Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 52
Atena
Isolda me había hablado del hilo rojo y la creencia que existía en la cultura oriental respecto a la conexión entre aquellas personas destinadas a encontrarse. El mito sostenía que el cordón invisible podía tensarse o enredarse, pero jamás romperse.
Yo, como la mayoría de veces en las que me contaba alguna de sus leyendas espirituales, asentí sin prestarle demasiada atención. Hasta la tarde del quince de febrero, cuando la encontré esperándome en el portal con un paquete enorme sobre las rodillas y una sonrisa prudente cruzando sus labios color fucsia.
Se había cortado el pelo por encima del hombro y lucía un flequillo abierto que le cubría las cejas. Estaba preciosa, ni la penumbra del rellano ni el aire alicaído que la envolvía lograban mitigar su belleza.
—Feliz cumpleaños, Atena. —Se levantó apresuradamente para entregarme la bolsa.
Negué con la cabeza y metí la llave en la cerradura.
—Pasa. —La invité al abrir la puerta.
Víctor no estaba. Había salido a buscar trabajo o a por más cerveza.
Quizá a ambas cosas y en ese orden, no me preocupé por averiguarlo. Solté la mochila sobre la cama, enterré la colilla de la incertidumbre en lo más hondo y pasé la suela para que la llama no prendiese.
Isolda se sentó en la esquina de mi colchón y yo ocupé la silla del escritorio, notando cómo las palabras que no decíamos crispaban el ambiente. Jugueteó con la cremallera de la bomber hasta bajarla por completo y dejó a la vista una blusa beis ancha a juego con la falda de crochet que le cubría las rodillas.
—Toma, espero que te quede bien. Cada vez hacen las tallas más pequeñas. —Me tendió de nuevo el paquete.
—Gracias. —Rasgué el papel y descubrí un palabra de honor violeta con flores rosadas cayendo en cascada hasta la cintura, donde diminutas perlas dibujaban un lazo—. Es muy bonito.
—Y, ahora, el regalo real. —Suspiró antes de ofrecerme un sobre morado minúsculo, elaborado por ella misma. En su interior había un cordón rojo. Instintivamente, mis ojos buscaron su muñeca derecha, Isolda llevaba el suyo anudado—. Es para que me perdones. Y para que sepas que no voy a dejar de quererte nunca, aunque te aparte. O me aparte —rectificó.
—Lo entiendo. Es tu primer novio. Pero pensaba que tú y yo éramos de esas amigas inseparables que... —Me detuve.
Existían tantas definiciones de la amistad como individuos en el mundo. Algunos necesitaban verse a diario, compartir cada detalle. Otros tenían suficiente con aparecer cada cierto tiempo, ponerse al día y hacer magia mediante la complicidad, eliminando cualquier vestigio de los meses sin comunicación. Isolda y yo siempre habíamos pertenecido al primer grupo, pero las cosas podían cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Con un beso por las calles de Barcelona. Una lata contra la pared. Una mentira para no hacer daño a un amigo. Una relación que modifica esas dinámicas adquiridas en las que la chica que tienes frente a ti ya no es la primera en mandarte audios cada mañana, no te paga el cine para que la acompañes a ver esa peli romántica de moda ni se enfada contigo porque te niegas a leer los libros cursis que tanto le apasionan.
Todo eso lo hacía ahora junto a otra persona. Resultaba inevitable que me sintiera reemplazada, y ella lo sabía.
—Tienes derecho a estar enfadada —repuso—. Sé que no es excusa, pero ha sido una temporada de cambios para mí. Con la universidad, Marc, asumiendo que pasabas más tiempo con mi hermano que conmigo...
—Porque tú querías, Isolda. ¿Te has parado a pensar en lo que está suponiendo este año para mí? —Soné desesperada—. Estoy atrapada en algo que ya he vivido, un curso condenado al fracaso, mi padre deprimido, mi madre va a casarse, tú tienes tu relación y la carrera... Soy la única que no avanza.
—Siento lo de tu madre. Y siento no haber estado cuando te enteraste.
Vi el arrepentimiento y la culpa en su mirada. Isolda había sido mi clavo, la pieza que me mantenía sujeta, el talismán que ahuyentaba mis pesadillas. Hasta que se cansó de la oscuridad y decidió mecerse a la luz del sol con un chico que la hacía reír y la escuchaba hablar de sus planes de futuro sin ser el palo en la rueda. Esa era la justificación que me había tejido yo sola para rellenar los huecos que quedaron durante su ausencia.
—Te echo de menos, Isolda. —Era verdad, aunque eso no quitaba que odiase aquella certeza. Detestaba ser dependiente, añorar lo que no podía tener, dedicar minutos de mi existencia a gente que no hacía un esfuerzo por estar presente.
—Y yo a ti, Atena. —Suavizó el tono alargando los dedos hasta entrelazarlos con los míos mientras se disculpaba una docena de veces.
Nos abrazamos. Me preguntó por Tanit. Escupí la angustia y redirigí el rencor de mi mejor amiga a mi madre. Después llegó su turno; Isolda, la estudiante ejemplar, detonó una carga de nitrógeno líquido sin avisar.
—Voy a dejar la universidad.
—¿Por qué? Creía que te gustaba la psicología.
—Las asignaturas de la carrera no son lo que esperaba. Temario denso, estadística, conceptos abstractos que no comprendo...
—¿Y las prácticas?
—Nada hasta tercero. Por ahora, solo trabajos en grupo y entregas semanales. Pasan lista, como en el colegio. —Rio con amargura.
—¿Se lo has dicho a tus padres?
—No. —Su semblante se arrugó como una hoja de otoño sobre los adoquines de la calle.
Los Aloy no estaban acostumbrados a las rectificaciones. Ellos eran buenos en su empleo, planeaban vacaciones didácticas sin importarles el precio y ni siquiera habían pedido hipoteca. Pagaron el piso de una vez, al firmar la escritura. Eran un combinado de éxito, talento y poder. Entendía que Isolda tuviese sus recelos a la hora de comunicarles a sus padres que iba a sacarse el grado un año más tarde que sus compañeros. Porque así se lo tomarían, el «me gustaría hacer algo que me llene» se traduciría en un
«he malgastado un semestre».
Lo siguiente que sentí fue egoísta, lo admito, pero soy humana. La conexión con mi mejor amiga se fortaleció. Aquel dilema hacía que su vida perfecta no lo fuera tanto y, en consecuencia, éramos más parecidas.
Recordé una cita de Murakami que había resaltado Román en clase: «Los corazones humanos no se unen solo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad». Era cierto. En mi dormitorio, consciente de que alguien más estaba en apuros, respiré la empatía que se tienen los enfermos en un hospital, me tatué los motivos que unen a ejércitos de diferentes regiones luchando por un objetivo común y apoyé su causa.
Salimos a merendar para distraernos, pedimos zumo de melón con piña y milhojas de crema. Pagó ella. Se sentía mal. Fatal. Y yo llenaba los latidos con charlas superficiales sobre las clases, los trabajos pendientes y la selectividad. Le pedí que me anudase el cordón rojo en la muñeca derecha y confundí amistad con lástima.
Cumplía diecinueve y me sentía enana, más diminuta a cada segundo.
Esa tarde era Benjamin Button y Dr Jekyll y Mr Hyde: antítesis, contención y locura.
Si no echaba a correr —medité—, era por el maldito hilo que me obligaba a permanecer allí, acatando la voluntad de un mito.
OceanofPDF.com