Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 38
Joel
Lo había asumido, pasaría el 31 rememorando el pasado, sumido en una nostalgia que me abofeteaba con la ausencia de mi padre.
Me serví una taza de café.
Dejé que se enfriase.
Escuché temas sueltos de Brandon Flowers.
Encendí el calefactor y cerré la puerta del baño para que el calor se condensase.
La ducha de agua hirviendo reactivó mi organismo.
Me propuse adelantar trabajo y subrayé las fotocopias de arte abstracto de Kandinsky para preparar las clases de después de las vacaciones.
Las aparqué poco después y encendí el portátil para ver un capítulo de Cómo defender a un asesino. Me resultó inevitable pensar en Atena mientras reía con los diálogos de Connor y Michaela. No lo reflexioné. Me puse de pie, dispuesto a abrir el primer cajón del escritorio donde había guardado la agenda que me había dado noches atrás y, justo antes de rozar la madera, refrené las ganas. Machaqué el impulso con una dosis de sensatez, mantuve a raya la tentación y volví al sofá.
«Nada personal, nada fuera de clase, nada de nada», me dije.
Eran las nueve pasadas cuando Eloi se presentó en mi portal girando las llaves del Hamlet alrededor del índice, cargado de razones por las que merecía la pena meterme en su coche y pasar la velada rodeado de primos, tíos, bebés y un sinfín de parientes cuyos nombres ni él conocía.
—¿No cerrabais hoy? —pregunté en el umbral de mi puerta, orgulloso de mi pijama de platillos volantes y el maravilloso plan de cenar un Cacaolat caliente hasta arriba de cereales.
—Sí, pero tú eres familia. No voy a dejar que te deprimas solo —
cercioró con una sonrisa ladeada.
—Me iba a acostar ya...
—Y yo iba a pasar la noche camelándome a la pelirroja con la que llevo una semana tonteando, hasta que me he acordado de una cosa.
—De qué.
—Pues de que no quería fallarle a mi mejor amigo por un polvo —
admitió muy serio—. Además, las Navidades pasadas le prometí a mi abuela materna que volvería a poner en su plato los canapés con más salmón que hubiera en la mesa. Y aunque ya no se acuerde y me confunda con mi padre, no pienso faltar a mi palabra.
—Eres un manipulador sentimental —le recriminé yendo a por una camisa y unos tejanos limpios.
Veinte minutos después, me hallaba en mitad de una marabunta de críos desdentados que corrían entre mis piernas, tiraban serpentinas por el suelo y le arrancaban la goma a los gorros de papel que habían saqueado de las bolsas de cotillón de sus progenitores.
—Siéntate, chico, estás invitado —insistió la madre de Eloi cuando me acerqué a la barra para servir los entrantes: una trenza de hojaldre rellena de espinacas y queso, croquetas de bacalao, berenjenas rellenas, espárragos y embutidos variados para picar con el pan con tomate.
—Intento librarme del ataque de esos mocosos. —Señalé la guerra de cosquillas que habían iniciado cerca de mi silla, y ella se abalanzó sobre un renacuajo rubio al ver que tiraba de uno de los extremos del mantel para alcanzar las copas.
Una vez apresaron a los pequeños demonios en regazos y tronas, la cena se desarrolló sin incidentes, aunque el llanto por hambre, sueño o pañales sucios fue constante. Me acomodé en un lateral, junto a mi amigo, y disfruté del cordero asado con patatas y el mousse de cava.
No resultó incómodo y, de un modo retorcido, me sentí más suelto y a mi aire con los Grau que con los Sanz. Menos juzgado, sin consejos que eran una soga al cuello.
Envié mensajes felicitando el año a mi familia antes de las doce, por si se colapsaban las líneas, me tragué las uvas de dos en dos conteniendo la risa cuando el tío de Eloi acompañó el sonido de los cuartos con una cacerola, y me aferré al presente mientras traspasaba la barrera invisible hacia un nuevo comienzo.
—¿Preparado para colocarte en la casilla de salida? —Mi amigo brindó con tal efusividad que la mitad de su cerveza se precipitó al suelo y le llenó la rodilla de espuma.
—Después de ti. —Di un trago a nuestra salud.
Poco a poco, el local se fue vaciando de perfumes, charlas mecidas en risas, repiqueteo de tacones, humo de cigarrillos de liar y balbuceos. Los matrimonios con niños fueron los primeros en retirarse y acercaron a los parientes sin vehículo a sus hogares, dejando a las aves nocturnas revolotear al ritmo de canciones que habían nacido en casetes, y no en Spotify. Los padres de Eloi lo dieron todo con ABBA, Hombres G y Alaska antes de despedirse cerca de las dos.
—Este año se portará mejor con nosotros —vaticinó mi amigo cuando estuvimos solos, con los codos apoyados en la mesa, las pupilas dilatadas y la corbata anudada en la frente.
—Puede. —Me encogí de hombros. Prefería no crearme expectativas.
—Se me ha ocurrido que...
—¿Nos apuntemos al gimnasio como en 2015? Ni con cinco birras más —refuté riendo.
—¿Reservamos vuelos baratos de ida y vuelta en un mismo día? ¿O
asumimos que ya no somos unos chavales y nos apuntamos a webs para encontrar novia y sentar la cabeza?
—Nosotros no somos así —increpé.
—¿Y cómo somos?
—De los que van lento, sin rumbo, y aceleran en la última vuelta hasta que les sale un riñón por la boca.
—La generación que no conoce el esfuerzo, que prostituye el concepto de relación para toda la vida y se queja, se deprime y lloriquea por cualquier cosa —farfulló con sarcasmo.
—La de los abogados que son camareros y los diseñadores acabados que dan las claves para empezar una carrera —añadí recogiendo los platos del postre y llevándolos al fregadero para que el agua eliminase los restos de migas y azúcar.
—La de los autónomos que nunca enferman, la de las parejas que no tienen hijos ni vivienda propia, ni se marchan de vacaciones —concluyó él.
Nos miramos, cada uno enfrascado en sus elucubraciones, y la impotencia que acumulábamos se manifestó de manera distinta. Mi amigo la transformó en adrenalina desatada; yo, en contención y quietud.
No recuerdo exactamente qué motivó lo siguiente. Que metiera las manos en los bolsillos para empuñar un bolígrafo, Eloi me ofreciera una servilleta para anotar la idea estúpida que se me acababa de ocurrir y me escribiera una carta con consejos desde la ebriedad, analizando mi existencia y prometiéndome que no siempre estaría allí, asustado y vulnerable. Solo sé que el vello se me eriza al reproducir lo que fluyó de mi cerebro al papel, que sonaba La senda del tiempo, de Celtas Cortos, y semejante letra te empuja a la tragedia sin meditar.
Mi caligrafía era ilegible, me temblaba el pulso y la visión se me nublaba con la tercera cerveza. Un dolor placentero me atravesó el pecho y seguí rellenando líneas sin apenas respirar. No había pretensiones ni un objetivo claro, vomité lo que me angustiaba en forma de palabras y, durante algunos segundos, mi peso se redujo. Eloi bailaba entre las mesas, el solo de flauta travesera invitaba al violín a pisarle los talones y enero se convertía en la puerta que Truman abrió para salir de su propio show.
Querido Joel:
Supongo que la vida son etapas y la de este año ha sido la de las despedidas. De un sueño, de una relación sin futuro, de una que frenaste antes de que hubiera siquiera un presente.
Puede que estés aprendiendo a hacerte un hueco en otro ámbito, que siga costándote y en ocasiones te sientas un impostor que se muda de piel. Pero pagas las facturas, mamá ya no se preocupa porque seas el hijo pequeño al que nada le sale bien, y los alumnos no te odian. No todos.
Si estuviera en mis manos pedirte un deseo, no te regalaría un viaje en el tiempo, un folio con todas las respuestas o un atajo. Te brindaría entereza, la que precisarás para crecer. Esto es madurar, dar un paso al frente cuando estás muerto de miedo y solo deseas esconderte.
Espero que encuentres tu lugar. Que aprendas a despedirte de lo que no pudo ser y que los condicionales no te roben la felicidad que mereces.
No has fracasado.
No estás solo.
Las circunstancias son algo temporal.
Sé que en un tiempo recordarás esta noche y, lo que ahora se te antoja como la hecatombe más grande del mundo, te causará un ataque de risa. Sigue, Joel, solo sigue. Cualquier dirección es mejor que quedarse estancado en el sitio. No importa adónde vayas, solo que tengas el coraje para moverte e iniciar un nuevo camino.
Tu yo borracho de 2018.
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