Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 11
Joel
El Hamlet estaba semivacío, como cada lunes por la noche. Me desplomé en uno de los taburetes frente a la barra y le di la espalda a la televisión, que emitía temporadas repetidas de Cómo conocí a vuestra madre.
—Alegra esa cara —saludó Eloi.
Le pasó un trapo húmedo a la madera y el olor a cítricos me noqueó.
—Es mi cara alegre —mentí.
Había pasado el trayecto de vuelta del instituto buscando la cámara oculta que se reía a mi costa. Mi rostro sombrío en el retrovisor constataba que no era tan buen actor como creía, y eso de llevar la procesión por dentro no se me podía aplicar. Si pretendía proteger bajo llave mis pensamientos, más me valía practicar.
—¿Tan malo ha sido el primer día? —preguntó mi amigo.
Me sirvió un combinado de hamburguesa con beicon y ensalada que no había pedido, y se cruzó de brazos a la espera de que le relatase mi odisea.
—¿Por dónde empiezo? Ah, sí... Por Vega. Se plantó en el ático dispuesta a quitarse la ropa después de un fin de semana de fiesta. Y la eché.
—Joder, lo siento, tío.
—Sí, yo también lo siento. Volverá, como hace siempre, y puede que me pille en un mal momento.
—Tienes que ser fuerte, si de verdad quieres seguir adelante, céntrate en ti.
—Espera, no he llegado a la mejor parte. —Pasé un dedo por el pan húmedo de mi plato y pinché una rodaja de tomate que no mordí—. Salí a dar una vuelta por el centro y me encontré con una chica a la que le había dado mi T-10 después de que un imbécil tirase del bolso de su amiga unas noches atrás. Justo a dos calles de aquí.
—No le veo relación a nada. —Eloi arrugó la frente.
—Tomamos algo y me besó.
—Vale, alto —cortó mi narración—. Eso de que un clavo quita otro clavo sin un periodo de reflexión es una mierda muy jodida. No te metas ahí.
—Te va a encantar lo que me ha pasado esta mañana. —Se me escapó una risa irónica—. Estaba en mi clase de bachillerato.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¿Qué edad tiene?
—Dieciocho o diecinueve. He husmeado su expediente y ha repetido.
—Consejo número uno, no husmees nada y aléjate de ella.
—No sabía que...
—Ahora sí lo sabes —interrumpió—. Acabas de conseguir el empleo, no la líes.
—Gracias por tu apoyo —espeté con sarcasmo antes de aliñar la ensalada y empezar a cenar mientras Eloi me asesoraba.
—Se te dan mal las relaciones, así que hazme caso. —Me tragué el «a ti también se te dan mal, por eso no sales con nadie más de tres veces»—.
Olvida a Vega, pero hazlo solo o no la superarás nunca y la perseguirás hasta el fin del mundo cuando tu obra de Romeo y Julieta escolar se vaya al traste. Porque lo hará.
—No he dicho que vaya a pedirle matrimonio —refunfuñé—. Solo te cuento mi día.
—Hay un patrón que se repite desde que nos conocemos, Joel. Me cuentas aquello de lo que no estás seguro y te callas lo que tienes claro. Así que aprovecho tus incertidumbres para darte algo de luz. Por si nuestra siguiente conversación es a través de unas rejas.
—Eres imbécil —mascullé.
—Y tú, un imán para los problemas.
Negué con una sonrisa comedida y me lancé a la hamburguesa. Vega era pasado; Atena, un error que no volvería a suceder. Si mi existencia se basaba en tachar deseos —mi pasión por el diseño y mi ambición de dar la vuelta al globo terráqueo con una mochila colgada a la espalda—, comenzaba a incluir también personas. Solo debía ocuparme de un cabo suelto si no quería...
—Tirar por tierra tu carrera como docente —apuntó Eloi conectando su última frase con mis cavilaciones.
—Ya lo he hecho, no duraré más de una semana.
—No seas pesimista, Joel. Las cosas no pueden salirte mal eternamente.
El tío de Eloi le hizo un gesto para que se tomase el resto de la noche libre. Con dos comensales que acababan de pagar, el local se quedó en silencio. Mi amigo subió la música, atenuó las luces y convirtió el espacio en un concierto de Fito & Fitipaldis, Pereza y Revólver.
—¿Así pretendes animarme? —inquirí por encima de Mi rendición.
—Ignora las letras, solo escucha la música —me instó.
No lo logré hasta que le di palique. Nos perdimos en los recuerdos y, entre bocados a la hamburguesa y dos cervezas con poca espuma, regresamos al pasado. A los días en los que cogerle las llaves del Peugeot al padre de Eloi para perder la virginidad en el asiento trasero era buena idea, sin contar que habría interrupciones y amenazas de llamar a la policía por alteración del orden público. O a esas tardes castigados copiando capítulos del Quijote por no haber llegado puntuales al instituto. O a la primera copa de Malibú con piña y lo mayores que nos sentíamos al llenar el tercer vaso, como si una borrachera controlada en mi dormitorio, con mis padres viendo la televisión en el salón, fuera la gran transgresión que rememoraríamos hasta la vejez.
—Qué idiotas éramos —rio Eloi.
—Ojalá pudiéramos volver atrás.
—¿Para cambiar algunas cosas?
—Para quedarnos allí —manifesté con nostalgia.
—No lo dices en serio. Si volvieras a tener quince, la vida te parecería igual de patética que por aquel entonces.
—Lo sé.
Aun así, si alguien hubiera entrado en el Hamlet con una máquina del tiempo a rastras, no lo habría meditado ni un segundo. Me hubiera metido de cabeza, dispuesto a recuperar las crestas de puntas teñidas, los pantalones unos centímetros por debajo del calzoncillo, la época de fumar un cigarrillo al salir con los amigos y de fanfarronear inventando ligues para no quedarme muy atrás en comparación con el éxito que tenía Eloi.
—¿Te pongo otra? —preguntó mi amigo señalando mi caña.
Miré el reloj, eran las diez pasadas.
—No, vuelvo a casa.
—¿Seguro? Si necesitas...
—Estoy bien.
Él sabía que no era verdad, pero también me conocía. No me gustaba hacerme el mártir, prefería pasar a solas los momentos bajos y regresar más tarde con energías renovadas. Y eso hice. Respondí a la llamada de Irina y fingí que había sido una jornada decente, sin sobresaltos. Le di permiso para que se lo contase todo a mamá y así no tener que repetir la historia. La charla duró poco, mi hermana entraba a trabajar en el turno de noche y aprovechaba el trayecto del parking a la cuarta planta del hospital para desearme suerte al día siguiente. Aunque, según ella, lo peor ya había pasado, me quedaba algo pendiente. Diálogos conmigo mismo que me mantendrían en vela hasta la madrugada.
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