Pqueño, grande
Demasiado pronto
Los salones en que habían celebrado la asamblea estaban vacíos ahora, a no ser la figura vaga de la anciana, que bebía café a sorbitos cortos como una muñeca mecánica. Halcopéndola tomó su bolso. De pronto vio las cartas desparramadas bajo la lámpara.
El fin de la historia, la de ellos. Pero no de la suya, no si podía evitarlo.
Alzó rápidamente la vista. Podía oír a Alice y Sophie, despidiéndose de los invitados en la puerta principal. Marge tenía los ojos cerrados. Casi sin pensarlo, se volvió de espaldas a la anciana, abrió de un manotón el bolso y echó en él las cartas. Como hielo le quemaron las yemas de los dedos que las tocaron. Cerró precipitadamente el bolso y se dio vuelta para marcharse. Vio a Alice de pie en la puerta del salón, mirándola.
—Adiós, entonces —dijo Halcopéndola vivamente, el corazón helado galopándole, sintiéndose tan impotente como un niño caprichoso en las garras de un adulto que no ha podido aún dominar su berrinche.
—Adiós —dijo Alice, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Buena suerte con el presidente. Pronto nos veremos.
Halcopéndola no la miró, sabiendo que vería su crimen reflejado en los ojos de Alice, y otras cosas que deseaba ver aún menos. Había, tenía que haber una forma de escapar de esto; si el ingenio no la podía encontrar, el poder tenía que crearla. Y ya era demasiado tarde para que pudiera pensar en otra cosa que no fuese escapar.
Demasiado pronto
Llana Alice y Sophie permanecieron en la puerta observando cómo Halcopéndola se introducía de prisa, como si la persiguieran, en su automóvil, y ponía en marcha el motor. El vehículo corcoveó hacia delante como un potrillo, y partió como una flecha por entre los pilotes de piedra hacia la noche y la niebla.
—Retrasada para su tren —dijo Alice.
—¿Te parece que ella vendrá, sin embargo? —dijo Sophie.
—Oh —dijo Alice—, vendrá, sí. Vendrá.
Volvieron la espalda a la noche, y cerraron la puerta.
—Pero Auberon —dijo Sophie—. Auberon y George...
—Está todo bien, Sophie —dijo Alice.
—Pero...
—Sophie —dijo Alice—. ¿Querrías hacerme compañía un rato? Yo no voy a dormir.
El semblante de Alice estaba sereno, y sonreía, pero Sophie oyó una súplica, hasta algo así como un temor. Dijo:
—Claro que sí, Alice.
—¿Qué te parece la biblioteca? —dijo Alice—. Nadie entrará allí.
—De acuerdo. —Siguió a Alice a la gran estancia obscura. Con una cerilla de cocina Alice encendió una lámpara y le bajó la mecha. En la niebla, del otro lado de las ventanas, parecían flotar unas luces vagas, pero no podía verse nada más. — ¿Alice? —dijo.
Alice pareció despertar de algún ensueño, y miró a su hermana.
—Alice, ¿tú sabías todo lo que yo iba a decir, esta noche?
—Oh, casi todo, supongo.
—¿Lo sabías? ¿Desde cuándo?
—No sé. En cierto modo —dijo, mientras se sentaba con lentitud en un extremo del largo sofá de cuero—, en cierto modo creo que siempre lo supe; y todo el tiempo se me aparecía cada vez con más claridad. Excepto cuando...
—¿Cuándo?
—Cuando se volvía más obscuro. Cuando..., bueno, cuando las cosas parecían no marchar como se suponía que debían hacerlo, o incluso lo contrario. Momentos en que... en que era como si todo nos fuera quitado.
Sophie desvió la mirada: pese a que su hermana había hablado con extrema dulzura, y en modo alguno en tono de reproche, ella sabía a qué épocas se había referido Alice, y le pesaba haber, aunque sólo fuera por un día, empañado sus certidumbres. ¡Y tanto, tanto tiempo atrás!
—Después, sin embargo —dijo Alice—, cuando las cosas, tú sabes, empezaron a tener sentido otra vez, tenían incluso mucho más sentido. Y te parecía tan absurdo que hubieras pensado alguna vez que no estaba todo bien, que podías haberte engañado. ¿No es verdad? ¿No fue así?
—No lo sé —dijo Sophie.
—Ven, siéntate —dijo Alice—. ¿No fueron así las cosas para ti?
—No. —Se sentó junto a Alice y ésta extendió una manta afgana multicolor sobre los hombros de ambas; sin fuego chisporroteando en el hogar, hacía frío en la espaciosa biblioteca.— Yo creo que no, que desde que yo era pequeña, tenían cada vez menos sentido.
Era difícil hablar de esas cosas después de tantos años de silencio; en un tiempo, años atrás, parloteaban sobre ellas incansablemente, no buscándoles un sentido, una explicación, sino mezclándolas con sus sueños y con los juegos que jugaban, sabiendo con tanta certeza cómo entenderlas porque no veían diferencia alguna entre ellas y sus deseos, sus ansias de felicidad, de aventuras, de prodigios. Repentinamente, tuvo una visión, un recuerdo, tan vivido y total que era como si estuviera presente, de ella y Alice desnudas, en ese paraje del linde del bosque. Durante tanto tiempo su recuerdo de esas cosas había sido sustituido por las fotografías de Auberon, que los conservaban bellamente pálidos y quietos, que el hecho de que uno volviese de pronto a ella en todo su esplendor la dejó sin aliento: calor, y certeza, y maravilla, en el intenso verano real de la niñez.
—Oh, ¡por qué —dijo—, por qué no nos habremos ido entonces, cuando sabíamos! Cuando hubiera sido tan fácil...
Alice le cogió la mano por debajo de la manta.
—Hubiéramos podido —dijo—. Podíamos haber ido en cualquier momento. Cuando sí fuimos, es el Cuento.
Añadió, al cabo de un momento.
—Pero no va a ser fácil. —Notó que sus palabras inquietaron a Sophie, y oprimió con fuerza la mano de su hermana.— Sophie —dijo—, tú dijiste el Día del Solsticio de Verano.
—Sí.
—Pero... bueno —dijo Alice—. Sólo que... que yo tengo que ir antes.
Sophie irguió la cabeza, y sin soltar la mano de su hermana, dijo, asustada:
—¿Qué?
—Que yo —dijo Alice— tengo que ir antes. —Espió el rostro de Sophie y desvió rápidamente la mirada; una mirada que, Sophie lo supo, significaba que Alice le estaba diciendo ahora una cosa que había sabido desde siempre y que había mantenido en secreto.
—¿Cuándo? —dijo Sophie, o musitó.
—Ahora —dijo Alice.
—No —dijo Sophie.
—Esta noche —dijo Alice—. O esta mañana. Fue por eso por lo que te pedí que te quedaras conmigo, porque...
—Pero ¿por qué? —dijo Sophie.
—No lo puedo decir, Sophie.
—No, Alice, no, pero...
—Está todo bien, Sophie —dijo Alice, sonriendo al ver a su hermana tan desconcertada—. Todos iremos, todos, sólo que yo tengo que ir antes. Nada más.
Sophie la miraba con asombro, mientras un pensamiento extrañísimo la invadía, invadía sus ojos desorbitados y su boca abierta y su corazón vacío: extraño porque ella se lo había oído decir a Lila, y lo había leído en las cartas, y había hablado de él a todos sus primos, pero sólo ahora lo pensaba realmente.
—Vamos a ir, entonces —dijo.
Alice asintió con un gesto, un gesto perceptible.
—Todo es verdad —dijo Sophie. Su hermana, serena o no conmovida, al menos, preparada o pareciendo estarlo, crecía inmensa ante los ojos de Sophie—. Todo verdad.
—Sí.
—Oh, Alice. —Alice, tan grande como había crecido delante de ella, la asustaba. — Oh, pero Alice, no. Espera. No te vayas ahora, no tan pronto...
—Tengo que hacerlo —dijo Alice.
—Pero entonces yo me quedaré... y todos... —Arrojó a un lado la manta y se puso de pie, para protestar.— No, no te vayas sin mí, ¡espera!
—Tengo que hacerlo, Sophie, porque... Oh, no lo puedo decir, es demasiado extraño para que lo diga, o demasiado tonto. Tengo que irme, porque si no voy no habrá lugar alguno adonde ir. Para ti, para todos.
—No comprendo —dijo Sophie.
Alice se rió, una risita que era como un sollozo.
—Yo tampoco, todavía. Pero, pronto.
—Pero sola —dijo Sophie—. ¿Cómo puedes?
Alice no respondió a esta pregunta, y Sophie se mordió los labios por haberla hecho. ¡Valiente! Un amor inmenso, un amor semejante a la piedad más profunda, la desbordó, y cogió de nuevo la mano de Alice; de nuevo se sentó a su lado. En algún lugar de la casa un reloj dio una hora temprana de la madrugada, y las campanadas, una a una, traspasaron a Sophie como puñales.
—¿Tienes miedo? —preguntó, sin poder evitarlo.
—Acompáñame aún un rato —dijo Alice—. No falta mucho para que amanezca.
Arriba, lejos, sonaron pasos, pasos rápidos, pesados. Las dos hermanas alzaron la cabeza. Los pasos sonaron arriba, luego en un corredor, y después rápidos y ruidosos, escaleras abajo. Alice oprimió la mano de Sophie, de una manera que Sophie comprendió, aunque lo que comprendía que Alice le decía con ese gesto la conmovió más profundamente que todo cuanto su hermana le había dicho hasta ese momento.
Fumo abrió la puerta de la biblioteca y se sobresaltó al ver a las dos mujeres sentadas en el sofá.
—Hey, ¿todavía levantadas? —dijo. Su respiración era agitada.
Sophie estaba segura de que leería la angustia en sus rostros, pero no, no pareció notarlo; fue hasta la lámpara, la cogió, y empezó a dar vueltas por la biblioteca escudriñando los anaqueles poblados de obscuridad.
—¿No sabríais, por casualidad —dijo—, por dónde pueden andar las Efemérides?
—¿Las qué? —dijo Alice.
—Las Efemérides —dijo él, sacando un libro y volviéndolo a poner en el estante —. El libraco rojo que da las posiciones de los planetas. Para cada fecha. Tú sabes cuál.
—¿El que tú solías consultar cuando mirábamos las estrellas?
—Ese mismo. —Se volvió hacia ellas. Todavía jadeaba ligeramente, y parecía dominado por una tremenda excitación.— ¿Ninguna idea? —Levantó en alto la lámpara.— No lo vais a creer —dijo—. Tampoco yo puedo creerlo, todavía. Pero es la única cosa que tiene sentido. La única idea lo bastante descabellada como para tener sentido.