Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 84
Atena
No debían ser más de las seis. Estaba amaneciendo y el ámbar de los primeros rayos matinales bañaba la mitad de la habitación del hostal. Joel me abrazaba las caderas y reposaba la mejilla en mi pecho, haciéndome cosquillas con la barba. Su respiración era una cadencia relajada, al contrario que los bombeos frenéticos de mi corazón.
Alargué aquel instante un poco más cerrando los ojos, negándome a estallar la burbuja en la que nuestra relación había comenzado, y me centré en la agradable sensación de estar juntos, en el calor de nuestros cuerpos y en ese hormigueo que me despertaba por dentro la simple idea de que pudiera ser así a partir de julio.
—Buenos días —susurró en mitad de mis cavilaciones.
Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la luz.
—Hola —respondí con un suspiro.
Su expresión era serena y los mechones del flequillo, despeinados. Se removió para liberarme de su peso y aproveché el movimiento para tirar de un extremo de la sábana revuelta y cubrirme más de lo preciso, hasta las clavículas. Joel le dedicó una sonrisa ladeada al rubor de mis pómulos y me besó lento hasta que mi súbito ataque de timidez se deshizo como escarcha bajo el sol.
—Podemos dormir un poco más, todavía es temprano —propuso, pero al enredar mi mirada con la suya, advertí un mensaje diferente en sus ojos.
Mi celeste preferido brillaba sin nubes, dejándole ganar el pulso a las pupilas dilatadas.
—Quiero estar despierta y no perderme ni un segundo a tu lado —
admití sin temor a mostrar lo que sentía—. Y tú, ¿en qué piensas?
—En que el presente es una jodida fantasía. En lo preciosa que estás.
—Pasó la nariz por mi cuello y se me erizó el vello—. En las ganas que tengo de memorizar tus labios y verte cada día así de...
—Feliz —finalicé su frase—. Tú me haces feliz.
Se incorporó apoyando los codos en el colchón hasta inclinarse hacia mí y fundir nuestras bocas en una caricia abrasadora.
Sus manos se hundieron en mi pelo y las mías envolvieron sus hombros. Nos besamos tan pausadamente que fui capaz de distinguir cada roce activando lugares recónditos de mí. Tirité por la efervescencia que me trepaba por el pecho y enrosqué mis piernas a las de él, deseando que no tuviera que marcharse nunca. El mundo iba despacio cuando Joel no estaba cerca y se volvía un torbellino cuando estábamos juntos.
Echó la sábana a un lado. Se llevó uno de mis pezones a la boca y lo lamió con delicadeza mientras su mano izquierda se colaba entre mis piernas y trazaba caricias circulares. Inspiré hondo y el rubor me tiñó las mejillas.
—¿Cómo voy a mirarte hoy sin poder tocarte? —lamentó.
Cada centímetro de mi cuerpo vibraba.
—No lo sé —conseguí decir a duras penas.
Estábamos desnudos y yo solo deseaba fundirme con él, revolverle cada mechón de pelo y retorcerme bajo sus labios.
Arqueé la espalda al notar que deslizaba un dedo dentro de mí. Todo mi cuerpo se tensó para después disfrutar del hormigueo de cada incursión.
Separé más las piernas y sumó un segundo dedo. Le pedí que los moviera más rápido, más profundo, y pronto su erección creció contra mi vientre.
Me faltaba muy poco para dejarme ir cuando tomé las riendas. Me senté a horcajadas sobre Joel, le sujeté las muñecas a ambos lados de la cabeza y lo observé quedarse quieto, expectante. Rescaté su pantalón del suelo y rebusqué dentro de los bolsillos. No tardé mucho en encontrar otro preservativo. Se lo puse y, sin desviar la vista de su mirada acuosa, bajé muy despacio hasta que encajamos y empecé a moverme con las palmas de las manos recostadas en su torso.
Quería saborearlo, que fuera lento, especial, eterno, que pudiera embotellar ese recuerdo y llevármelo de vuelta al verano que nos aguardaba en Barcelona. A Joel le gustó la idea y no apartó los ojos de mí mientras hacíamos el amor con calma, igual que la noche anterior.
Me estremecí cuando me acarició los pechos, y me sentí poderosa y libre con una nueva oleada de placer recorriendo mis terminaciones nerviosas. Aceleré el ritmo y me balanceé un par de veces más antes de que el remolino de sensaciones nos arrastrase entre besos húmedos, jadeos y dientes que marcaban la piel.
Joel terminó con la mandíbula apretada, la frente empapada en gotitas de sudor y una sonrisa inmensa.
—¿Y si nos quedamos aquí encerrados para siempre? —preguntó sin aliento.
Mi corazón se saltó un latido. Me acomodé a su lado y descansé la cabeza en el hueco de su hombro. Me rodeó con el brazo y me estrechó más contra él.
—Sé que debería guardármelo hasta mañana, cuando escribamos listas de deseos nuevas, en Barcelona, y las hagamos realidad —dije—. Pero no aguanto más y...
—¿Y? —me animó.
—Te quiero.
—¿Me quieres? —repitió con una sonrisa divertida.
—Te quiero, Joel. A ti y a tus sueños por cumplir.
—¿Con mis malas elecciones y sus consecuencias?
—Con todo.
Porque el amor es navegar en la angustia del otro para mantenerle a flote. Es advertir dolor y sentir el impulso de curarlo. Es soplar a la espalda de tu compañero para que pueda batir las alas y reírse de las estrellas.
—Yo también te quiero, Atena.
Separarnos después de aquella declaración se nos hizo cuesta arriba.
Joel se metió en la ducha y no salió hasta veinte minutos después, con la piel helada y el corazón blando. Se puso la ropa del día anterior y me dio un beso fugaz antes de escabullirse hasta la habitación de Román con un mohín de disgusto.
Dídac llegó a las ocho y no preguntó. Abrió la ventana para ventilar la estancia, «el ambiente está cargadito», rio, y me narró lo dramático que había sido dormir con Xavi.
—Pensaba que tu plan era meterte en la cama de Sam. —Enarqué una ceja.
—Lo fue durante cinco segundos de demencia transitoria. Xavi tiene unos sueños muy intensos, me usó como saco de boxeo. ¿Se notará mucho si me maquillo las piernas? —inquirió echándose crema hidratante sobre los moratones de las rodillas y los muslos.
—Sudarás y se te manchará la ropa.
—Genial. ¿Ahora me explicas con muchos adjetivos si el profesor de arte es tan eficiente en las extraescolares como en sus clases?
—Me voy a la ducha.
—Claro, rubia, elimina las pruebas, pero el crimen seguirá ahí.
Una hora más tarde nos reunimos en el vestíbulo para ir a desayunar ensaimadas con pasas en una pastelería cercana. Después subimos a las habitaciones a por las maletas y cogimos el metro hasta Belleville, donde admiramos el street art que bañaba las fachadas del barrio con un mosaico de tonalidades vibrantes.
Tal y como había anticipado Joel, actuar con normalidad resultó imposible. Posar la vista en él me sonrojaba de pies a cabeza, y el simple hecho de colocarme a su lado durante las explicaciones sobre el arte urbano que decoraba rue Dénoyez me tensó tanto que le di un puntapié involuntario a mi maleta, tirándola contra el asfalto. Mis compañeros se giraron hacia mí y me sentí desnuda sobre un escenario, sin violín ni partituras, mientras un público elitista me juzgaba.
Nos mantuvimos alejados el resto del día, conscientes de que cada mirada o sonrisa eran un gesto delator. Sin embargo, guardar las distancias no me privó de oír la escueta conversación que mantuvieron Joel y Román en la breve visita al cementerio de Père-Lachaise, a la altura de la tumba de Abelardo y Eloísa.
—¿Dónde estuviste anoche? —le interrogó el profesor de Literatura—.
No te escuché volver.
—Dormías, intenté no hacer ruido —se excusó Joel clavando las pupilas en el suelo—. No podía pegar ojo y salí a dar una vuelta.
—¿Has pasado toda la noche fuera? —El ceño de Román se arrugó emulando los pliegues de un acordeón.
—Llamé a mi hermana, di un paseo por el Barrio Latino...
Sonaba poco creíble y se percató de ello, así que cerró la boca y lanzó una pregunta general a los estudiantes para demoler el silencio incómodo.
A media tarde salía nuestro vuelo de regreso a Barcelona.
Aprovechamos las últimas horas para llenar la memoria de la réflex de Minerva con fotografías de grupo y comimos gallettes de salmón y queso en el autobús de camino al aeropuerto.
El avión de vuelta fue una montaña rusa de turbulencias. Recogimos las maletas mientras Felisa y Xavier iban al baño, y salimos al exterior para hacer cola frente a la parada de autobuses. Román, que tras vomitar había perdido el color, llamó a un taxi y desapareció.
—¿Podemos hablar un momento? —Joel se acercó a mí empleando un tono suave para que nadie se percatase del contenido de aquella charla.
Dídac captó el mensaje y se apartó unos metros para darnos privacidad.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó.
Me quedé sin aire al observarle detenidamente, con los primeros botones de la camisa desabrochados y los ojos que le habían robado los mejores cielos despejados a París.
—Uno de julio —asentí.
—¿A las siete de la tarde?
—No puedo esperar tanto —cuchicheé—. ¿A las tres?
—A la una. —Se mordió el carrillo.
—¿En las escaleras de la catedral?
—Donde empezó todo.
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