Pqueño, grande
En el jardín tapiado
—El cuarto de baño está abajo, en el corredor —dijo Alice—. Sophie, ve y abre el grifo.
—¿Hay una ducha? —preguntó él, imaginando el duro chorro de agua fresca.
—Qué va —dijo Sophie—, íbamos a modernizar la fontanería, pero ya no sabemos dónde está...
—Sophie.
Sophie salió y cerró la puerta.
Primero que nada, ella quiso probar el sudor que le brillaba en el cuello y en la frágil clavícula; luego, él decidió desatarle los faldones de la camisa que se había anudado debajo de los pechos; después, pero ya impacientes, se olvidaron de hacer turnos y combatieron en silencio, ávidamente el uno sobre el otro, como piratas repartiéndose un tesoro largamente codiciado, largamente imaginado, largamente esperado.
En el jardín tapiado
A mediodía, juntos y a solas, comían emparedados de manteca de cacahuete y manzana en el jardín del frente trasero de la casa.
—¿El frente trasero?
Los árboles se asomaban, opulentos, por encima de la tapia gris, como tranquilos espectadores apoyados sobre los codos. La mesa de piedra, en un rincón, a la sombra magnánima de un haya, conservaba las manchas espiraladas de las orugas aplastadas en otros veranos; los vistosos platos de papel reposaban, tenues y efímeros, sobre el espesor de la piedra. Fumo hacía esfuerzos por limpiarse el paladar; no solía comer manteca de cacahuete.
—Esto era el frente, antes —dijo Alice—. Después, hicieron el jardín y levantaron la tapia, y entonces el fondo pasó a ser el frente. De todos modos, era un frente, y ahora es el frente trasero. —Se sentó en el banco a horcajadas y levantó del suelo una ramita mientras con el meñique apartaba un cabello brillante que se le había deslizado entre los labios. Con trazos rápidos bosquejó en la tierra una estrella de cinco puntas. Fumo observaba el dibujo y la tirantez de los téjanos de Alice.— En realidad no es esto —añadió Alice mirando su estrella a vista de pájaro—, pero bueno, es algo así. Fíjate, es una casa de puras fachadas. La construyeron a modo de muestrario. Mi bisabuelo. Te escribí sobre él. Él la construyó, para que la gente viniera a verla y a mirarla desde cualquier ángulo, y elegir el estilo de casa que quería; por eso es tan loca por dentro. Es tantas casas a la vez, metidas una dentro de otra, o entrecruzadas, con todos los frontispicios bien a la vista.
—¿Qué? —Él la había estado observando mientras ella hablaba, no escuchando lo que decía; Alice lo vio en su rostro y se echó a reír.
—Mira, ¿ves? —Miró lo que ella le mostraba, el largo frente trasero. Era un frontispicio clásico, severo, suavizado por la hiedra que manchaba como con lágrimas obscuras la piedra gris; con altas ventanas abovedadas; Fumo reconoció los detalles simétricos como pertenecientes a los órdenes clásicos: biseles, columnas, plintos. Alguien estaba asomado a una de las ventanas altas con aire melancólico.— Ahora, ven conmigo. —Dio un gran mordisco (grandes dientes) y lo llevó de la mano a lo largo de ese frente que parecía abrirse como un escenario a medida que lo recorrían; donde parecía liso, cobraba relieve; donde parecía descollar, se replegaba; los pilares se transformaban en pilastras, y desaparecían. Como en una de esas figuras troqueladas de los cuentos para niños, que cuando se las giran cambian de gesto, del malhumor a la sonrisa, el frente de la casa se alteraba, y cuando llegaron a la pared opuesta, y se volvieron a mirar, era un alegre falso Tudor, con aleros profundos y ondulados y chimeneas arracimadas como cómicos sombreros de copa. Una de las amplias ventanas del batiente se abrió en el segundo piso (y uno o dos cristalitos de colores centellearon en los vitrales), y Sophie se asomó, haciendo señas con las manos.
—Fumo —dijo—, cuando hayas acabado de merendar tienes que subir a la biblioteca a hablar con Papá. —Y allí se quedó, asomada, los brazos cruzados sobre el alféizar, mirándolo y sonriendo, como feliz por haberle dado esa noticia.
—Oh, ya, ya —le respondió Fumo con displicencia. Regresó a la mesa de piedra, en tanto la casa se traducía otra vez al latín. Llana Alice se estaba comiendo el emparedado de Fumo—. ¿Qué le voy a decir? —Con la boca llena, Alice se encogió de hombros.— ¿Y si me pregunta: veamos, joven, qué perspectiva tiene usted? —Ella se rió, tapándose la boca, como se había reído aquella vez en la biblioteca de George Ratón.— Bueno, no puedo decirle pura y simplemente que leo la guía telefónica. — La inmensidad de la aventura en que estaba a punto de embarcarse, y la obvia responsabilidad del doctor Bebeagua de hacérsela notar se posaron sobre sus hombros como pájaros. De pronto, se sintió inseguro, tuvo dudas. Miró a su gigantesa adorada. Porque ¿qué perspectivas tenía él, a fin de cuentas? ¿Podía acaso explicarle al doctor que su hija, como quien dice de un plumazo, de una simple mirada, le había curado su anonimato, y que a él con eso le bastaba? ¿Que una vez celebrada la boda (y aceptado cualquier compromiso religioso que ellos quisieran hacerle asumir) pretendía, simplemente, vivir feliz el resto de su vida, como toda la demás gente?