Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 150 de 210

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Pqueño, grande

Un año para depositar

Halcopéndola se levantó.

—Ha sido sumamente esclarecedor —dijo—. Que disfrutes del parque. Como te he dicho, puede ser útil.

 

Un año para depositar

Auberon, después de otro trago lancinante pero a la vez benéfico, comenzó, cerrando un ojo, a evaluar sus nuevos dominios. La regularidad que iba descubriendo en ellos, en sus elementos, lo sorprendía, ya que el tono no era regular sino agreste, boscoso. Sin embargo, los bancos, los portones, los obeliscos, las casetas de vencejos en los pilotes y las intersecciones de los senderos guardaban una simetría claramente visible desde su puesto de observación. Una simetría que emanaba de la casita de las estaciones o que irradiaba de ella en abanico.

Por supuesto, era una pura patraña esa ciencia o arte que la mujer se había empeñado en inculcarle. Le remordía la conciencia por infligir a su familia una lunática semejante, aunque probablemente ni cuenta se darían, de remate como estaban también ellos. Era curioso que a un hombre accesible y complaciente como él tuvieran que salirle al paso, por dondequiera que fuese, pajarracos y bicharracos de esa especie.

Fuera del parque, enmarcado por sicómoros desde su puesto de observación, se alzaba el clásico edificio de un pequeño palacio de justicia (también de Bebeagua, hasta donde él sabía) coronado a intervalos regulares por estatuas de antiguos legisladores, Moisés, Solón, etc. Un lugar para presentar una querella, ciertamente. Su exasperante litigio con Petty, Smilodon & Ruth. Las artesonadas puertas de bronce, no abiertas aún a esa hora, la cerrada vía de acceso a su legado, las molduras de óvulos y hojas, la interminable repetición de espera y esperanza, esperanza y espera.

Estúpido. Desvió la mirada. ¿Para qué? Aun cuando el edificio acogiera favorablemente su caso con todas sus complejidades (y cuando volvió a mirarlo de soslayo supo que lo haría), no valía la pena. ¿Cómo podría él olvidar todo eso? Las limosnas con que lo despachaban, a duras penas suficientes para que no se muriese de hambre, para que continuase firmando (con garabatos cada vez más furibundos) los instrumentos, renuncias, recursos y poderes que ellos le ponían delante con la misma frialdad con la que esos inmortales de mirada pétrea allá en la cúpula exhibían tablas, libros, códices: la última de las últimas le había alcanzado para pagarse esta ginebra que bebía ahora, y necesitaría más de lo que quedaba en la botella para olvidar la indignidad de la humiIlación que le costara conseguirla, la tremenda injusticia. Diocleciano contando uno por uno los arrugados billetes de la caja chica.