Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 141 de 210

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Pqueño, grande

Tio Papi

—No se demore —dijo el hombre, con lo que a Sylvie le pareció el dejo de un acento extranjero.

—No me demoraré. —Turco.— Firme aquí, por favor. —El hombre rubio retrocedió ante el talonario de Sylvie como si fuese una cosa repelente, hizo un gesto a uno de los mocetones y volvió a entrar por la puerta, cerrándola tras de él.

—Uff —dijo Sylvie, mientras el guapo firmaba su talonario con una rúbrica florida y un punto final—. ¿Y vosotros trabajáis para él?

Grandes gestos todo alrededor expresando odio, desafío, resignación. El negro intentó una fugaz imitación, y los otros rompieron en exageradas pero silenciosas risotadas.

—Bueno —dijo Sylvie, notando que la dirección era en la zona alta de la ciudad, a una distancia considerable de la oficina—, hasta más ver.

El bailarín la acompañó hasta el ascensor, dándole palique, oye, que a mí me gustaría un mensaje si tuvieras uno para mí, ay ningún mensaje para mí, oye, escucha, quiero decirte una cosa, no, no, en serio; y tras un poco más de chachara (a ella le habría gustado quedarse, pero el paquete bajo su brazo parecía Comoquiera premioso y exigente) adoptó una postura cómica mientras las puertas del ascensor lo extinguían para ella. Bailó sola unos pasos en el ascensor, oyendo una música muy distinta de la que allí sonaba. Hacía añares que no bailaba.

 

Tio Papi

 

Viajando en tren, rumbo al distrito residencial, las manos hundidas en los bolsillos de su rebeca, y junto a ella, en el asiento, el paquete misterioso.

Tendría que haberles preguntado a esos tíos si conocían a Bruno. Hacía mucho tiempo que ella no sabía nada de su hermano: no estaba viviendo con mujer y la madre de ésta, ella sabía eso. Jodiendo a alguien, a saber dónde... Pero esos tíos no eran de los que se juntaban en pandillas. Algo que hacer al menos. En vez de andar vagabundeando como balas perdidas. Pensó en el pequeño Bruno. Pobrecito. Ella había prometido que una vez a la semana por lo menos recorrería el largo trayecto

hasta Jamaica[3] y lo sacaría de allí, por el día. Y no lo había hecho, no tan a menudo como se lo propusiera; ni una sola vez en este último mes, tan atareado. Renovó su promesa, sintiendo en la espalda el aguijón opresivo, acusador de una larga historia de parecidas negligencias, y del daño acumulativo resultante, las que ella había sufrido, y su madre antes que ella; y Bruno; y también sus otros sobrinos y sobrinas. Atosigados, sofocados de amor, y dejados a la buena de Dios, sálvese quien pueda: vaya un sistema. Crios. ¿Y por qué razón se imaginaba que con ella las cosas serían de otro modo? Y sin embargo ella suponía que sí. Con Auberon ella podría tener crios. A veces, sus hijos quiméricos le imploraban nacer: casi podía verlos y oírlos; ella no podría resistirse eternamente. De Auberon. Nada mejor que eso podía hacer. Un hombre tan amoroso, tan bueno, bueno de corazón, y además, por supuesto, un amante de primera; y sin embargo... Es que a menudo él la trataba como si ella fuese una criatura. No porque ella no lo fuera, desde luego, algunas veces. Pero una niña madre. Tío Papi lo motejaban los dos cuando él se ponía de ese talante o adoptaba esa actitud. Más de una vez él le había secado las lágrimas. Le limpiaría el culo si ella se lo pidiese... Qué mezquindad la suya, pensar una cosa tan horrible.

¿Y si envejecieran juntos? ¿Cómo sería eso? Dos ancianitos de mejillas ajadas y ojos arrugados y cabellos blancos, cargados de años y de afecto. Qué lindo... Claro que a ella le gustaría ver la casona ésa y todo lo que contenía. Pero su familia. Su madre, más de un metro ochenta de mujer, coño. Las imaginaba a todas, tan altas, mirándola a ella desde arriba. Muñeca. George decía que eran encantadoras. Él se había perdido más de una vez en aquel caserón. George: el padre de Lila, aunque Auberon no lo sabía, y George le había hecho jurar que guardaría el secreto. ¿Qué historia era ésa? George sabía más, pero no quería decirlo. ¿Y si Auberon perdiera uno de sus crios? Esa gente blanca. Ella tendría que mantener los ojos bien abiertos, llevándolos a la cola a todas partes, siempre con sus bebés de la mano.

Pero si todo eso no fuera su Destino: si ella hubiese logrado escapar de él, rechazar su Destino, renegar de él... En ese caso, qué curioso, era como si fuera a tener más futuro, en vez de menos. Cualquier cosa podría suceder si ella estuviera libre de la maldita traba que era su Destino. Ni Auberon, ni Bosquedelinde, ni esta ciudad. Visiones fugitivas, visiones de hombres y aventuras, visiones de lugares, visiones de Sylvie, se apiñaban en las fronteras de su conciencia adormecida por el balanceo del tren. Cualquier cosa... Y una mesa larga en el bosque, engalanada con un mantel blanco, dispuesta para un banquete; y todo el mundo esperando; y un sitio vacío en la cabecera...

Cabeceó, y el choque de la barbilla contra el pecho la sumió en un estado de vértigo, y se despertó de golpe.

Destino, destino... Bostezó, tapándose la boca, y se miró la mano y el anillo de plata. Hacía años y años que lo llevaba. ¿Se lo podría sacar? Lo hizo girar. Tiró de él. Se metió el dedo en la boca para humedecerlo. Tiró más fuerte. Ni por asomo: firme allí como una roca. Con suavidad, sin embargo: sí, si ella lo empujaba despacito desde abajo..., el aro de plata se deslizó hacia arriba... y fuera. Una luminosidad extraña centelló alrededor del dedo desnudo, irradiándose desde él hacia el resto de su persona; el mundo, el tren parecían evanescentes, pálidos, irreales. Miró lentamente en torno.