Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 81
Joel
—¿Qué es para ti la felicidad? —le pregunté a Román durante el desayuno en Montmartre.
Era nuestro tercer día en París. Los chicos vagaban de un lado a otro con sus brioches de mantequilla, en busca de rincones atrayentes para capturarlos con una cámara, mientras nosotros reposábamos en las sillas de mimbre de la crepería, envueltos por el aroma a jazmín y la protección de las sombrillas.
—Estar sentado en la terraza con una taza de té y la mirada perdida, sin pensar en nada, sin contar los segundos —respondió Román.
—¿Así de simple? —Unté mermelada de higos a mi baguette y le di un bocado.
—Así de complicado —increpó—. Hay que tenerlo todo muy bien organizado aquí —señaló a su frente— para poder desconectar y encontrar calma en lugar de problemas.
Asentí. La felicidad que yo perseguía con logros profesionales y reconocimiento era tan simple y enrevesada como aceptar el presente.
Asumir que hallarte en un sitio inesperado no te impide que lo recorras y te enamores de algo durante el itinerario.
Me llevé la taza de café a los labios, le di un trago y elevé la vista hacia la acuarela difuminada de turquesa, naranja y carmín que adornaba el cielo. Y solo cogí aire y lo solté pausadamente mientras asumía que estaba en paz conmigo mismo.
Esa mañana transitamos por las estrechas y empedradas callejuelas del barrio de los pintores, cuna del Impresionismo que había inspirado a grandes como Dalí o Picasso. El ambiente bohemio se respiraba en la plaza
du Tertre, donde los artistas callejeros eran los verdaderos protagonistas exponiendo sus retratos y caricaturas. El blanco roto de las fachadas convivía con la marabunta de turistas que se desplazaba sin prisa, haciendo suyo cada tramo.
Estaríamos allí todo el día, quizá por eso nos permitimos entrar en las tiendas de recuerdos para hacernos con algunos souvenirs. Tazas, gorras, imanes, láminas... Las mochilas de los chicos se llenaron de pedacitos parisinos, mementos que les dibujarían una sonrisa con el transcurso del tiempo. Román renovó la funda de su Huawei, y yo me decanté por llaveros para la familia, un vaso de chupitos para Eloi y un par de camisetas de bebé con óleos sublimados para Elisenda.
Sumidos en un retorno al pasado, imaginando cuántas ideas se habrían engendrado en cada punto que visitábamos, enfilamos la pronunciada escalinata que nos llevó a la Basílica del Sagrado Corazón.
—De estilo neobizantino... —empecé a recitar.
—Joel, si vas a preguntarnos quién la construyó o en qué año, no tenemos ni idea —me interrumpió Olaya en representación de sus compañeros.
—¿Minerva? —probé suerte.
—No entraba en el temario de selectividad —se excusó, cabizbaja.
—Aquí es donde Amélie llama a Nino para darle el álbum de fotos al final de la película —narró Dídac con un hilo de voz que fue tornándose más seguro—. ¿A nadie más le suena? —Solo a Atena y a Felisa. Yo había visto la película con Irina, pero apenas guardaba pinceladas superficiales de ella.
Moviéndose como pez en el agua por cada esquina de Montmartre, Dídac adoptó el papel de líder a la vez que tarareaba la famosísima Comptine d’un autre été. Nuestro improvisado guía nos condujo por cada escenario en el que se había rodado Amélie, desde el Café des Deux Moulins, donde trabajaba la protagonista, hasta el cine Studio 28 de la calle Tholozé, animándonos a seguir unos metros más allá, donde se emplazaba la frutería Au Marché de la Butte, cuyo cartel se sustituyó por el de
«Epicerie Collignon» para el largometraje.
Me alegró que el alumno invisible, ese que apenas participaba en clase y del que solo conocía su predilección por el azúcar, se permitiese tomar las riendas. Cuando entablamos una conversación sobre sus aficiones y me confesó que quería ser actor, tuve una imagen más nítida de él. El joven de ondulaciones doradas y ropa transgresora cubría su personalidad arrolladora con silencios que no hacían justicia a su audacia.
Sin embargo, mi momento preferido fue otro. En lo alto de la colina.
Junto a Atena. Merendando en la plazoleta del jardín de Jehan Rictus, frente al Muro de los Te quiero. Allí el tiempo se congeló y a la vez inició una carrera vertiginosa. Y en el centro de aquel remolino que se generó a nuestro alrededor, se encontraba ella. Atena.
Me gustó que eligiera un gofre y no se decantase por una tarrina de helado como el resto. Me gustó que se le quedase una gota de chocolate en la barbilla y que no tratase de esconder la mancha del drapeado de su vestido. Me gustó que se detuviera frente al compendio de azulejos y me esperase allí hasta que solo quedamos nosotros ante las más de trescientas declaraciones de amor caligrafiadas en diferentes idiomas. La curiosidad ganó la batalla y pregunté:
—¿En qué piensas?
Delineé con los ojos la línea de su mandíbula cuando deseaba hacerlo con un dedo, con la boca, repartiendo un reguero de besos que le despertase el pecho con latidos frenéticos.
—Es una tontería. —Dio unos pasos hacia el fresco para acariciar los trazos rojos que simbolizaban fragmentos de un corazón—. Pensaba que París no sabe quiénes somos y que, si saliéramos corriendo y nos perdiéramos solos tú y yo, podríamos besarnos sin tener que mirar por encima del hombro.
—Solo unos días más —musité con la voz ronca.
—¿Sabes qué? Si tuviera que añadir otro idioma a este muro, sería exactamente lo que acabas de decir. Y al lado pintaría un pentagrama que hablase de nosotros, ese compás tres por cuatro cargado de notas que oigo en mi cabeza cuando pienso en ti.
Perdí fuerza en las rodillas.
—Un idioma que solo entenderíamos los dos —sentencié.
Asintió elevando las comisuras en una sonrisa preciosa.
—Te echo de menos —susurró, y comprendí a qué se refería. Yo la añoraba de la misma forma, pese a no habernos tenido aún.
Atena se mordió el labio inferior y mi única réplica coherente fue suspirar.
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