado, con rencor.

Es curioso, la mente nos juega malas pasadas y evoca imágenes que no debería en los contextos menos favorables. Como la complicidad de padre e hija sentados en el salón un verano cualquiera, pintándole bigotes a los personajes de las revistas del corazón que compraba Tanit. Como los trayectos en coche hablando de música, aunque él no entendiese nada de solfeo ni yo conociese a los grupos antiguos que mencionaba. O como su manía de agarrarme la mano y pasarla por su barba para que me retorciese de cosquillas. Eran buenos recuerdos, pero me dieron un puñetazo en el vientre y ansié desterrarlos para siempre. Porque lo que no va a repetirse es una herida que jamás deja de supurar.

Reconocí mi derrota y di media vuelta para marcharme. Fui lenta, no advertí lo que pasaría después. Víctor cogió una lata arrugada de la alfombra y rio al lanzármela. La primera no acertó y el quicio de la puerta sufrió el impacto, la segunda hizo diana en mi nuca.

No contesté, ni física ni verbalmente. Me sentí humillada, indignada, enfadada. Pero no decepcionada, porque hacía demasiado que no esperaba nada de él. Ni siquiera un comportamiento tan deplorable.

Salí de allí llorando a mares. Corrí hasta el pasillo y pensé en los malos momentos, en que debería haber una tregua, en que no sabía cómo lidiar con aquello y solo me apetecía respirar sin opresión.

No pedía mucho.

Tanto.

Demasiado.

Titubeé sobre qué dirección tomar y mis pies permanecieron anclados a ese limbo de inquietudes. Esperando, por primera vez en la vida, que alguien me rescatase bajando el telón y llevándome al siguiente acto de la tragedia.

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