Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 69
Atena
El abrazo de Joel se aflojó a la altura de mis caderas, pero su mentón siguió acariciando mi clavícula unos segundos más, sin prisa. El aire pesaba y yo, en cambio, me sentía muy ligera, capaz de volar.
Hicimos caso a la prudencia y nos apartamos, él emitió un quejido lastimero que me provocó una carcajada. Guardé el violín en el estuche notando su mirada taladrándome la nuca, y me apoyé en una mesa situada a cinco pasos de Joel. Mis dedos repiquetearon una polirritmia en la madera mientras nos observamos odiando cada centímetro entre nosotros.
—¿Emocionada por el viaje? —preguntó sin apartar la vista de mi boca.
Se me cortó la respiración. La camisa azabache que llevaba resaltaba el celeste de sus ojos. Me perdí en ellos algunos segundos antes de formular una respuesta.
—Lo estaría si pensase ir.
—¿No piensas ir?
—En algunos hogares seguimos en crisis. —Tanit iba a enviarnos la cantidad justa para pagar los gastos de la clínica y comida, no podía permitirme lujos.
—Si el dinero no supusiera un impedimento, ¿querrías ir?
—No —mentí.
—Cierra los ojos y dime que no te ves allí.
—Si cierro los ojos, nos veo a nosotros. El lugar es secundario —le desafié.
—Déjame regalarte el viaje, Atena.
—No.
—Dame un motivo de peso.
—Quiero estar en el escalón en el que estás tú, a la misma altura.
Quiero conseguir cosas, no que me las pongan en la mano. ¿Lo entiendes?
—Sí, pero...
Di un paso al frente. Dos. Tres. Apenas nos separaban unos palmos.
—Ves en mí a una mujer, no a una adolescente, pero también quiero que adviertas fortaleza y autonomía. Lo fácil no me interesa, me he ganado lo que tengo y pretendo seguir así. No necesito que me salves, Joel.
—Comprendo tu punto de vista, aunque le des demasiada importancia.
Un viaje no te ata a mí. Jamás te pediría algo a cambio o te echaría en cara una acción que me nace.
—Lo sé, pero aceptar que empecemos así no es propio de mí. Me haría sentir incómoda, inferior, la que te arrastra.
—Vas al volante, Atena. —Me dedicó una sonrisa ladeada—. Y no sabes lo bien que suena oírte hablar de ese principio...
—Ciento siete días —murmuré, pero fue como si lo gritase.
—Ciento siete —afirmó—. Cuento cada minuto.
—Yo, cada segundo —contesté sin ruborizarme ante semejante cursilería, con él me permitía ser un caleidoscopio de prismas dispares, sin filtro. Tan romántica empedernida como soñadora de ojos abiertos, sensible y tenaz para la música, guerrera silenciosa en casa, heroína de capa morada en una oleada feminista que bañaba las calles. Luchadora, a veces frágil, a veces desafiante, terca y perspicaz. Muchos matices en una sola Atena, y todos ellos a salvo junto al chico que se detuvo una tarde de septiembre a escuchar mis canciones.
Joel avanzó hacia la puerta.
—Espera. —Corrí hacia él y le di un beso en la mejilla, notando el suave cosquilleo de su barba de dos días contra mi boca—. Gracias por preocuparte por mí. Por haber estado ahí cuando lo necesitaba.
Le expliqué que mi padre había ingresado voluntariamente en una clínica en la que trataban su enfermedad mediante psicoterapia individual, en grupo y actividades deportivas, que nos llamábamos cada tarde y que ese verano prepararía las pruebas de acceso al Conservatorio.
—Mereces que te pasen cosas extraordinarias, Atena. —Trazó el puente de mi nariz hasta la punta con el índice, manteniendo la yema entre mis labios hasta que los curvé en una sonrisa.
Seguí tocando un rato más después de que se marchara, a solas con mis cavilaciones, dándole vueltas a las cosas que nos habíamos dicho Isolda y yo. A las que nunca le había confesado a Tanit. A lo asombroso que había sido escuchar a Víctor pedir ayuda.
Volqué cada pensamiento en el violín y las notas de la partitura que reproducía tomaron su propio camino hasta transformarse en una composición personal.
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