Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 82 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 79

Joel

Román chasqueó la lengua al entrar en la habitación doble. Se sentó en la cama de la izquierda y encendió el Huawei, que empezó a vibrar como loco.

—Dichosos grupos de WhatsApp —protestó resoplando.

—¿Familiares pidiéndote regalos de París? —Saqué mi teléfono de la mochila para enviarle a Irina un «He llegado sano y salvo, este avión sí llevaba suficiente combustible para aterrizar», y un aburrido y escueto «Ya estamos en el hotel» a mi madre.

—Los padres de la guardería de mi hijo organizan una comida para el fin de semana —masculló—. Como si no tuviera suficiente haciendo de canguro estos días.

—¿Habías estado antes en Francia?

—No. Odio viajar y lo único que sé decir en francés es voulez-vous coucher avec moi, por la dichosa canción.

Su acento me hizo reír.

—Mejor no lo repitas fuera de estas paredes —le aconsejé.

Poco después nos reunimos con los chicos en el ascensor de la tercera planta para poner rumbo al centro. El sol nos dio la bienvenida durante los veinte minutos de caminata, los cuales aprovechamos para desayunar los bocadillos de pan de molde que llevábamos de casa. Nos arrepentimos al pasar por una cafetería de reciente apertura que buscaba clientes con su promoción de bollería a un euro. Sucumbimos al encanto intimista del local y juntamos dos mesas circulares del interior para degustar las napolitanas de chocolate acompañados por melodías de artistas indies.

—Es Pomme —reconoció Felisa—. Bailé Sans toi en la gala de contemporáneo del año pasado.

—¿Y si hacemos una lista de reproducción con toda la música que escuchemos? Así podremos recordar este viaje siempre —propuso Samuel.

Dídac y Atena se miraron con cierta tensión que el rubio disipó sacándole la lengua.

—Las vamos anotando en el móvil y por la noche nos las mandamos

—concretó Diana.

—¿Nos hacemos una foto? —Minerva nos sorprendió destapando el objetivo de la réflex que le colgaba del cuello. Nos apretamos para caber en el encuadre, Román quiso escaquearse, pero Xavier y Olaya le pusieron un brazo a cada hombro para que se agachase con ellos en primera fila.

Tras la breve parada, iniciamos el circuito en la Plaza Charles de Gaulle, admirando el emblemático Arco del Triunfo, al que prometimos regresar esa misma noche para replicar las instantáneas de turistas sentados en la carretera que Ruth había encontrado en Instagram.

—¿Quién se acuerda de algunas de sus características? —pregunté sin lograr contenerme.

Román negó en silencio y se alejó en busca de una red wifi abierta.

—Estilo neoclásico, data de 1806 —se apresuró a responder Minerva.

—Mide cincuenta metros de altura y lo mandó construir Napoleón para conmemorar la batalla de Austerlitz —comentó Diana, retratándolo con el teléfono—. En los muros de su interior se encuentran los nombres de miembros del ejército francés.

—Vamos a verlo por dentro —indiqué.

La cola rodeaba la Tumba del Soldado Desconocido, fallecido durante la Primera Guerra Mundial y cuyos restos fueron emplazados allí, junto a una llama siempre encendida en homenaje a los soldados que perdieron la vida por Francia.

En el interior del Arco del Triunfo vimos una proyección sobre su construcción e historia, y aprovechamos el mirador para obtener una panorámica de la Torre Eiffel y la Ciudad del Amor bajo un cielo radiante.

Atravesamos los dos kilómetros de los Campos Elíseos observando escaparates, restaurantes y tiendas lujosas, bañándonos en una nube de nacionalidades. La Plaza de la Concordia, lugar en el que se produjo la decapitación de Luis XVI y María Antonieta durante la Revolución

Francesa, fue la última parada que realizamos antes de comer. Después de un par de retratos al obelisco de Luxor, nos dirigimos hacia el Jardín de las Tullerías, que en verano ofrecía un aspecto renovado con su feria tradicional de tiovivos, camas elásticas, coches de choque y puestos ambulantes.

Compramos crepes saladas —Dídac añadió una de Nutella y prometió volver a por algodón de azúcar, sumando más tarde una manzana de caramelo y dos buñuelos— y bordeamos el gran estanque hasta hallar sillas libres.

—Qué bonito es esto —confesó Atena, y tenía razón.

Nos envolvía un paisaje idílico de explanadas verdes salpicadas por arcoíris de flores. Sentados en primera línea, fascinados por la elegancia de las estatuas de mármol que decoraban el paseo central, con la noria y el Louvre al fondo, era difícil apartar la mirada de semejante estampa. Sin embargo, yo lo hice. Centré mi atención en ella. Era la primera vez que la oía hablar desde que habíamos aterrizado, y contemplé su expresión relajada, su pelo recogido en una coleta alta que le acariciaba la espalda.

Estaba preciosa vistiendo una camisa granate con un lazo anudado en la cintura, falda vaquera y Converse.

Sentí que todo encajaba, que cada tropiezo me había conducido hasta aquel viaje.

—Y pensar que hay quienes prefieren estar tostándose en Tenerife... —

se mofó Ruth.

A su izquierda, Xavier la apoyó moviendo la cabeza, con la boca llena de la segunda crep de pollo, lechuga y mayonesa.

Pasamos la tarde en el Louvre y nos turnamos en la cola para poder hacer selfies y tiktoks en la pirámide de cristal. Tras coger un mapa del recinto en el mostrador de la entrada, contuve mis discursos sobre arte y los alumnos deambularon según sus preferencias por las cinco plantas entre las que se distribuían las obras, más de 35.000 expuestas, repartidas en colecciones romanas, orientales, egipcias, griegas y etruscas.

Román se decantó por los papiros, esfinges y sarcófagos que albergaba el ala Sully, mientras que yo me centré en los capiteles y frisos de Mesopotamia. Nos reunimos con los estudiantes frente a La balsa de la

Medusa, y continuamos admirando lienzos tan populares como La libertad guiando al pueblo o esculturas imponentes de la talla de la Venus de Milo.

Me obligué a no perseguir a Atena, aunque la veía en todas partes.

En las parejas de enamorados que se comían a besos.

En la enigmática sonrisa de La Gioconda.

En cada movimiento de las manecillas de un reloj que parecía anclarnos a un presente rebosante de posibilidades.

Y bajé la guardia.

La distancia de seguridad se disipó cuando llegamos a la sala cuatro del ala Denon y compartimos más que aire frente a Psique reanimada por el beso del amor, tan resplandeciente, teñida por el claroscuro de luces que le conferían realismo, representando un poquito de dónde veníamos Atena y yo.

Regresé a la primera vez que pisó mi ático, la noche en la que la chica del violín se había dejado la armadura en casa y vino a la mía para firmar una tregua. No hubo besos robados ni batallas verbales, tampoco desafíos ni lenguas afiladas. Sus ojos solo se encendieron de dolor, con lágrimas negras que arrastraban su maquillaje. Recordé que mis pulgares habían secado su llanto y mis labios desearon borrarlo. Recordé que un trocito de mí se había roto cuando sus brazos cayeron lánguidos a ambos costados en lugar de abrazarme.

Cuánto habíamos madurado, cuándo habíamos superado hasta llegar a esa sala del Louvre que nos trasladaba a los inicios de una llamada de teléfono en la que habíamos descrito la obra de Canova.

Las yemas de mis dedos hormiguearon, conscientes de que no podía tocar a Atena, y se me encogió el estómago.

—Joel, acompáñame un momento —me rogó muy bajito. Se había soltado el cabello y su mirada esmeralda brillaba—. Por favor.

Eché un vistazo para controlar el punto en el que se encontraban Román y el resto de alumnos. Asentí al ver que avanzaban sin reparar en la ausencia de dos miembros del grupo.

La mano de Atena se entrelazó a la mía mientras sorteábamos turistas que analizaban estatuas y pedestales. Nos cobijamos en una esquina, protegidos por una columna que nos ocultaba de las miradas indiscretas. En

aquel rincón privado sucedió. Sin pedir permiso o alertar de sus intenciones, Atena tiró del cuello de mi camiseta hasta que el espacio que nos separaba se redujo. Recostó el peso de su cuerpo contra mi pecho y la calidez me embriagó al tiempo que la sombra de sus pestañas se derramaba por sus pómulos ruborizados. Feroz y ansiosa, me rompió los esquemas. Mi juramento de esperar hasta julio se convirtió en cenizas mientras una hoguera espontánea nos invitaba a arder.

La rodeé por la cintura, ella enroscó los brazos alrededor de mi cuello y me mordió el labio inferior antes de cederme las riendas del beso.

Respondí con delicadeza, frenando la urgencia de aquel contacto que se volvió ternura. Con Atena no podía ser de otro modo, no existía medio ni fin, solo el vuelo que emprendíamos con cada roce suave, el cosquilleo en el vientre y la necesidad de bajar los párpados hasta que el universo entero fuéramos dos personas.

—¿Por qué has hecho eso? —pregunté respirando su aliento.

—¿Acaso tiene que haber un porqué?

La punta de mi nariz trazó una línea irregular sobre una de sus mejillas. Enredé los dedos en su melena y ella reposó sus palmas en mi torso.

—No, claro que no. —Sonreí—. Pero no podemos pasarnos el viaje así.

—¿Así? —Se hizo la ingenua dándome un beso rápido y superficial que apenas saboreé.

—Atena —dije en un tono más serio—. Todavía no.

—Todavía.

—Te prometo que valdrá la pena —le murmuré al oído. El perfume a vainilla me nubló la razón e hice acopio de todas mis fuerzas para apartarme de ella—. Haré que no te arrepientas de estar conmigo.

Quería ser el causante de su felicidad, no de que sintiera que perdía momentos, se saltaba etapas o debía combatir a quienes no aprobarían una relación de cifras dispares. Quería que temblase de carcajadas, llorase en un ataque de cosquillas y me hablase a través de su violín. Y besar su sonrisa,

ensancharla y que me esbozase ella a mí una en la cara. Que el tiempo se detuviera como en nuestra escultura y la eternidad viviera en el instante justo en el que dos labios se funden.

Aun así, guardé silencio. Querer no tenía que hacer ruido, por mucho que erizase la piel.

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