Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 168 de 210

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Pqueño, grande

Capítulo 4

 

Hablas como un Rosacruz, que a nadie

sino a un silfo amará,

que no cree en la existencia de un silfo,

y que, no obstante,

se enfada con el Universo

porque no contiene un silfo.

Peacock , Nightmare Abbey

—No, si ahora lo comprendo —dijo Auberon, con voz calma, en el bosque: en realidad era todo tan simple—, durante mucho tiempo no lo comprendí, pero ahora sí. Uno no puede, pura y simplemente, retener a la gente, no puede poseerla. Quiero decir que no es más que lo natural, un proceso natural, nada más. Encuentro. Amor. Separación. Y la vida continúa. Nunca hubo razón alguna para suponer que ella siguiera siempre igual..., quiero decir, «enamorada», ya sabes. —Ahí estaban, enfáticamente indicadas, las comillas de duda de Fumo.— No le guardo rencor, no puedo hacerlo.

—Se lo guardas —dijo el Abuelo Trucha—. Y no comprendes.

 

Nada a cambio

Había salido al amanecer, despertado por esa sensación abrasiva como de sed o hambre que siempre lo despertaba al alba desde que se había dado a la bebida. Incapaz de volver a dormirse, sin el más mínimo deseo de examinar la habitación, su habitación, que a la luz despiadada del amanecer parecía extraña, ajena, se había vestido. Con su gabán y su sombrero, contra la niebla fría. Y echado a andar cuesta arriba a través de los bosques, más allá de la isla lacustre donde se alzaba, envuelto en la bruma, el cenador blanco, hasta donde una cascada se vertía melodiosa, en un estanque profundo y sombrío. Allí había seguido, aunque sin creer, o tratando de no creer en ellas, las instrucciones que le había dado su madre. Pero, creyera o no, él era al fin y al cabo un Barnable. Bebeagua por parte de madre; su bisabuelo no desoyó su llamado. Ni hubiera podido, si hubiese querido hacerlo.

—Bueno, sí, pero yo quisiera explicarle a ella —dijo Auberon—. Decirle..., decírselo a ella por lo menos. Que no me importa. Que ella puede contar con mi respeto, si ésa fue su decisión, así que pensé que si tú supieras dónde está, al menos aproximadamente dónde...

—No lo sé —dijo el Abuelo Trucha.

Auberon retrocedió unos pasos de la orilla del estanque. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Si la única información que le interesaba —la única de todas que ya no debería importarle indagar— le iba a ser siempre negada? ¿Cómo, en todo caso, pudo haberla solicitado?

—Lo que yo no entiendo —dijo al cabo— es por qué sigo haciendo tanta historia con todo este asunto. Quiero decir que hay montones de peces en el mar. Ella ha desaparecido, no la puedo encontrar, ¿por qué entonces aferrarme a ella? ¿Por qué la sigo inventando? Estos espectros, estos fantasmas...

—Oh, bueno —dijo el pez—. Tú no tienes la culpa. Esos fantasmas. Ésos son obra de ellos.

—¿De ellos?

—No quieren que lo sepas —dijo el Abuelo Trucha—, pero sí, obra de ellos; para mantenerte bien despierto; señuelos; ningún problema.

—¿Qué no es problema?

—Déjalos pasar. Habrá más. Déjalos pasar de largo. No les digas que yo te lo he dicho.

—Obra de ellos —dijo Auberon—. ¿Por qué?

—Oh, bueno —dijo el Abuelo Trucha con cautela—. Por qué; bueno, por qué...

—De acuerdo —dijo Auberon—. De acuerdo, ¿entiendes? ¿Te das cuenta de lo que quiero decir? —Una víctima inocente, los ojos se le llenaron de lágrimas.— Bueno, al demonio con ellos, en todo caso —dijo—. Espejismos. No me importa. Pasará. Fantasmas o no fantasmas. Que hagan lo que quieran, lo peor. No va a durar eternamente. —Eso era lo más triste de todo; triste pero cierto. Un suspiro tembloroso lo sacudió y pasó.— Es sólo natural —dijo—. No va a durar, no puede durar eternamente.

—Puede —dijo el Abuelo Trucha—. Y lo hará.

—No —dijo Auberon—. No, uno a veces piensa que sí. Pero pasa. Piensas... el Amor. Es una cosa tan total, tan permanente. Tan grande, tan... tan ajena a ti. Con un peso propio. ¿Sabes lo que quiero decir?

—Lo sé.

—Pero no es así. No es más que un espejismo, también él. Yo no tengo por qué hacer lo que él me ordena. Se marchita por sí solo con el tiempo. Y cuando al fin ha pasado, ni siquiera recuerdas cómo era. —Eso era lo que había aprendido en su parquecito, que era posible, razonable incluso, deshacerse de un corazón destrozado como de un cántaro roto; ¿quién lo necesitaba?— Amor es puramente personal. Quiero decir que mi amor no tiene nada que ver con ella..., no con la ella real. Es tan sólo algo que yo siento. Yo pienso que me une a ella. Pero no. Eso es un mito, un mito que yo invento; un mito sobre ella y yo. El amor es un mito.

—El amor es un mito —dijo el Abuelo Trucha—. Lo mismo que el verano.

—¿Qué?

—En invierno —dijo el Abuelo Trucha— el verano es un mito. Un cotilleo, un rumor. En el que no hay que creer. ¿Entiendes? El amor es un mito. También lo es el verano.

Auberon alzó los ojos hacia los árboles de dedos ganchudos que crecían por encima del estanque rumoroso. Miles y miles de yemas se abrían, se desenroscaban en hojas. Lo que le estaban diciendo, comprendió, era que nada, nada en absoluto había conseguido él en el pequeño parque con la ayuda del Arte de la Memoria: que continuaba, irremisiblemente, con su carga a cuestas. No, eso no podía ser. ¿O de verdad podría él amarla eternamente, vivir para siempre, en la morada de ella?

—En verano —dijo— el invierno es un mito...

—Sí —dijo la Trucha.

—Un cotilleo, un rumor, en el que no se debe creer.

—Sí.

Él la había amado y ella lo había abandonado, sin una razón, sin un adiós. Si él la amara siempre, si no hubiera muerte para el amor, entonces ella siempre lo abandonaría, siempre sin una razón, siempre sin un adiós. Entre esas dos piedras eternas, luz y obscuridad, él sería triturado eternamente. No, eso no podía ser así.

—Eternamente —dijo—. No.

—Eternamente —dijo su bisabuelo—. Sí.

Era verdad. Él comprendió, los ojos cegados por las lágrimas y el corazón negro de terror, que no había exorcizado nada, ni un solo momento, ni una sola mirada; no, con la ayuda del Arte de la Memoria sólo había refinado y bruñido cada momento de Sylvie que le fuera acordado, ni de uno solo de ellos podía ahora desprenderse para siempre. El verano había llegado, y todos los otoños serenos y todos los inviernos apacibles como sepulcros eran mito e inútiles.

—Tú no tienes la culpa —dijo el Abuelo Trucha.

—Debo decir —dijo Auberon, limpiándose las lágrimas y los mocos en la manga de su gabán— que no has sido muy consolador.

La Trucha no respondió nada. No había esperado gratitud.

—No sabes dónde está. Ni por qué me hacen esto a mí. Ni lo que yo debería hacer. Y por añadidura me dices que no pasará. —Ahogó un sollozo.— No por culpa mía. Vaya ayuda.

Hubo un largo silencio. La inquieta forma del pez lo contemplaba, a él y a su dolor, sin pestañear.

—Bueno —dijo al cabo—. Hay un regalo en esto para ti.

—Un regalo. ¿Qué regalo?