Pqueño, grande
Nombre y número
Arrendó un cuarto en una finca que había sido, antaño, la rectoría de una iglesia vetusta, cuyo edificio, venerado y vandalizado, se mantenía aún en pie detrás de la casa. Desde su ventana podía ver el camposanto de la iglesia, donde hombres de apellido holandés se removían confortablemente en sus viejos lechos. Se levantaba, cada día, por el reloj despertador del súbito tráfico matutino —con el que nunca aprendió a seguir durmiendo como lo hacía, pese al retumbar incesante de los trenes allá, en el Medio Oeste— y salía a trabajar.
Trabajaba en una sala blanca y espaciosa en la que los más leves sonidos que él y los otros producían se elevaban hasta el cielo raso y descendían de él curiosamente alterados; cuando alguien tosía, era como si el cielo raso mismo tosiera, disculpándose, con la boca tapada. Allí Fumo pasaba el día entero deslizando una regla de aumento a lo largo de columnas y columnas de menuda letra impresa, escrutando cada nombre y la dirección y el número de teléfono correspondientes, y tildando con unos símbolos rojos aquellos que no concordaban con el nombre, domicilio y número telefónico que constaban, mecanografiados, en cada una de las tarjetas que en rimeros y rimeros se apilaban cada mañana sobre su mesa de trabajo.
Al principio, los nombres que leía no tenían sentido alguno para él, eran tan insondablemente anónimos como los números telefónicos. Lo único que diferenciaba un nombre de otro era su accidental y no obstante ineluctable ubicación en el orden alfabético, así como cualquier estúpido error en que pudiese incurrir la computadora, y que a Fumo le pagaban por detectar. (Que el ordenador cometiese tan pocos errores lo sorprendía menos que la curiosa falta de tino de la máquina; era incapaz, por ejemplo, de discernir cuándo la abreviatura «St.» significaba «Street» —calle— y cuándo «Santo», y así, programada para desarrollar in extenso tales abreviaturas, producía sin una sonrisa el Bar y Parrilla del Séptimo Santo y la Iglesia de Todas las Calles.) Sin embargo, a medida que las semanas se sucedían, melancólicas, y que Fumo llenaba el vacío de sus noches caminando, manzana tras manzana, por las calles de la Ciudad (sin saber que la mayoría de la gente no salía de casa después del anochecer), cuando empezó a conocer los barrios y sus aledaños y categorías y bares y portales, los nombres que lo miraban desde el otro lado de la lupa empezaron a tener rostros, edades, actitudes; las personas que veía en los autobuses, trenes y confiterías, las que se gritaban unas a otras a través de los patios de luz de las casas de vecindad, y se paraban a contemplar, boquiabiertas, los accidentes de tránsito, y discutían con los camareros en los bares y en las tiendas con las vendedoras, e incluso los camareros y las vendedoras, comenzaron a bullir en las delgadas hojas de papel; la Guía empezó a transformarse en una grandiosa epopeya de la Vida Urbana con todos sus avatares, sus tragedias y sus farsas, cambiante y dramática. Encontró damas viudas de antiguo abolengo holandés que habitaban, Fumo lo sabía, en las mansiones de altos ventanales de las grandes avenidas y administraban los Bienes de sus difuntos, y cuyos hijos tenían nombres tales como Steele y Eric y eran dcors. de inters. y vivían en barrios bohemios; se enteró de la existencia de una inmensa familia con nombres estrambóticos que sonaban a griego y que residía en varios edificios de un barrio tumultuoso por el que Fumo había pasado alguna vez durante sus caminatas, una familia que agregaba y descartaba miembros cada vez que se topaba con ella en el alfabeto —gitanos, decidió al cabo—; supo de hombres cuyas esposas e hijas adolescentes tenían teléfonos privados por los que se pasaban las horas haciendo arrumacos con sus amantes, en tanto el cabeza de familia efectuaba llamadas por los numerosos aparatos de las empresas financieras que ostentaban su nombre; aprendió a desconfiar de los hombres que usaban las primeras iniciales y el segundo apellido porque descubrió que todos ellos eran cobradores, o leguleyos cuyos bufts. tenían la misma dirección que sus resids., o alguaciles que vendían, además, muebles usados; descubrió que casi todos los que se apellidaban Singleton y Singletary vivían en el distrito negro del norte de la Ciudad, donde los hombres tenían como nombre de pila los apellidos de los antiguos presidentes y las mujeres nombres de piedras preciosas, perla y rubí y ópalo y jade, precedidos por un presuntuoso Sra. Fumo las imaginaba obscuras de tez, ampulosas y resplandecientes, en apartamentos pequeños, solas o con una caterva de hijos pulcrísimos.
Desde el orgulloso cerrajero que, con tantas aes como usaba en el membrete de su minúsculo taller, era el primero que aparecía, hasta Archimedes Zzzyandottie, que era el último (un viejo erudito que vivía solo, leyendo periódicos griegos en un apartamento destartalado), los conocía a todos. Bajo su lupa corrediza, un nombre y un número telefónico emergían de pronto, como precios llevados por la marea hasta la playa, y contaban su historia; Fumo escuchaba, escrutaba su ficha, comprobaba que eran correctos, y mientras depositaba la ficha cara abajo sobre la mesa, ya el cristal deformador sacaba a flote la historia siguiente. El techo tosió. El techo se rió, con estrépito. Todos alzaron la vista.
Un empleado nuevo, un joven recién contratado, sé había reído.