Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 43 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 40

Joel

Por petición de los alumnos, a los que había prometido una salida al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, en enero alteramos el orden marcado en el programa de la asignatura y pasamos al bloque de obras del siglo XX.

Hablamos de la Composición IV, de Kandinsky, y su lucha de elementos pictóricos, de la revolución de los colores primarios de Mondrian en Tableau II, y del brillo que destilaba Interior holandés I, con el que Miró había creado un lenguaje diferente. Hice una breve introducción al surrealismo onírico mencionando a Dalí, y debatimos la reacción ideológica por encima de la aparente banalidad del retrato de la Sopa Campbell’s, al que dio vida Warhol.

Los estudiantes estaban emocionados y conectaban con el arte vanguardista, el que presentaba innovaciones, rompía reglas para demostrar que nada estaba bien o mal, que no era más válido un cuadro por la técnica empleada o las horas invertidas, sino por el mensaje que transmitía.

Sin embargo, Atena no pasaba página y revisaba una y otra vez el lienzo monocromado del Guernica, de Picasso. Apagada. Falta de chispa.

Sin verde en la mirada. Yo no lo sabía, pero aquella semana estaba librando su propia guerra, una batalla interna de la que no fui partícipe hasta semanas después.

En una de esas clases, me di cuenta de que puedes correr raudo y veloz en la dirección que desees, seguir las indicaciones y llegar al punto que otros han marcado. Pero una vez allí, por mucho que te repitas que lo has hecho bien, te invadirá la sensación de que no estás en el lugar correcto si te falta una pieza. Y a mí me faltaba ella.

A la necesidad de conversar con Atena en mitad del silencio, navegar por su mente y hacerle un hueco en el pecho, se añadió un anhelo más: el de verla sonreír.

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