Pqueño, grande
La casa de Brownie
—Menuda princesa —dijo Punchita—. Vaya faena.
Sylvie alzó vivamente la cabeza.
—¿Qué has dicho? —preguntó, pero Punchita se limitó a volver hacia ella su larga jeta, y continuó mascando su chicle interminable.
La casa de Brownie
Fuera otra vez, en el cercado, con un jarro de leche recién ordeñada y un huevo de cascara obscura que acababa de sacarle a la gallina que tenía su nido en el sofá despanzurrado que amueblaba la sala de estar del apartamento de las cabras. Cruzó el corcovado plantío de verduras hasta un edificio en el lado opuesto, un edificio cubierto de mustias enredaderas, con altas y tristes ventanas falsas y una escalera que no subía a ninguna puerta. Por detrás y debajo de la escalera, una pequeña rampa conducía al sótano; una miscelánea de tablas rotas y listones grises claveteados en la entrada y las ventanas permitían atisbar por entre las rendijas, pero en la obscuridad no se veía nada. Al oír a Sylvie que se acercaba, varios gatos salieron en tropel, maullando a gritos, del interior del sótano, sólo unos pocos de la manada de la Alquería; George solía decir que lo que más se cultivaba en su Alquería eran «troncos», y que el ganado que mejor prosperaba era el gatuno. Un malandrín grandote y tuerto, de cabeza achatada, era el rey allá abajo: éste no se dignó aparecer, pero sí una preciosa gatita manchada, preñadísima la última vez que Sylvie la había visto. Ya no, sin embargo: esmirriada, enflaquecida, el vientre y las grandes mamas rosadas colgantes.