Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 103 de 210

Páginas del PDF

Pqueño, grande

Capítulo 3

 

Un pensamiento, una gracia, un milagro siquiera que ninguna virtud pueda condensar en palabras.

Marlowe, Tamburlaine

La casa en la que se crió Auberon no era la misma casa en la que se había criado su madre. Desde que Fumo y Llana Alice tomaran posesión —los directores naturales de una familia compuesta por sus hijos y los padres de Alice—, las riendas de un antiguo orden se habían aflojado. A Alice le encantaban los gatos, que a su madre nunca le habían inspirado simpatía, y a medida que Auberon crecía, el número de gatos en la casa se incrementaba en progresión geométrica. Dormían apiñados delante de las chimeneas encendidas, su pelusa llevada por el aire cubría los muebles y las alfombras como una escarcha seca y permanente, sus caritas diabólicas espiaban a Auberon, cautelosas, desde los rincones más inverosímiles. Había una atigrada cuyo pelaje rayado le dibujaba unas feroces cejas falsas por encima de los ojos, dos o tres negros, una blanca a manchas rojas complejas y dispersas como un entreverado tablero de ajedrez. En las noches frías Auberon se despertaba a menudo oprimido, se revolvía bajo las mantas, y arrancaba dos o tres cuerpos apretujados, compactos, de un voluptuoso, extático deleite.

 

Lilas y luciérnagas

Además de los gatos, estaba Chispa, el perro. Descendía de una larga línea de perros que parecían todos (eso decía Fumo) hijos naturales de Buster Keaton: unas manchas claras encima de los ojos de Chispa, le conferían la misma expresión levemente reprobadora, enormemente alerta, cariacontecida. Siendo ya fabulosamente viejo, había preñado a una prima visitante y engendrado tres canes anónimos, además de un nuevo Chispa; una vez asegurada su descendencia, se había apoltronado en el sillón favorito del doctor, delante del fuego, por el resto de sus días.

Sin embargo, no era tan sólo que los animales (y el doctor se expresaba bien a las claras sin siquiera mencionar su antipatía por los animales domésticos) desplazaran al doctor y a Ma de su sitio en la casa. Era como si (y sin que perdieran por ello posición ni dignidad), llevados por una vertiginosa y creciente marea de juguetes, migas de galletitas, natillas, pañales, curitas y literas, se fueran alejando silenciosamente hacia el pasado. Mamá, desde que también su hija era una mamá, pasó a ser Mamá Bebeagua, más tarde Mamá B., y por último Mambé, cosa que ella no pudo menos que sentir como una especie de promoción forzosa, injusta para quien siempre había servido en filas duro y bien. Y con el correr de los años, los numerosos relojes de la casa empezaron Comoquiera a canturrear desincronizados, pese a que el doctor, las más de las veces con uno o dos nietos pegados a sus rodillas, solía ponerlos en hora, y darles cuerda, y escrutar a menudo sus mecanismos.

También la casa envejecía, en lo esencial con gracia, y con el corazón todavía robusto, si bien hundiéndose por aquí y flaqueando por allá; su manutención era una tarea inmensa y de nunca acabar. En los contornos, fue menester clausurar algunos aposentos: una torrecilla, una extravagancia, un invernáculo todo de cristal, cuyos paneles de azúcar cande, desprendidos losange tras losange del merengue de hierro forjado en el que los incrustara John Bebeagua, yacían desparramados por el suelo entre los tiestos de las flores. De los numerosos jardines y canteros de flores de la casa, fue el de la huerta el que soportó la ruina más lenta, la decadencia más prolongada. Pese a que el enjalbegado se desconchaba en copos del primoroso porche tallado, pese a que los peldaños se hundían y el sendero de lajas había desaparecido bajo la romaza y el diente de león que lo invadían, musculosos, por entre las grietas, la tía abuela Nube cuidó de él mientras pudo, y en los arriates siempre había flores. Tres manzanos silvestres habían crecido en el fondo de la huerta, y envejecido, robustos y nudosos; cada otoño desparramaban por el suelo sus frutos para embriagar a las avispas al tiempo que se pudrían. Mambé hacía jalea con una parte de ellos. Con el tiempo, cuando Auberon se convirtió en un coleccionista de palabras, la palabra «silvestre» siempre le evocaba el recuerdo de aquellas manzanitas anaranjadas y rugosas que se amustiaban en su acritud inútil entre las malezas.

Auberon se había criado en el jardín. Cuando llegó por fin aquella primavera en la que Nube decidió que intentar cuidar de él con su espalda y sus piernas en el estado en que se hallaban, y fracasar, sería aún más doloroso que dejarlo crecer a su capricho, Auberon empezó a sentirse allí mucho más a gusto. Ya no le estaba prohibido pisar los parterres de flores. Y así, abandonados a su suerte, el jardín y sus edificios cobraron algo del encanto de una ruina: en el cobertizo con olor a tierra las herramientas cubiertas de polvo parecían remotas, y las arañas hilaban sus telas en los orificios de las regaderas otorgándoles la antigüedad fabulosa de los cascos de un tesoro enterrado. La bomba siempre había tenido para él esa fascinación de lo arcano, lo bárbaro, con sus ventanas diminutas y su techo picudo y sus aleros y cornisas en miniatura. Era un santuario pagano, y la bomba de hierro era el crestudo ídolo de larguísima lengua. Solía pararse de puntillas para alcanzar el émbolo y levantarlo y bajarlo con todas sus fuerzas en tanto el ídolo tosía broncamente, hasta que algo se le atascaba en la garganta en el momento en que el émbolo se topaba con una misteriosa resistencia, y él tenía entonces que empinarse hasta casi perder pie para bajarlo, y una y otra vez, y de pronto, sin ahogos, repentina, mágicamente liberada, el agua empezaba a fluir por la ancha lengua de la bomba, y a desparramarse, en una lámina continua, límpida y tersa, sobre las carcomidas piedras del suelo.

En aquel entonces, el jardín era inmenso a sus ojos. Visto desde el puente ancho y apenas ondulado del porche, se extendía como un paisaje marino hasta los manzanos silvestres, y desde allí como una exuberante marejada de flores y de malezas indomables, hasta el muro de piedra y el portalón cerrado para siempre que daba acceso al Parque. Era un mar y una selva. Sólo él, que podía andar en cuatro patas por debajo de las enramadas, sabía qué había sido del sendero de lajas, por donde corrían, secretas, las piedras grises, frías y tersas como el agua.

De noche, había luciérnagas. A Auberon siempre lo tomaban por sorpresa: cómo podía ser que, en un momento, pareciera no haber ninguna, y entonces, cuando el crepúsculo se trocaba en azul, y él alzaba la vista de algo —una topera, como ser, en lento, paulatino proceso de construcción— que había estado mirando absorto, ya estuviesen allí, luminosas contra el terciopelo de la obscuridad.

Hubo cierta tarde en la que decidió que se quedaría en el porche hasta que el día se hiciera de noche, y sentarse a esperar, esperar y nada más, y descubrir la primera que se encendiese, y la siguiente, y la otra, acuciado por un ansia de totalidad que lo consumía, que siempre habría de consumirlo.

Los escalones del porche tenían aquel verano la altura justa de un trono para él, y allí se sentó, las suelas de sus zapatillas bien plantadas, atento, sí, pero no a tal extremo que no observara el nido de aguador perfectamente modelado en las vigas del porche, o la voluta plateada del humo de un avión de reacción; hasta tarareaba las palabras sin sentido de una onomatopeya de la luz crepuscular. Durante todo ese rato había estado en acecho, y sin embargo fue Lila quien, a la larga, vio la primera luciérnaga.

—Ahí —dijo con su vocecita pedregosa; y allá, en medio de la jungla de los heléchos, la lucecita se encendió como creada por el dedo con el que ella la señalaba. Cuando se encendió la siguiente, la señaló con un dedo del pie.

Lila no usaba zapatos, nunca, ni siquiera en invierno, tan sólo un vestido azul sin mangas ni cinturón que le llegaba hasta la mitad de los muslos satinados. Cuando Auberon se lo dijo a su madre, ella le había preguntado si Lila nunca tenía frío, y él no había sabido qué contestar; aparentemente no, puesto que nunca tiritaba, era como si aquel vestidito azul fuese completo, total, que ella no necesitara ninguna otra protección; su vestido, a diferencia de las camisas de franela que él usaba, era parte de ella, no una cosa que uno se ponía para abrigarse o disfrazarse.

Y toda la población de luciérnagas empezó a cobrar vida. Cada vez que Lila señalaba y decía «ahí», otra o muchas más encendían sus pálidos candiles, de un blanco verdoso como el botón fosforescente de la perilla del lavabo de su madre. Cuando estuvieron todas presentes, cuando fueron ellas la única fuente de luz en un jardín que se había tornado vago, incoloro y espeso, Lila empezó a trazar círculos con un dedo en el aire, y las luciérnagas, lentamente, a saltitos, como indecisas, se fueron congregando allí, en el aire, donde Lila señalaba; y cuando estuvieron todas reunidas se pusieron a bailar, en la dirección del dedo de Lila, un círculo centelleante, una solemne pavana. Auberon casi podía oír la música.