Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 42 de 210

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Pqueño, grande

Capítulo 5

 

Lo que verdaderamente amas

es tu verdadera herencia,

lo que amas de verdad

nunca te será arrebatado.

Ezra Pound

A la mañana siguiente, Fumo y Llana Alice aprontaron un par de mochilas mejor provistas que la que trajera Fumo en su viaje a pie desde la Ciudad, y en el vestíbulo, de una urna llena de bastones, paraguas y otros adminículos, escogieron un par de báculos nudosos. Llevaban, aunque en verdad ni siquiera llegaron a abrirlas, las guías de pájaros y flores que les había regalado el doctor; y el regalo de boda de George Ratón, que había llegado por el correo esa misma mañana en un paquete con la advertencia «Abrir en Otra Parte», y que resultó ser, precisamente, lo que Fumo se imaginaba y esperaba que fuese: un buen puñado de hierba de color chocolate prensada y machacada, y aromática como una especia.

 

Criaturas afortunadas

La familia en pleno se había reunido en el porche para despedirlos, y para sugerirles itinerarios posibles y a quiénes de aquellos que no habían podido asistir a la boda deberían visitar. Sophie no decía nada, pero en el último momento, cuando ellos se disponían ya a ponerse en marcha, los besó a los dos, firme y solemnemente, en especial a Fumo, como diciendo ¡Hala!, y acto seguido se escurrió y desapareció del lugar.

Durante la ausencia de la pareja, Nube tenía la intención de seguirlos con la ayuda de sus cartas, y dar noticias, hasta donde le fuera posible, de las peripecias del viaje, que suponía nimias y múltiples, de la especie, precisamente, que esas cartas suyas siempre parecían estar mejor dotadas para descubrir. De modo que después del desayuno acercó en el porche la mesa acristalada a su pavo real de mimbre, encendió el primer cigarrillo del día, y se dispuso a poner en orden sus ideas.

Supo que empezarían por escalar la Colina, pero eso, porque ellos habían dicho que lo harían. Los vio, con los ojos de la imaginación, subiendo por las sendas más trilladas hasta la cresta, y detenerse allí para contemplar los dominios de la mañana, y los suyos propios, que se extendían verdes, boscosos y salpicados de granjas y labrantíos a través del corazón del condado. De allí, proseguirían la marcha cuesta abajo por laderas más agrestes y alejadas para recorrer los confines de las tierras que habían visto desde la cima.

Bajó copas y bastos, el Caballo de Oros y el Rey de Espadas. Adivinó que Fumo se quedaría atrás, intentando seguir los largos trancos de Alice, cuando cruzaran las praderas de Campollano, blancas a la lechosa luminosidad del Sol; que las vacas manchadas de Rudy Torrente levantarían la testa para contemplarlos con ojos de largas pestañas, que los insectos diminutos saltarían para ponerse a salvo de sus pisadas.

¿En qué paraje harían un alto para descansar? Quizá a la orilla del rápido arroyuelo que muerde esos prados, socavando el espeso tapiz de las hierbas y vivificando los saucecillos de los pequeños bosques que crecen en sus márgenes. Intercaló en su sitio dentro de la figura el arcano denominado El Hato, y pensó: Hora de merendar.

A la sombra pálida y atigrada del bosquecillo de sauces, estaban los dos, tendidos cuan largos eran, contemplando el arroyo y el complejo bordado que trazaban las aguas en la orilla.

—Ya se ven —dijo Alice, barbilla en mano—. ¿Alcanzas a ver los apartamentos, las residencias ribereñas, las explanadas o lo que sea? ¿Palacios enteros en ruinas? ¿Bailes, banquetes, visitantes? —Fumo miraba, atisbaba a la par de ella la maraña de malezas y raíces y lodo, hasta donde la luz del sol llegaba filtrada, en franjas, sin iluminarla.— No ahora —dijo ella—, sino a la luz de la luna. Quiero decir, ¿no es así, cuando salen a jugar? Mira. —Con los ojos al nivel de la orilla, tan sólo podía imaginarlo. Miraba y miraba, frunciendo las cejas. De mentirijillas. Haría un esfuerzo.

Ella se incorporó, riendo. Volvió a calzarse la mochila, y sus pechos se irguieron.

—Seguiremos el curso de este arroyo hasta las fuentes —dijo—. Conozco un buen lugar.

Así pues, en el correr de la tarde, a paso lento, cuesta arriba, se alejaron de aquel valle que el cuchicheante arroyuelo, con descarada soberbia, había arrebatado a algún río caudaloso tiempo ha extinguido. Se iban acercando a un bosque, y Fumo se preguntó si sería el bosque en cuya linde se alzaba Bosquedelinde.

—Caray, no lo sé —dijo Alice—. Nunca lo había pensado. Aquí —señaló al fin, empapada en sudor y casi sin resuello después de la larga escalada—. Éste es un sitio al que solíamos venir.

Era una especie de gruta horadada en el muro de una repentina espesura. La cresta, en la que ahora se habían detenido, descendía hacia la gruta y penetraba en ella, y Fumo pensó que nunca en su vida se había asomado a nada que fuese tan secreta, tan recónditamente El Bosque como ese lugar. Por alguna razón, el suelo estaba cubierto de un tapiz de musgo, y no de esa vegetación tupida e irregular — matorrales y brezos y chopos— que suele crecer en los confines de los bosques. Descendía hacia el interior de la gruta, los atraía hacia ella, hacia la susurrante penumbra de un recinto en cuyo interior suspiraban intermitentemente los enormes árboles.

Una vez dentro, Alice se sentó con alivio. Las sombras, ya profundas, se obscurecían con el perceptible transcurrir de la tarde. Y reinaba el silencio, un silencio imponente, como en una iglesia, con los mismos rumores inexplicables pero sobrecogedores que llegan desde la nave, el ábside, el coro.

—¿Has pensado alguna vez —dijo Alice— que a lo mejor los árboles están vivos, lo mismo que nosotros, sólo que viven más despacio? ¿Que lo que para nosotros es un día, quizá sea para ellos todo un verano?, entre sueño y sueño, quiero decir. ¿Que tienen pensamientos largos, larguísimos, y conversaciones que simplemente no podemos oír de tan pausadas que son?

Dejó a un lado su bastón y se deslizó de los hombros, una a una, las correas de la mochila, que le habían manchado la camisa en las zonas de presión. Levantó las redondas rodillas, brillantes de sudor, y apoyó los brazos en ellas. También sus muñecas morenas estaban mojadas, con un polvillo húmedo adherido al suave vello dorado.

—¿A ti qué te parece? —Empezó a aflojar las tiretas de cuero de sus botines. Fumo, absorto en la contemplación de lo que veía, no dijo nada; se sentía demasiado feliz para poder hablar. Era como ver a una valquiria despojándose de su armadura después de la batalla.

Cuando Llana Alice se incorporó sobre las rodillas para bajarse los ceñidos y arrugados pantalones cortos, él acudió en su ayuda.

Cuando Mamá, sorpresivamente, encendió la bombilla amarillenta sobre la cabeza de Nube, trocando el azul crepuscular de sus ensoñaciones cartománticas en una claridad irritante y no del todo inteligible, ella ya había vislumbrado de qué forma transcurriría al menos una buena parte de la excursión de sus sobrinos en los próximos días; y dijo:

—Criaturas afortunadas.

—Te quedarás ciega aquí fuera —dijo Mamá—. Papá te ha servido un jerez.

—Les irá bien —dijo Nube mientras recogía las cartas y se levantaba con cierta dificultad del sillón de mimbre.

—Dijeron que pasarían a ver a los Bosques, ¿verdad?

—Oh, sí —respondió Nube—. Seguro que lo harán.

—Escucha cómo cantan todavía las cigarras —dijo Mamá—. No dan tregua.

Cogió a Nube del brazo, y entraron juntas en la casa. Pasaron la velada jugando al cribbage en el tablero plegadizo de madera lustrada, y utilizando una cerilla en sustitución de una clavija que se había extraviado; desde las ventanas llegaba hasta ellas el golpeteo de los atolondrados escarabajos gigantes de junio al chocar y restregarse contra los mosquiteros.