Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 70 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 67

Atena

Pasé la tarde en la biblioteca del instituto con Dídac.

El rubio me arrastró al calendario multicolor de exámenes finales y selectividad que había ideado, incumpliendo su promesa de no estresarse antes de mayo, cuando finalizarían las clases y podríamos dedicar jornadas completas a refrescar el temario del curso.

—Atena, si paso las hojas de la agenda, me asusto —exclamó al ocupar nuestra mesa habitual—. Queda poquísimo para acabar y tenemos que ponernos en serio. Además, con el jaleo del viaje es probable que perdamos más horas. Habrá que organizar itinerarios, buscar hoteles, transporte, reunirnos para consensuarlo con los demás...

—Cualquiera diría que no te hace ilusión —me mofé de él, que ya había usado los ordenadores de consulta prehistóricos de la biblioteca para buscar la dirección de la cafetería parisina donde se rodó Amélie.

Sacó los apuntes de la mochila y me presentó su kit de supervivencia extrema compuesto por Lacasitos, sus adorados Monster, subrayadores nuevos y una lista de reproducción con música de relajación que escuchamos en los descansos.

Fue una suerte que Dídac diera por hecho que me apuntaría al viaje, no me apetecía recordarle que estaba en números rojos. Por otra parte, las palabras hacían cola en mi garganta para salir disparadas, no en busca de consuelo, sino de complicidad. A Isolda se lo hubiera contado, o quizá ella lo hubiera adivinado a simple vista, arqueando una ceja mientras me predecía el futuro. Pero Dídac y yo llevábamos poco tiempo siendo amigos y ya habíamos pasado por una discusión, tras la cual le había mostrado mis demonios. Era más que suficiente por el momento, no quería darle pena.

El reloj marcaba las ocho menos cuarto cuando regresé a casa. La luz tenue del salón estaba encendida y la estampa de un cielo cobalto con trazos púrpura se asomaba por la ventana.

Mi padre fregaba algunos platos del día anterior y preparaba una sartén con aceite para la cena.

—Ven, quiero hablar contigo —me pidió. Se secó las manos en un trapo con dibujos de limones y luego lo colgó del horno.

—¿De qué? —pronuncié con pies de plomo.

—Tu madre ha mandado algo para ti.

Señaló el sofá, donde había un paquete alargado blanco cerrado con un lazo, pero yo le examiné a él en busca de alguna señal que vaticinara la debacle. No hallé latas cuando me senté en el extremo de la derecha.

Tampoco percibí hedor a cerveza en su aliento y, aun así, el martilleo de mi pecho no se suavizó.

—No quiero abrirlo —mascullé. Había puertas que era mejor mantener selladas.

—Hazlo, Atena. Es un regalo.

—Te hará daño —recalqué.

—Lo sé. —Sonó frágil, honesto, derrochando esa debilidad que escondía a base de golpes y oscuridad.

—Lo guardaré en el armario —sugerí.

Me frenó cuando estaba poniéndome en pie. Su mano se anilló a mi muñeca, tirando de mí para sentarme otra vez.

—Hija, hacer esto no es fácil para mí.

—Para mí tampoco, así que no hagamos nada.

Me conformaba con que no perdiese los estribos y controlase la ingesta de alcohol. Podía soportar que se pasara días durmiendo, al borde de la inconsciencia, siempre que no elevase la voz.

—Escúchame, llevo unas horas aquí, dándole vueltas y...

—¿No has ido a trabajar? —¿De qué me extrañaba? Así comenzaba el círculo vicioso: Víctor relegando responsabilidades, haciéndose el mártir, borrando la pena que se daba a sí mismo empinando una botella.

—Déjame que empiece por el principio —le rogó a mi semblante escéptico.

—Me sé de memoria ese principio —mascullé entre dientes.

—He sido un padre terrible, pequeña. No sé si algún día podré enmendar todo lo que he hecho mal, pero quiero intentarlo. Forzarte a elegir entre tu madre y yo no es forma de superarlo. Y créeme, deseo pasar página.

Desear y llevarlo a cabo eran dos cosas distintas.

—Que no la elija a ella no implica que te elija a ti.

—Me duele oír eso, pero me lo he ganado a pulso —admitió frotándose la frente, derrotado—. Esta mañana, antes de que saliera de casa, llegó el paquete. Vi el remitente y el mundo se me echó encima. Para ti solo somos dos viejos que se han hecho daño, pero tu madre y yo nos quisimos a lo grande.

—No hace falta que me cuentes nada. —Me costaba creer que, donde solo quedaban residuos podridos, hubiera existido algo bonito. Los cuentos de hadas solo podían serlo si tenían un final feliz, una promesa incondicional, la certeza de que sus protagonistas estaban hechos el uno para el otro. Pero la realidad no funciona de ese modo. Los desenlaces, además de despedidas, son la posibilidad de emprender otro rumbo.

—Déjame explicártelo, Atena. Tengo miedo a que se me olvide lo bueno, y me falta voluntad para recordar esa etapa yo solo. —Soltó una bocanada y tragó saliva, emocionado—. Cuando nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de un amigo común, Tanit salía con un matemático de familia acomodada y yo solo era un albañil de poca monta, pero eso no me hizo renunciar a ella. Pasamos toda la velada charlando, la hice reír con chistes malos y ella me volvió loco sonriendo de oreja a oreja, como solo tu madre sabía hacer. No perdimos el contacto y coincidimos en un par de reuniones más, aunque ella nunca me habría mirado de verdad de no ser por el accidente de moto que tuvo con el matemático. El chico fue un impresentable en mayúsculas y, al salir del hospital, el muy idiota se centró en los estudios para recuperar el semestre perdido. Yo estuve ahí; iba cada tarde a llevarle a tu madre arroz con leche y canela, le regalaba libros para que matase las horas y le llenaba la habitación de orquídeas blancas, sus

favoritas. Con gestos así me gané a tu abuela materna, que empezó a invitarme a las comidas de los domingos y se apiadaba de mí cuando tu abuelo me trataba con desprecio. No me consideraba suficiente para su hija.

—El abuelo Efrén haciendo honor a su antipatía —murmuré con un ápice de humor.

Se hizo el silencio durante unos segundos. La crispación se disolvió y sentí que habría precisado aquella explicación mucho antes para ponerme en la piel de mi padre.

—Antes de tu madre, no me había enamorado —continuó—. Tanit fue muchas primeras veces. El primer paseo que dimos cuando le quitaron el yeso de la pierna y aprendió a caminar de cero. La primera paella en el campo, el primer coche con el que recorreríamos la geografía española verano tras verano, los primeros bailes al son de Adamo en esa primera noche que pasamos juntos en el piso que tanto esfuerzo nos costó pagar. La primera televisión en color frente a la que cenábamos cada noche. El primer y último «sí quiero». —Hizo una pausa para recomponerse, se crujió los nudillos y su labio inferior tiritó—. Con el paso del tiempo, dejé de hacerla reír, de llegar pronto del trabajo, de decirle lo bien que le había salido la comida, de agradecerle que soportase mi mal carácter después de ir a casa de sus padres y hacerme el estoico ante Efrén. Me relajé creyendo que podríamos con todo. Y no es así, los sentimientos hay que avivarlos a diario. Nuestro amor era como las orquídeas: necesitaba cuidados, luz, agua, nutrientes, y yo creí que, colocándolas en un tiesto resguardado de la intemperie, tendrían suficiente para echar raíces. Pero, aunque terminásemos mal, nos quisimos a lo grande, Atena, y cuando eso sucede, por muy complicadas que sean las circunstancias, hay cabida para una última llamada. Así que esta mañana he descolgado el teléfono para hablar con ella, y ha sido muy diferente a las conversaciones que me había repetido mentalmente, desde el odio. No le he recriminado nada, no le he pedido explicaciones ni ella me las ha dado. El motivo por el que he marcado su número no soy yo, sino tú. Mereces un futuro, y ambos vamos a hacer lo posible para dártelo.

—No lo entiendo. —Parpadeé, confusa.

—Ya no somos una familia, pero tú siempre nos tendrás, aunque sea por separado. Abre el paquete, llámala para darle las gracias y recupera lo que yo no podré recuperar nunca. —Las palabras le costaban, las arrastraba con la punta de la lengua como si se le hubiesen pegado al paladar—.

Vuelve a hacerle un hueco en tu vida, hija.

Temerosa e insegura, desaté el lazo. Eché a un lado el papel de seda que protegía mi regalo y abrí la caja: contenía un vestido negro de cuello cuadrado con tirantes de cadenas plateadas y falda vaporosa. Iba acompañado de una nota:

Mi querida Atena, este es el vestido que me gustaría que llevaras en mi boda. Todavía hay un sitio reservado para ti, siempre lo habrá.

Te quiere,

Mamá

—Haz las paces con ella, pequeña. Ve y celebra su felicidad —me animó Víctor.

—No sé si podría —dudé.

—Las personas generosas como tú pueden.

—Si esto hace que vuelvas a beber, prefiero tirarlo a la basura —

admití, tajante.

—Atena, he pasado por un calvario, pero hoy he comprendido que centrarse en lo que no tienes es un error enorme. He perdido momentos contigo, momentos que no volverán. Ha sido difícil para los dos, y yo me he obcecado en ver mi dolor, en magnificarlo. Te lo he escupido como si tuvieras la culpa, o como si Tanit fuera la artífice de mis acciones. Ha llegado la hora de asumir mis fallos y luchar por ser alguien digno para ti.

¿Entiendes lo que te estoy diciendo? —Sus ojos buscaron mi comprensión

—. Necesito ayuda. Puede que el viernes me levante y quiera que el sol desaparezca, que me beba una cerveza y te grite las cosas que me aterran.

Puede que te quite el corazón como hice con la música y no vuelvas a quererme. Así que vamos a aprovechar este instante, hagamos de ese vestido algo bueno.

—¿Cómo?

—He dejado el trabajo porque tu madre va a ocuparse de nuestra economía durante unos meses. No será gran cosa, pero si no nos excedemos, en verano podrás volver a tocar el violín. Vamos a buscar algún centro en el que puedan recordarme por qué necesito seguir a flote, y te juro que volveré a ser el hombre que adora las orquídeas.

El pesar le enturbiaba la mirada y un compendio de emociones me atravesaron en forma de canción. Una melodía sencilla que atrapé sin proponérmelo, notas cortantes que se respondían en un canon sin interrupción. Así imaginaba la cabeza de Víctor, una prisión en la que su historia de amor se sobreponía a la rutina después del divorcio.

El rostro de mi padre se deformó con las gotas de mis pestañas antes de caer por mis mejillas, sin que pudiera disimular. Estaba llorando porque con él nunca había escuchado música, y percatarme de que una sonata triste le representaba me partió el corazón.

Víctor me cobijó en sus brazos y sollozamos con la tela negra del vestido entre nosotros. Después de tantos combates perdidos, me permití no ser la adulta de aquella casa. «Saldrá bien, pequeña», susurró él contra mi pelo, y le di la razón. Lo decía en serio, estaba convencido de ello, hablaba el hombre y no la bestia.

Pasamos la tarde inspeccionando webs de clínicas de desintoxicación por internet y encontramos una con buenas críticas en el centro. Al día siguiente llamamos para informarnos, nos citaron y, esa semana, Víctor empezó su camino hacia la recuperación.

El «sí quiero» más importante se lo dio a sí mismo.

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