Pqueño, grande
El joven Santa Claus
—¿Es médico?
—No. Ya no, en realidad. Es escritor —sonreía, y Sophie había vuelto a reírse y Llana Alice proseguía la conversación como si tratara de ver cuánto tiempo podía mantenerse seria—. Escribe cuentos de animales, para niños.
—Oh.
—Escribe uno por día.
La miró a los ojos, esos ojos risueños, castaños, transparentes como vidrio de botella. Empezaba a sentirse muy raro.
—No han de ser muy largos —dijo, tragando saliva.
¿Qué le estaba ocurriendo? Se había enamorado, desde luego, a primera vista, pero ya otras veces se había enamorado, siempre a primera vista, y nunca se había sentido así, como si algo estuviese creciendo, inexorablemente, dentro de él.
—Escribe bajo el seudónimo de Saunders —dijo Llana Alice.
Él fingió buscar ese nombre en los recovecos de su memoria, pero lo que en realidad buscaba en su interior era la causa de aquella sensación tan extraña. Ahora se había extendido hasta sus manos; se las examinó allí donde reposaban sobre la tela cuadriculada de las rodillas; parecían de plomo. Entrelazó los dedos pesadísimos.
—Magnífico —dijo, y las dos chicas soltaron la risa, y también Fumo se rió. La sensación le daba ganas de reír. No podía ser el humo, que siempre le hacía sentirse volátil y transparente. Esto era todo lo contrario. Más la miraba, más intensa se hacía; más ella lo miraba, más sentía él... ¿qué? En un momento de silencio se miraron simplemente el uno al otro y la verdad zumbó, tronó dentro de él cuando comprendió de pronto lo que había sucedido: no sólo él se había enamorado de ella, y a primera vista, sino que ella a primera vista se había enamorado de él, y las dos circunstancias producían ese efecto: el de empezar a curar su anonimato. No a disfrazarlo, que era lo que George Ratón había tratado de hacer, sino a curarlo, de dentro hacia fuera. Ésa era la sensación. Era como si ella le estuviese añadiendo fécula de maíz. Había empezado a adquirir consistencia.
El joven Santa Claus
Había bajado por la estrecha escalera de los fondos al único retrete de la casa que todavía funcionaba, y allí, en aquel recinto de piedra, se detuvo delante del gran espejo salpicado de manchas negras.
Vaya. Quién lo hubiera imaginado. Desde el espejo lo miraba una cara, no era una cara desconocida en realidad, y sin embargo era como si la viese por primera vez. Una cara redonda y abierta, una cara que se parecía a la del joven Santa Claus si hubiéramos podido verlo en las fotografías de sus años mozos; un tanto grave, con un mostacho obscuro, redonda la nariz y arrugas alrededor de los ojos, allí donde habían dejado ya sus huellas, aunque no hubiera cumplido aún los veintitrés, los traviesos pajaritos de la risa. En suma, una cara radiante con un algo vago e impreciso aún en la mirada, pálida y dispersa, un vacío que, suponía él, nunca se habría de llenar. Era suficiente. En realidad, era milagroso. Saludó con un gesto, sonriendo, a su nuevo conocido, y al salir lo miró una vez más de soslayo por encima del hombro.