Pqueño, grande
Un orden último
A medianoche, en el Pabellón de Verano, Auberon se despertó y decidió levantarse para empezar a poner en orden sus fotografías; algo así como un orden último.
De todos modos, no solía dormir mucho, y ya había pasado la edad en la cual eso de levantarse en plena noche para realizar alguna tarea podía parecer un comportamiento anómalo o vagamente inmoral. Desvelado, había permanecido en la cama largo rato, atento a los latidos de su corazón, pero aburrido a la larga de no hacer nada más que eso, buscó a tientas sus gafas y se sentó. De todas maneras, no era noche cerrada. Según el reloj del Abuelo, eran las tres, pero los seis paneles de la ventana no estaban negros sino de un vago azul plateado. Los insectos, al parecer, dormían aún, y los pájaros no tardarían mucho en empezar. Por el momento, sin embargo, todo estaba en calma.
Dio presión a la lámpara de petróleo, sintiendo cómo le silbaba el pecho cada vez que pulsaba el émbolo. Era una buena lámpara, parecía simplemente eso, una lámpara: una pantalla plisada de papel pergamino, y alrededor de la base de porcelana azul de Delft figuras de esquiadores. Sin embargo, tendría que cambiarle la camisa; pero no iría ahora a buscar una nueva. La encendió y la graduó en mínimo. Su susurro ininterrumpido era reconfortante. Casi tan pronto como la hubo encendido, empezó a sisear, como si se estuviera apagando, pero en realidad continuaría así, apagándose, durante mucho tiempo. Él conocía demasiado bien esa sensación.
No era que las fotografías no estuvieran en orden. Al fin y al cabo, si a algo dedicaba él la mayor parte de su tiempo, era a la tarea de ponerlas en orden. Sólo que siempre le quedaba la duda, la sospecha, de que el orden propio, natural de las fotos —que no era el cronológico, ni un ordenamiento más o menos temático, y desde luego no por tamaño— siempre lo rehuía. Por momentos, le parecían fotogramas entresacados de una película, o de varias, con lagunas —grandes o pequeñas— entre uno y otro, y que, si encontrara la forma de llenar esas lagunas, configurarían escenas: verdaderas secuencias, largas y reveladoras, variadas y vividas. Pero ¿cómo podía saber, con tantas como le faltaban, si había puesto al menos en un orden correcto aquello que tenía? Siempre titubeaba ante la idea de alterar el orden en el que las tenía y que era al fin y al cabo bastante racional y ponderado, para tratar de descubrir otro más apropiado que a lo mejor ni siquiera existía.
Sacó una carpeta rotulada «Contactos, 1911-1915». Eran, aunque el rótulo no lo especificaba, sus primeras fotografías. Había habido otras anteriores, desde luego, fracasos de novato que él había destruido. En aquel entonces —como Auberon nunca se cansaba de repetir—, la fotografía era una especie de religión. Una imagen perfecta era como un don del cielo, pero el pecado siempre era castigado con presteza. Algo así como el dogma calvinista en el que uno nunca sabe si ha obrado bien, pero ha de estar siempre en guardia ante el error.
Aquí estaba Nora, toda de blanco, la falda y la camisa arrugadas, en el porche encalado de la cocina. Los maltrechos botines parecían quedarle grandes. La blancura del algodón, la blancura de los pilares del porche, el bronceado estival de la tez, el rubísimo pelo de verano. Los ojos asombrosamente claros a causa de esa resolana que llena los porches encalados en los días de estío. Tenía (buscó la fecha en el reverso de la foto) doce años. No, once.
Nora, entonces. ¿Habría alguna forma de comenzar por Nora (allá, donde también comenzaban sus fotos aunque quizá no, por supuesto, la trama de la historia), y seguir a Nora para alejarse de ella como lo haría una cámara cinematográfica, cuando otro personaje hiciera su aparición en el encuadre, para entonces enfocar a éste, y seguirlo?
Timmie Willie, por ejemplo, y hela aquí, de pie junto al portón, a punto de salir del Parque, ese mismo verano, quizá el mismo día. No del todo clara, ya que ella nunca se estaba quieta. Probablemente estuviera hablando, explicándole a él adonde iba, mientras él le decía «No te muevas». Con una toalla en la mano: a nadar. «Cuelga tu ropa en la pacana.» Una imagen clara y espléndida, a no ser por el sol que ponía incandescente todo cuanto tocaba: los pastos blancos fulguraban; uno de los zapatos de Timmie refulgía, y los anillos que ya a esa edad temprana le encantaba ponerse, la muy bribona.
¿A cuál de las dos había querido más?
En la muñeca de Timmie Willie pendía, de una correa negra, la pequeña Kodak forrada en cuero que él solía prestarles. «Cuidadla bien», les recomendaba. «No se os vaya a romper, ni se os ocurra abrirla para ver qué tiene dentro. No se os vaya a mojar.»
Acarició con el dedo índice la larga ceja única de Timmie Willie, que en esa foto parecía aún más tupida de como era en la realidad, y se dio cuenta, de pronto, que la echaba de menos con desesperación. Como barajadas por un prestidigitador interno, un mazo de imágenes posteriores se desplegó en abanico en su memoria. Timmie Willie en invierno, posando ante la ventana escarchada de la sala de música. Timmie, Nora, Alex Ratón y el altísimo Harvey Nube cazando mariposas al amanecer. Alex con pantalones bombachos, como un golfista, y una buena resaca a cuestas; Nora con Chispa, el perro; Nora de dama de honor en la boda de Timmie y Alex; el roadster de Alex, y Timmie en él, de pie, radiante de felicidad, asida con una mano del parabrisas y con la otra saludando, luciendo el más ilusionado de los sombreros de cintas; y luego Nora y Harvey, recién casados, y Timmie Willie presente, pálida ya y consumida; él le echaba la culpa a la Ciudad. Y desde entonces la ausencia de Timmie, ya no la había vuelto a ver; la cámara móvil tuvo que pasar y seguir a otros.