Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 40 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 37

Atena

Me alisé la falda del vestido de gasa blanco y ocupé una esquina del sofá.

Dídac, ataviado con un abrigo de pelo sintético azul marino al más puro estilo de Rihanna, se sentó a mi lado y enlazó nuestros meñiques para insuflarme ánimos.

Estábamos en casa de los Aloy, era fin de año y a mí me parecía el fin del mundo.

Cada metro cuadrado era una oda a las fiestas, con plantas de Navidad, velas doradas engalanando los centros de mesa, manteles de estrellas sobre fondos burdeos y tres árboles: dos diminutos en el recibidor y la cocina; el más lustroso, en el salón.

Le eché un vistazo al reloj del móvil, aunque la cuenta atrás para las doce había empezado en la esquina superior de la televisión y los comentarios sobre la cena resonaban por encima de las actuaciones típicas de los especiales del 31.

—Qué buenos estaban los langostinos.

—Al solomillo le faltaban unos toques de plancha.

—Los chicos han comido poco.

Y, casi por arte de magia, la mesita baja frente a la que nos encontrábamos se colmó de turrón Suchard, bolitas de coco y una bolsa de bombones Lindt de varios sabores.

Eché un vistazo a Isolda, la adicta al chocolate que no habría ignorado semejante festín semanas atrás. Pero esa noche sus ojos brillaban en otra dirección. Estaba imponente con un palabra de honor carmín de pecho tupido y troquelados en cada capa de la falda. Lucía una sonrisa perfilada

por pintalabios rojo intenso y no se separaba ni un centímetro de Marc, que la rodeaba de la cintura y le susurraba mensajes cuyo significado permanecía oculto para los demás.

Dos horas bastaron para modificar la idea preconcebida que había generado de él, la de un muchacho desconsiderado que se interponía entre mi mejor amiga y yo. Muy a mi pesar, aquel chaval era adorable en todos los sentidos: la trataba bien, se había gastado las propinas del mes en el traje negro con el que pretendía causar una buena impresión a los padres de Isolda, y le repetía a su novia lo estupenda que estaba cada vez que ella rechazaba repetir profiteroles con chocolate porque había engordado desde que merendaba gratis en su cafetería.

Marc se interesó por mi música, le preguntó a Dídac por escuelas de arte dramático y tartamudeó cada vez que el padre de mi amiga le preguntó algo. Me percaté de que Isolda se había separado de nosotros en el espacio, pero no mentalmente. Nos había materializado en las conversaciones que tenía con su chico, y me sentí culpable por los celos, por precisar más.

Justo cuando estaba preparada para enterrar el hacha de guerra y acercarme a ella con un comentario cómplice, cambié de idea.

«Mencionarnos está bien, pero la amistad se basa en la inclusión. Las palabras no valen nada sin acciones que las respalden».

Volví a enfadarme.

Pensé en mi madre.

Le mandé un gif felicitándole el año por WhatsApp.

No respondió.

Mi humor viajó a un lugar más ácido y oscuro. Me molesté conmigo misma por ser así, por buscar razones para ofenderme en lugar de reírle las gracias a Dídac o comerme un mazapán mientras criticaba los falsos directos de galas que habían grabado en octubre.

—Toma, Atena. —Úrsula me ofreció un cuenco con doce uvas peladas.

—Gracias —respondí, y me dediqué a quitarles las pepitas.

Oí las campanadas como si fueran una emisora mal sintonizada, y me apresuré a masticar las uvas siguiéndole el ritmo al resto. Al acabar, nos felicitamos el año envueltos por el estallido de petardos proveniente de las

plazas más cercanas, y observamos el baño de color de algunas bengalas al encender el cielo con chispas violáceas y anaranjadas.

Después de eso, nada. Silencio. Ausencia de fulgor. El firmamento se apagó, las bocinas dejaron de sonar y solo quedó la suave fricción de neumáticos sobre el asfalto.

La celebración se disolvió y fue un momento inquietante. Por primera vez desde que tenía uso de razón, se me hizo raro estar con los Aloy. Puede que Isolda pasase el año siguiente en casa de Marc, que Dídac llevase a Sam o a cualquier compañero, y yo seguiría huyendo de mi familia para colarme en otra que nunca me pertenecería.

No podía integrarme y acallar mis temores, porque eso implicaría acostumbrarme a un hogar sano, a un refugio, y llevaba un tiempo sin cobijarme en aquel piso. Habituarme a él para regresar a mis cuatro paredes opresivas solo acentuaría los contrastes.

Me sentí intrusa. Contrariada. Defensora de las causas perdidas. Mi hueco estaba resolviendo el rompecabezas de Joel, sufriendo la soledad de mi padre y detestando la indiferencia de mi madre. Perdiéndome en retrospectivas pesimistas.

—Eh, vuelve —murmuró Dídac.

—Estoy aquí —mentí.

Sus padres se fueron a dormir, Marc e Isolda salieron a la terraza para fundirse en un beso interminable bajo la caricia del viento, y el pequeño de los Aloy y yo nos hundimos entre los cojines, sin prestar atención a la televisión, desenredando los cables de los auriculares.

—Hay segundos eternos y meses que vuelan con un parpadeo —

manifestó empleando un tono grave—. Y a la inversa, pero todos ellos pasan, no importa con qué intensidad los experimentemos. Te lo dice alguien que ha estado siglos encerrado en un armario. —Me guiñó un ojo

—. Así que alegra esa cara y no ensucies el calendario tan pronto, rubia.

—Soy un muermo, lo siento.

Me contempló sin parpadear. No articuló palabra y, de repente, soltó una carcajada cantarina que creció exponencialmente. Era uno de sus juegos favoritos, iniciar un ataque de risa sin avisar, creando descargas de júbilo hasta que su mirada se tornaba acuosa, los hombros danzaban

descontrolados y las agujetas comprimían el estómago. En consecuencia, le correspondías sin medias tintas, forzándolo al principio hasta que tú también vibrabas en aquella celebración sin fundamento. Sustituí mi semblante serio por una mueca despreocupada, cerrando más un párpado que el otro, escupiendo saliva al tratar de mascullar algo mientras Dídac prolongaba la sesión de risoterapia.

—No... puedo... más... —Me abracé la tripa.

—Voy a por agua. —Se tambaleó, todavía con la sonrisa bailándole en los labios, y rescató un vaso medio vacío. O más bien medio lleno, con él todo adquiría un filtro más luminoso—. La música nos mantendrá a flote —

aseguró de vuelta, entrelazándonos con un casco en su oreja y otro en la mía.

—¿Vas a torturarme con electro latino? —Fruncí el ceño.

—No me subestimes. Dispongo de temazos que todavía no he compartido contigo. Esta, por ejemplo, es superbonita —indicó poniendo Los días raros, de Vetusta Morla. Un canto a discernir lo bueno entre lo peor, la invitación a reagrupar pedazos, definir el trazo y entender que, sin carbón, no hay Reyes Magos.

—No sabía que te iban los grupos indie.

—Se alejan un poco de mis preferencias, pero Sam me pasó un par de canciones y me gustan. O solo me gustan porque pienso en él cada vez que las oigo. No sé.

Una cortina de agua fría se derramó por mi garganta hasta alcanzarme el vientre. «Mierda, mierda, mierda», gruñí a medida que la lista de reproducción avanzaba y los títulos que sonaban se correspondían con las notas anónimas que había recibido.

Se desató el temporal y el dilema tomó forma.

Quise decírselo. Advertirle. Esperé el momento, como si en la vida existieran pausas o señales que te indican el instante más idóneo para romperle el corazón a alguien. No pude. No hallé el coraje para arrebatarle la esperanza y escuché cuarenta minutos de melodías que me provocaban náuseas.

Sabía que debía hablar con Dídac, pero fui incapaz de robarle su amor platónico al chico que me había regalado la primera carcajada del año, enseñándome que solo hay una cosa que separa el retorcerse de dolor o de alegría: tu voluntad.

Yo no deseaba hacerle daño y lo retrasé. Es curioso como lo que evitamos termina sucediendo igual.

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