Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 49 de 210

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Pqueño, grande

Por el camino

—Los Bosques —dijo Llana Alice.

—Sí.

Y sin embargo, ya con las tazas de café frente a ellos, y mientras Amy y Chris Bosques discurrían sobre esto y aquello y su mochila formaba charcos sobre el linóleo, Fumo sentía aún el peso agobiante de la carga, esa carga que le habían impuesto y de la cual tenía la creciente certeza de que ya nunca se podría liberar, y que ahora le parecía haber llevado a cuestas desde siempre. Confiaba en que sería capaz de soportarla.

Poco o nada habría que recordar más tarde del resto de aquel día, y del resto de las peripecias de aquella excursión. Llana Alice solía recordarle de tanto en tanto uno u otro incidente, en medio de un silencio, como si a menudo repitiera el viaje mentalmente cuando no tenía otra cosa en que pensar, y él decía: «Ah, sí», y acaso recordara realmente lo que ella mencionaba, acaso no.

Aquel mismo día Nube, en el porche, sentada frente a la mesa acristalada, y pensando exclusivamente en concluir su seguimiento de aquellos mismos aventureros, dio vuelta de pronto un Arcano denominado El Secreto, y en el momento en que se disponía a ponerlo en su sitio sintió un ahogo y empezó a temblar; los ojos se le llenaron súbitamente de lágrimas, y, cuando Mamá fue a llamarla para la cena, Nube, con los ojos enrojecidos y sorprendida aún por no haberlo sabido y ni siquiera sospechado, le comunicó sin vacilaciones ni dudas lo que acababa de saber. Y cuando Fumo y Llana Alice regresaron, tostados por el sol, cubiertos de arañazos y dichosos, encontraron cerrados los postigos de las ventanas del frente (Fumo no conocía esa antigua costumbre), y al doctor Bebeagua solemne, en el porche.

—Auberon ha muerto —dijo.

 

Por el camino

Una bandada de grajos (supuso Fumo) volaba de regreso al hogar a través de un cielo invernal veteado de nubes, hacia los árboles desnudos que gesticulaban del otro lado de los surcos recién abiertos de un prado de marzo (de que era marzo estaba seguro). Una valla de troncos con los nudos ahuecados y primorosamente cuarteados separaba el prado de un camino, por donde avanzaba el Viajero, un poco parecido a Dante en los grabados de Doré, con una capucha en punta. A sus pies se extendía una hilera de setas con sombreretes blancos y rojos, y el rostro del viajero tenía una expresión de alarma —bueno, de sorpresa— porque la última y pequeña seta de la hilera se había inclinado hacia atrás el rojo sombrerete y lo observaba con una sonrisa maliciosa.

—Es un original —dijo el doctor Bebeagua, señalando el cuadro con su copa de jerez—. Un regalo del artista a mi abuela Violet. Era un admirador de mi abuela.