Pqueño, grande
De las casas quintas
—¿Sabes escribir? A mano, quiero decir. Es muy importante para un maestro.
—Oh, sí. Tengo buena letra. —Silencio.— Tengo algún dinero, una herencia...
—Oh, dinero. Eso no es problema. Nosotros somos ricos. —Le sonrió.— Ricos como Creso. —Se reclinó contra el respaldo, apretándose una rodilla de franela con sus manos singularmente pequeñas.— Por parte de mi abuelo, principalmente. Era arquitecto. Y también mía, de mis cuentos. Y hemos sido bien aconsejados. —Clavó en Fumo una mirada extraña, casi compasiva.— Con eso siempre puedes contar, con buenos consejos. —Luego, como si él mismo acabara de dar un buen consejo, descruzó las piernas, se palmeó las rodillas, y se puso de pie.— Bien, tengo que marcharme. ¿Te veré en la cena? De acuerdo. No te fatigues. Mañana te espera un largo día. —Dijo las últimas palabras ya fuera de la puerta, tan ansioso estaba por salir.
De las casas quintas
Las había visto ya, un poco más arriba, detrás de las puertas-vidrieras, cuando el doctor Bebeagua estaba aún sentado; ahora, encaramándose de rodillas sobre el sofá, giró la llave cincelada en la cerradura y abrió la puertecita de cristal. Allí estaban, las seis juntas, tal como lo explicaba el folleto, escrupulosamente graduadas según su grosor. Alrededor a ellas, todas juntas en hilera o apiladas, había otras, otros ejemplares, quizás. Sacó la más delgada, uno o dos centímetros de espesor. La arquitectura de las casas quintas. Cubierta en huecograbado, con el título en esa letra de estilo victoriano «rústico» (en diagonal) que se ramifica en tallos y hojas. La coloración olivácea del follaje muerto. Hojeó rápidamente las pesadas páginas. El Perpendicular, Pleno o Modificado. La Villa a la Italiana, apropiada para una residencia en campo llano o tierra campa. El Tudor y el Neoclásico Modificado, aquí, castamente, en páginas separadas. El Cottage. La Casa Solariega.
Cada cual en su entorno en huecograbado, pinares o alamedas, hontanar o montaña, y diminutos personajes negros que venían de visita, ¿o serían acaso los orgullosos amos que venían a tomar posesión? Pensó que si las láminas fueran de vidrio, las podría levantar todas a un tiempo hasta la luz, la franja de sol que, poblada de motas de polvo, se filtraba a través de la ventana, y Bosquedelinde se mostraría entonces en toda su integridad. Leyó un trocito del texto que contenía dimensiones detalladas, fantasías optativas, cálculos de costes completos y absurdos (diez dólares semanales a picapedreros muertos y enterrados tiempo ha, junto con sus talentos y sus secretos) y, curiosamente, qué clase de casa era adecuada para tal o cual tipo de personalidad y profesión. Lo devolvió al estante.
El que sacó a continuación era casi dos veces más voluminoso. Cuarta edición, rezaba el pie de imprenta, Little, Brown, Boston 1898. Había una portada, un triste y desvaído retrato a lápiz de Bebeagua. Fumo reconoció vagamente el apellido compuesto del artista. La primera página, llena a rebosar, incluía un epígrafe: Me yergo, y la destruyo otra vez. Shelley. Las láminas eran las mismas, si bien había en ésta una serie de Combinaciones, todas en plantas de piso, connotadas de una forma que Fumo no pudo comprender.