Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 47 de 210

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Pqueño, grande

Así son las cosas

—¿Y vosotras?

—Bueno, nosotras creíamos ver. —Ella estaba segura de que sí, por supuesto. Aquellas mañanas luminosas en que salían a caminar, ansiosas, acechantes, esperando ser guiadas y presintiendo (al instante, en el momento mismo) el recodo que debían tomar que las conduciría a un lugar en el que jamás habían estado pero que les parecería intensamente familiar: un lugar que te tomaba de la mano y te decía: Estamos aquí. Y sólo tenías que desviar la mirada, y entonces los veías.

Y oían a Auberon, que se había quedado un poco rezagado y las llamaba, y ellas sin poder contestarle, ni mostrarle, a pesar de que él había sido quien las llevara hasta allí, él quien las había lanzado a girar como peonzas que ahora se alejaban de él para seguir sus propias sendas.

—¿Sophie? —gritaba Auberon—. ¿Alice?

 

Así son las cosas

El azul del alba se había adueñado ya de todo el interior del Pabellón de Verano, perdonando tan sólo el rincon en el que aún brillaba, ahora con menos autoridad, la luz de la lámpara. Auberon, restregándose los dedos contra el pulgar para quitarse el polvo, iba y venía por la pequeña estancia escudriñando en cajas y escondrijos. Por fin dio con lo que buscaba, un gran sobre de papel jaspeado, el último de los muchos que alguna vez había tenido, en los que antaño le enviaban por correo las hojas del papel francés platinado que utilizaba para las pruebas.

Un dolor lacerante, aunque no más que sus añoranzas, le trepaba en punzadas por el torso, pero pronto le pasó, mucho más rápido en abandonarlo que sus nostalgias cuando se sentía nostálgico. Cogió el álbum de tapas de bocací y lo deslizó dentro del sobre de papel jaspeado. Desenroscó el capuchón de su Waterman —jamás había permitido que sus alumnos utilizaran bolígrafos ni nada parecido— y con su caligrafía de maestra de escuela, algo temblona ahora, como si se la viese a través del agua, escribió: «Para Llana Alice y Sophie». Una presión tremenda parecía dilatarle el corazón. Agregó: «Y para nadie más». Pensó en añadir signos de admiración, pero no lo hizo; tan sólo lo cerró con esmero. En la carpeta negra no puso nombre alguno. Era... todo el resto era... para ninguna persona viviente en todo caso.

Salió al patio. Los pájaros, por alguna razón, no habían empezado todavía. Trató de orinar, a la orilla del cuadrado de césped, pero no pudo; desistió, y fue a sentarse en la silla de lona húmeda de rocío.

Siempre se había imaginado, sin creerlo, por supuesto, que él conocería este momento. Se imaginaba que sobrevendría a la hora de ellos, el infotografiable crepúsculo; y que, años después de que él, sin esperanzas ya, incluso amargado, hubiese renunciado a todo, uno, en ese crepúsculo, vendría hacia él, sin hacer ruido, sin perturbar el sueño de las flores, a través de la penumbra clara. Una criatura parecería, la carne etérea fulgurando apenas como en un antiguo positivo de platino, y los cabellos en llamas, iluminados por el sol que acabaría de ocultarse o tal vez no habría despuntado aún. Él, Auberon, no le hablaría, no podría hacerlo, acaso muerto y rígido ya; pero el otro le hablaría a él y le diría: «Sí, tú nos conociste. Sí, sólo tú te aproximaste al verdadero secreto. Sin ti ninguno de ellos hubiera podido acercarse a nosotros. Sin tu ceguera, ellos no habrían podido vernos; sin tu soledad, ellos no hubieran podido amarse unos a otros, y engendrar sus retoños. Sin tu incredulidad, ellos no hubieran podido creer. Ya sé que es duro para ti pensar que el mundo pueda obrar de tan extraña manera, pero así son las cosas».