Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 69 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 66

Joel

El miércoles, cuando salía de la optativa de la ESO y recorría el pasillo rumbo al aula de bachillerato, la vibración del móvil acaparó mi atención.

Rescaté el teléfono del bolsillo frontal de la camisa y me refugié en el baño para responder con susurros.

—¿Irina? —contesté preocupado—. ¿Qué ocurre?

—Nada. Solo llamaba para charlar un rato. —Su voz soñolienta la delataba, acababa de despertarse.

—¿Te has quedado sin novedades sobre mi vida que contarle a mamá y buscas noticias frescas?

—Soy inocente de cualquier fregado en el que me haya metido. Ella hace preguntas y yo...

—Te vas de la lengua sin remordimientos —acabé su frase—. Estoy a punto de entrar a una clase, si no hay ninguna emergencia en la que pueda ayudarte...

—Mierda, lo siento. Elisenda ha empezado a dormir de día y tengo el horario cambiado. No he mirado el reloj. Ni el espejo, estoy hecha un asco, Joel. Me paso las semanas en pijama y, en lugar de lavarme el pelo, me lo recojo en un moño. No recuerdo la última vez que puse sábanas limpias.

—Seguro que hueles fatal. —Me reí—. Y respecto a las tareas del hogar, dale un tirón de orejas a Fede si se pone tiquismiquis con la excusa de no arrugarse los trajes.

—Cambia pañales desde que lo amenacé con el sexo. De hecho, limpia el piso y hace la compra. Imaginé que lo llevaría peor. —Bostezó sonoramente—. Pensaba que nunca diría esto, pero echo de menos trabajar.

—No opinabas lo mismo cuando etiquetabas mierdas en el mostrador de analíticas.

—Es una época oscura que preferiría dejar enterrada en el pasado.

Aunque la verdad es que he vuelto a mis orígenes: estoy al servicio de un bebé de tres meses con carita de ángel y pañales llenos de diarrea.

—No me des detalles, bruta. Me pasaré el sábado a ver a Elisenda.

—Si la sacas a pasear unas horas, te lo agradeceré. Cae rendida con el traqueteo del carrito.

—Eso está hecho —accedí de buena gana—. No preparéis cena, llevaré algo del Hamlet para que podáis descansar mientras la enana me tira de la perilla y vomita biberones en mis zapatillas.

—Vas a ser su persona favorita.

—Si se parece a ti, ella también será la mía.

Guardé el teléfono y me lavé la cara con agua fresca antes de empezar la clase de Fundamentos del Arte.

La hora aconteció sin sobresaltos, sumergiéndonos en ejemplos del pop art. Les concedí unos minutos a los alumnos para actualizar sus cuentas de Instagram con citas de Richard Hamilton, Claes Oldenburg o Jasper Johns, y procedimos al visionado de un breve documental de YouTube en el que ofrecían un recorrido virtual por el MoMA de Nueva York.

Antes de que sonara el timbre que daría por finalizada la lección, Samuel levantó la mano.

—Hablo en representación de la clase —dijo ignorando el carraspeo de Minerva—. Le hemos dado vueltas a la idea de hacer un viaje de fin de curso paralelo y hemos votado que sí.

—Eso es estupendo.

—Tenemos varias opciones y nos gustaría que nos aconsejaras sobre las más interesantes desde el punto de vista artístico.

—Queremos visitar museos —opinó Diana— y ver algunas de las obras que hemos comentado en clase.

Me entregaron un portafolio con tres propuestas: Madrid, París y Roma.

—En Madrid tenéis el Museo del Prado —valoré—, además de varios parques. El trayecto es mucho más corto y económico, aunque quizá sea el destino menos atractivo si no habéis salido al extranjero. Tanto Roma como París son excelentes para ver arte, y con el inglés podéis defenderos, pero tendríais que coger un avión. El coste aumenta.

—Mis padres fueron a Toulouse de luna de miel y llegaron en cinco horas conduciendo —resaltó Xavier.

—No creo que pongan la furgoneta a nuestra disposición —farfulló Minerva.

—Podemos mirar autobuses o vuelos de bajo coste —señaló Dídac.

—Una semana en París viendo Versalles y el Moulin Rouge —soñó despierta Felisa.

—Haciendo panorámicas de la Ciudad del Amor desde la Torre Eiffel

—añadió Ruth.

—Paseando por los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo —insistió Diana.

—Decidido entonces. Iremos a París —asintió Samuel. Me miró antes de formular la cuestión que lo cambiaría todo—: Si te pedimos que nos acompañes, ¿vendrías con nosotros? Por favor, Joel.

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