Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 202 de 210

Páginas del PDF

Pqueño, grande

Bastante cerca

Echó a andar. A su lado la gente pasaba de prisa, ellos tenían un destino; él, sin rumbo, caminaba lentamente. Y delante de él, desde una calle lateral, con sus botas de andar y sus pies ligeros, llevando un paquete bajo el brazo, Sylvie dio vuelta la esquina hacia la avenida y enfiló calle arriba.

Pequeña y sola, pero segura de sí misma en la calle tumultuosa, su reino. Y también el suyo, el de Auberon. Su espalda se alejaba: todavía yéndose, y él aún atrás. Pero ahora, por fin, parecía estar en el buen camino. Abrió la boca, y el nombre salió. Lo había tenido en la punta de la lengua.

—Sylvie —llamó.

 

Bastante cerca

Ella oyó ese nombre, y parecía ser un nombre que ella conocía, y sus pies aminoraron la marcha, y se volvió en parte, pero no se dio vuelta; había sido un nombre, un nombre que ella recordaba de algún lugar, de alguna época. ¿Lo habría gritado un pájaro, llamando a su compañera? Alzó los ojos hacia la fronda de los árboles atravesada por los rayos del sol. ¿O una ardilla llamando a sus amigos y parientes? Vio una correteando y deteniéndose de golpe sobre la rodilla nudosa de un roble, y luego volviéndose a mirarla. Siguió andando, pequeña, sola, pero segura de sí misma bajo los árboles altos, sus pies descalzos pisando ligeros uno tras de otro en medio de las flores.

Ella se alejaba, y a paso ligero: las alas que le habían crecido no eran alas, pero la llevaban: ella no se detenía para divertirse, pese a que le mostraban placeres y a que muchas criaturas le imploraban que no se marchara.

—Más tarde, más tarde —les decía a todos, y apuraba la marcha, mientras noche y día se desplegaba ante ella el sendero a medida que avanzaba.

Él está en camino, pensaba, lo sé, él estará allá, sí, estará. Tal vez no se acuerde de mí, pero yo haré que me recuerde, ya verá. El regalo que traía para él, elegido al cabo de largas reflexiones, lo llevaba apretado bajo el brazo, y no había permitido que ningún otro lo trajera, pese a que muchos se habían ofrecido a hacerlo.

¿Y si él no estuviera allí?

No, él estaría, no podría haber ningún banquete si él no estaba presente, y un banquete había sido prometido; todo, todo el mundo estaría allá, y con seguridad también él, uno de ellos. ¡Sí! El mejor sitio, los bocados más exquisitos, con su propia mano le daría ella de comer, sólo para observar su rostro, ¡tanto como se iba a sorprender! ¿Habría cambiado? Habría, sí, pero ella lo reconocería. Estaba segura.