Pqueño, grande
Eso es un secreto
—Lila hizo bailar a las luciérnagas —le dijo a su madre cuando al fin volvió del jardín. Giraba el dedo en el aire, como lo hiciera Lila, y zumbaba bajito.
—¿Bailar? —dijo su madre—. ¿No te parece que es hora de que te vayas a la cama?
—Lila se queda levantada —dijo él, no comparándose con ella (para ella no había reglas) sino tan sólo solidarizándose con ella: aun cuando tuviera que irse a la cama, sin ninguna razón, si todavía la luz azul bañaba el cielo y no todos los pájaros se habían ido a dormir, él sabía de alguien que no lo haría; que se quedaría en el jardín hasta tarde en la noche, o se pasearía por el Parque y vería los murciélagos, y que nunca dormía si no quería hacerlo.
—Pídele a Sophie que te prepare el baño —dijo su madre—. Dile que yo subiré dentro de un minuto.
Él la miró un momento, pensando si no debería protestar. Bañarse era otra de las cosas que Lila nunca hacía, aunque a menudo se sentaba en el borde de la bañera y lo observaba, silenciosa e inmaculada. Su padre hizo crujir las hojas del periódico y carraspeó, y Auberon, un soldadito obediente, salió de la cocina.
Fumo puso el periódico encima de la mesa. Llana Alice se había quedado en silencio delante del fregadero, el paño de cocina en la mano, la mirada ausente.
—Muchos niños tienen amigos imaginarios —dijo Fumo—. O hermanos y hermanas.
—Lila —dijo Alice. Suspiró y levantó una taza; miró las hojitas de té en el fondo como si quisiera leer algo con ellas.
Eso es un secreto
Sophie le concedió un patito. A menudo era más fácil obtener de ella esos favores, no porque fuese necesariamente más bondadosa sino porque estaba menos alerta que su madre, y no siempre parecía prestarle demasiada atención. Cuando Auberon estuvo sumergido hasta el cuello én la bañera gótica (lo bastante grande como para que pudiera nadar en ella), Sophie desenvolvió un patito de su paquete de papel de seda. Auberon vio que aún quedaban cinco en la caja compartimentada.
Los patitos estaban hechos con jabón de Castilla, decía Nube, que los había comprado para Auberon, y por eso flotaban. El jabón de Castilla, decía Nube, es muy puro, y no hace escocer los ojos. Los patitos estaban perfectamente modelados, de un amarillo limón pálido que sin duda le parecía muy puro a Auberon, y eran tan suaves que le inspiraban un sentimiento inexpresable, una mezcla de devoción e intenso placer sensual.
—Es hora de que empieces a lavarte —dijo Sophie. Él puso el patito a flote, mientras imaginaba un sueño irrealizable: poner a flote los cinco patitos amarillos a la vez, sin preocuparse, una flotilla de excelsa, suave, tallada pureza—. Lila hizo bailar a las luciérnagas —dijo.
—¿Mmm? Lávate bien detrás de las orejas.
¿Por qué, se preguntó, o más bien no llegó a preguntárselo, siempre le ordenaban que hiciera una cosa u otra cada vez que mencionaba a Lila? Una vez su madre le había sugerido que sería mejor que no le hablara mucho de Lila a Sophie, porque podía entristecerla; pero a él le parecía que con que tuviera el cuidado de hacer la aclaración era suficiente:
—No tu Lila.
—No.
—Tu Lila desapareció.
—Sí.
—Antes de que yo naciera.
—Así es.
Lila, sentada en el trono episcopal, se limitaba a mirar a uno y a otra, aparentemente impasible, como si nada de eso le concerniera. Había un montón de enigmas que intrigaban a Auberon a propósito de las dos Lilas —¿o eran tres?—, y cada vez que la de Sophie aparecía en sus pensamientos un nuevo enigma emergía en el intrincado matorral. Pero sabía que había secretos que a él jamás le contarían, aunque sólo con los años, al crecer, empezaría a dolerle ese silencio.
—Betsy Pájaro se va a casar —dijo—. Otra vez.
—¿Cómo sabes eso?
—Tacey lo dijo. Lily dijo que se va a casar con Jerry Espino. Lucy dijo que va a tener un bebé. Ya. —Imitaba el tono intrigado, levemente reprobador de sus hermanas.
—Vaya. La primera noticia que tengo —dijo Sophie—. Vamos, sal.
Abandonó al patito con resignada tristeza. Ya sus facciones nítidamente talladas habían empezado a desdibujarse; en los baños futuros perdería los ojos, luego las facciones, el pico ancho se adelgazaría como el de un gorrión, y después, ya ni siquiera eso; luego, también perdería la cabeza (él tendría el cuidado de no quebrarle el cuello cada vez más fino, no quería interferir en su disolución); y por último, informe, ya no más un patito, apenas el corazón de un patito, todavía puro, todavía a flote.