Pqueño, grande
Pequeño, grande
—No se quedará mucho tiempo —dijo, después de estudiarla.
—¡Lily! —exclamó Mamá—. ¡Qué cosa tan terrible dices!
—Es que no, no se va a quedar. —Miró a Tacey.— ¿Se va a quedar?
—No. —Tacey cambió a Lucy de brazo.— Pero no importa. Volverá. —Viendo a su abuela horrorizada, añadió:— Oh, no te aflijas, no se va a morir ni nada de eso. Sólo que no se va a quedar.
—Y volverá —dijo Lily—. Más adelante.
—¿Por qué pensáis esas cosas? —preguntó Sophie, dudando de si se encontraba nuevamente del todo en el mundo, u oyendo cosas que sólo creía oír.
Las dos niñas se encogieron de hombros al mismo tiempo: el mismo gesto, en verdad, un rápido alzamiento de los hombros y las cejas, como ante un hecho natural. Observaron cómo Mamá ayudaba a Sophie a inducir a la blanca y rosada Lila a mamar (una sensación deliciosa, placenteramente dolorosa), y, amamantándola, Sophie se durmió otra vez, atontada por el agotamiento y el asombro, y un instante después también Lila se durmió, sintiendo acaso lo mismo; y aunque el cordón que las uniera había sido cortado, las dos soñaron, quizá, el mismo sueño.
A la mañana siguiente la cigüeña había partido, abandonando el tejado de Bosquedelinde y el revuelto nido. Sus hijuelos habían ya remontado vuelo sin un adiós ni una disculpa —ninguna esperaba ella—, y también su esposo se había marchado, con la esperanza de que en la próxima primavera volverían a encontrarse. Ella sólo había estado esperando la llegada de Lila para poder llevar la noticia — siempre cumplía sus promesas—, y ahora volaba en una dirección muy diferente de la que tomara su familia, sus alas en abanico ahuecadas sobre el amanecer otoñal, las patas en ristre como banderines.
Pequeño, grande
Procurando, como el Ratón de Campo, descreer del Invierno, Fumo, tendido en el suelo hasta altas horas de la noche contemplando el firmamento, se atracaba de cielo estival, pese a que el mes tenía una R y Nube pensaba que eso era perjudicial para el sistema nervioso, los huesos y los tejidos. Parecía extraño que fuesen las cambiantes constelaciones, tan atentas a las estaciones, lo que eligiera memorizar del verano, pero el desplazamiento de la bóveda celeste era tan pausado, y parecía tan imposible, que lo reconfortaba. No obstante, le bastaba mirar el reloj para ver que también ellas, al igual que las ánades, huían rumbo al sur.
La noche en que Orion apareció en el firmamento y Escorpio se ocultó, una noche, por razones atmosféricas, tan templada casi como las de agosto pero de hecho y en virtud de este signo la última noche de verano, él y Sophie y Llana Alice yacían de espaldas en una pastura esquilada, las cabezas muy juntas como tres huevos en un nido, y tan pálidas además como huevos a la luz de la noche. Tenían las cabezas juntas para que, cuando uno señalara una estrella, el brazo con que apuntaba hacia ella se encontrase más o menos en la línea de visión del otro; de no ser así — incapaces de corregir un error de billones de millas por paralaje—, se pasarían la noche diciendo: Aquélla, ¿ves?, allí donde señalo. Fumo sostenía abierto sobre las rodillas el tratado de astronomía, y lo consultaba a la lumbre de una linterna cuyo foco, para que su brillo no lo encandilase, había envuelto en el celofán rojo de un queso de Holanda.
—Camelopardalis —dijo, señalando en el norte un collar no del todo claro porque se diluía aún en la luz del horizonte crepuscular—. O sea, el Cameleopardo.
—¿Y qué es un Cameleopardo? —preguntó, indulgente, Llana Alice.
—Una jirafa, en realidad —respondió Fumo—. Un camello-leopardo. Un camello con manchas de leopardo.
—¿Y por qué hay una jirafa en el cielo? —preguntó Sophie—. ¿Cómo llegó hasta allá?
—Apostaría a que no eres la primera persona que lo pregunta —dijo Fumo, riendo—. ¿Te imaginas la sorpresa, la primera vez que la vieron y exclamaron: ¡Santo Dios, qué hará allá arriba esa jirafa!?
Los pupilos del Zoo Celeste irrumpiendo en algarada, como fieras escapadas de sus jaulas, a través de las vidas de los hombres y mujeres, los dioses y los héroes; la manada del Zodíaco (todos sus signos de nacimiento, viajando con el sol por las órbitas australes, estaban ausentes del cielo esa noche); el polvo prodigioso de la Vía Láctea cerniéndose sobre ellos como un arco iris; Orion levantando un pie por encima del horizonte, en plena carrera en pos de su perro Sirio. Descubrían cada signo en el instante de su aparición. Júpiter brillando en el oeste. La inmensa sombrilla desflecada en los trópicos, abierta y girando alrededor de la Estrella Polar, un movimiento imperceptible de tan pausado, pero incesante.
Fumo, rememorando las lecturas de su infancia, relataba los cuentos intrincados que circulaban sobre ellas. Las figuras eran tan vagas, tan incompletas, y las historias, algunas por lo menos, tan triviales, que él creía que todas debían de ser ciertas: Hércules se parecía tan poco a sí mismo que la única forma de que alguien lo hubiese podido descubrir era que se hubiera enterado de que estaba allá arriba, y le hubiesen señalado dónde lo tenía que buscar. Así como cierto árbol remonta a Dafne su linaje en tanto otro ha de ser un simple plebeyo; así como la flor rara, la montaña insólita, el hecho inaudito pueden atribuirse un origen divino, así Casiopea, precisamente ella, está cuajada de estrellas rutilantes o su silla más bien, como por accidente; y la corona de algún otro; y la lira de un tercero: el desván de los dioses.